La tragedia llegó al calor del verano. Era el 25 de junio de 1986 y Juan Pedro Martínez , un chiquillo murciano de 10 añitos, viajaba con sus padres en un camión cisterna rumbo a Bilbao. «Aquel Volvo F12 llevaba una carga muy peligrosa: 23.000 kilos de ácido sulfúrico oleum», explica a ABC Christian Borja Campos . El coordinador de Comunicación de la asociación ‘SOS Desaparecidos’ narra el episodio con amargura y afirma que fue al bajar el puerto de Somosierra cuando todo ocurrió: «Descendieron muy rápido. Andrés, el padre, intentó esquivar a varios vehículos que le venían de frente hasta que, al tratar de sortear el último, en una curva, perdió el control. Volcaron cerca del kilómetro 95».La escena fue de pesadilla: vehículos destrozados, miles de litros de ácido derramados… «Cuando los servicios de rescate se presentaron en el lugar del accidente, localizaron los cuerpos de los dos padres, pero el de Juan Pedro no estaba. Cuarenta años después, todavía no ha sido hallado». La del niño de Somosierra, como le apodaron los medios de comunicación, es una de las desapariciones más extrañas de Europa; así la ha calificado la Interpol. Pero, aunque estremeció a la sociedad de los ochenta, es solo una de las miles que han sacudido España. Campos lo sabe, y por ello ha alumbrado ‘Desapariciones. Una travesía entre la pérdida y la esperanza’ (Luciérnaga, 2026) : porque ya tocaba poner el foco sobre esta herida silenciosa que desgarra a nuestro país.Campos, también periodista, arrancó el proyecto hace seis años bajo el paraguas de ‘SOS Desaparecidos’. De esta asociación ha aprendido el respeto a la hora de tratar los casos, pero también a poner el foco en los «otros» afectados. «El propósito principal de este libro ha sido honrar el recuerdo de las personas desaparecidas y la búsqueda constante de la verdad y de la justicia por parte de sus familias. Quería que el lector recordara que, detrás de cada expediente, detrás de cada caso sin resolver, existen vidas truncadas y personas que continúan esperando respuestas», explica a ABC. Cuando una desaparición se cronifica, añade, el sufrimiento se convierte en una constante, y el único remedio es la «atención especializada y el seguimiento a lo largo del tiempo»La tercera pata del ensayo es la investigación. Campos ha entrevistado a familiares de desaparecidos, se ha zambullido en los archivos y ha viajado por toda España. En el caso de Somosierra, recogió el testimonio de uno de los tíos de Juan Pedro: «Según me explicó Juan García Legaz, el análisis del tacógrafo reveló que el camión hizo 12 paradas inusuales mientras ascendía el puerto y que, tras una última parada de 22 segundos, descendió a 120 kilómetros por hora. Fue una auténtica temeridad. Parecía que estuviera persiguiendo a alguien». También ha analizado las diferentes teorías sobre el caso; entre ellas, la que afirmaba que el ácido podría haber disuelto el cuerpo del pequeño. No rechaza ninguna, pero se declara escéptico.Desapariciones Editorial Luciérnaga Páginas 360 Precio 19.95 €También en verano, «cuando más desapariciones se suceden», se esfumó el pequeño Santiago Fernández Yáñez. El niño, de apenas dos años, jugaba cerca de su casa un 14 de julio de 1968 cuando se esfumó sin dejar rastro. El suceso presentó mil dificultades. Para empezar, era muy complejo acceder a Salvador, la aldea donde ocurrió la desgracia. «Estaba entre montañas. Margarita Landi , que cubrió la desaparición para ‘El Caso’, contó el duro periplo en sus memorias», apostilla. El segundo escollo fue la investigación. «Los agentes no contaban con protocolos específicos ni eran especialistas en este tipo de casos. Se inspeccionó la zona y se interrogó a sus vecinos. Según concluyeron, nadie se lo había llevado ni había visto nada extraño». Santiago no fue hallado y, una vez más, se extendieron las teorías. Se dijo que había sido atacado por un lobo, que le habían secuestrado… Años después, suscribe Campos, resulta casi imposible resolver estos casos con décadas de antigüedad porque «fallecen testigos, desaparecen pruebas y la memoria se deteriora». Es la parte más triste. A cambio, está convencido de que, si volviera a repetirse, los avances policiales aumentarían las posibilidades. «Hoy existen las bases de datos centralizadas, las pruebas de ADN, las cámaras de videovigilancia, la difusión de alertas a través de las redes sociales. Y, por supuesto, la tecnología móvil que hoy forma parte del trabajo cotidiano de los investigadores», sentencia.Años de pérdidasIgual de estremecedora para la ciudadanía fue la desaparición de David Guerrero Guevara, más conocido como el ‘niño pintor’ de Málaga. El 6 de abril de 1987, el chico, de 13 años, salió de su casa para acudir a una exposición donde iba a enseñar algunos de sus dibujos. Jamás regresó. «El caso provocó una enorme movilización policial y ciudadana, con búsquedas internacionales y cientos de pistas que nunca dieron resultado», advierte Campos. Y no es una frase hecha: ocho meses después, en diciembre de 1987, unas diez mil personas se manifestaron en la ciudad para reclamar una mayor dedicación policial al caso. «Pese al paso de las décadas, el suceso sigue siendo uno de los grandes misterios de la crónica negra española», finaliza. Miembros de la Guardia Civil recogen los restos encontrados junto a la fosa excavada en un paraje montañoso del término municipal de Tous, donde ayer fueron recuperados los cadáveres de las tres niñas, Miriam, Desiree y Toñi ABCPero si ha habido unas desapariciones que marcaron un antes y un después en España, esas fueron las de Miriam García, Toñi Gómez y Desirée Hernández . El 13 de noviembre de 1992 se perdió la pista de estas tres adolescentes mientras hacían autoestop para acudir a una discoteca de la localidad valenciana de Alcàsser. Sus cuerpos fueron hallados 75 días después, enterrados en la finca La Romana: habían sido asesinadas. La investigación oficial concluyó que los culpables habían sido Antonio Anglés y Miguel Ricart, aunque periodistas famosos defendieron hasta sus últimos días teorías alternativas que ponían el foco sobre personajes de las altas esferas. El caso, todavía hoy, levanta ampollas.Campos, muy ligado a este caso –en el libro explica el porqué–, vuelve a mostrarse escéptico: «Las teorías alternativas de Alcàsser no están respaldadas por pruebas, sino por posibilidades que surgieron a partir de las lagunas o los fallos de la propia investigación, o de las limitaciones de los conocimientos forenses de la época. Como suele ocurrir en otros sucesos, esconden intereses particulares: tanto por parte de quien filtra una información como de quien la recibe». Afirma que el contexto político de entonces –los escándalos que afectaron al Gobierno de Felipe González– avivaron las creencias de que había una conspiración detrás, pero defiende que no es posible: «No hay ninguna prueba de ello y los responsables de la investigación paralela no contrastaron debidamente la información anónima que recibieron». «Las teorías alternativas de Alcàsser no están respaldadas por pruebas, sino por posibilidades que surgieron a partir de las lagunas o los fallos de la propia investigación» Christián Borja Campos Periodista y miembro de SOS DesaparecidosAyer, hoy y mañana, esta enfermedad que Campos desvela en su libro desgarra familias y comunidades. El mal es duro, todos estamos de acuerdo, pero tiene su bálsamo: «Las familias de todos los desaparecidos deben saber que no están solas y que actualmente existen recursos que pueden ayudarles a sobrellevar el dolor. Nosotros, en la asociación, les ayudamos y les acompañamos».
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