Fuimos a no ver el eclipse y nos sentamos en la terraza, de espaldas al sol, que ya se guarecía al otro lado de la ciudad. Llevábamos cacahuetes y cerveza fría, más fría que Ursula von der Leyen. Llega un momento en la vida de un hombre en el que lo importante, al menos lo que marca el ritmo de los días y la calidad de los momentos, es la temperatura de la cerveza.Digo que íbamos a no ver el eclipse, que es una manera de posicionarse en la vida, y estábamos de espaldas a la trayectoria del astro cuando nos regaló una micronoche al borde del mar, un pellizco nocturno, un eco de aquellas madrugadas ya perdidas y casi olvidadas, como todo en la vida pasado cierto tiempo. Una noche exprés. Ahora que caigo, todo en este maldito mundo es ahora exprés. Paseaba por la gran ciudad hace unos días, entre carteles que ofrecían peluquería exprés, manicura exprés, tatuajes exprés, pizza exprés, la cochinada del poke exprés, sexo exprés y amor exprés.Oh, noche, querida y salvaje, tan golfa y bandida, te tenía abandonada, tanto que casi ya no me acordaba de tu tacto sugerente y de tu fina piel de estrellas. Sigo siendo, como cantaba Joaquín, un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan solo por vicio; si la vida se deja, aún le meto mano y, si no, todavía me excita mi oficio. Pero ya no te visito y solo te sueño de madrugada o por accidentes astronómicos como el del miércoles.El eclipse entraba dentro de esa categoría de cosas que nos gustan ahora, que duran minutos y que aliviamos como un animal monta a otro o come rápido su comida. No relamernos y dar tiempo a las cosas es otro signo más de la animalidad en la que nos hemos instalado, en la medida en la que hacemos las cosas –chas– sin contemplarlas. Miramos mucho, eso sí, pero no vemos nada.Digo que se fue la luz a eso de las ocho y media, como si al cielo se le hubieran ido los plomos, y me vi sorprendido en aquella oscuridad sensual que ya creía perdida para siempre. A la noche ya no la sueñan ni los bardos, ni los malos poetas, ni los toreros, ni los psicópatas que ahora postean ‘reels’ con recomendaciones literarias mientras asaltan las fronteras del país.Me han dicho que la gente no sale de casa. La noche, desposeída de toda su romántica grandeza, de su rebeldía, del elixir de lo prohibido y de su lirismo quinqui del ‘Peor para el sol’ de Sabina, ha quedado relegada a un trámite humillante en el que solo sirve para reponer fuerzas y alcanzar la fase REM no sé cuántas veces, según mande el reloj inteligente. La madrugada, que antes se perfumaba con el elixir de lo prohibido, se ha domesticado y ahora se transita como un trámite vulgar para alcanzar el próximo día en óptimo estado neurono-emocional. No hay nadie en la noche de España, que antes era multitudinaria y ahora está llena de tipos que duermen para recuperar la producción de fibras largas después del esfuerzo en el gimnasio y así modular la musculogénesis.La noche, tan sola, imagino andando por ella a los gatos y los vampiros, que son los últimos nocturnos. Porque necesitamos tiempo para que aproveche el día como si fuera la comida de un pobre. Ya sabes: andar 10.000 pasos, tomar fibra, bien de fruta, tener tiempo de calidad para los niños, llamar a los amigos, leer, trabajar, no olvidar el ejercicio aeróbico –sobre todo no se te olvide el ejercicio aeróbico, amigo, sin descuidar el de fuerza–, un poco más de fibra, si acaso, ponerse de pie cada hora, subir escaleras, reforzar el ‘core’, tener un ‘hobby’ y aplicar el resto de consejos que no sé si nos alargarán la vida, pero larga, sí que se nos está haciendo.
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