Hace tiempo, cierto amigo vino a cenar a casa y trajo como atención una botella de vino de un país inhabitual para los españoles. Al cabo de un año, con motivo de una nueva reunión, aquella misma botella retornó a mi casa de la mano de comensal diferente. Supongo que su periplo, sin duda repleto de aventuras, daría para un cuento. Hay vinos que, más allá de su calidad, acaban por no beberse.Ocurre también con los libros. Supongo que por aislamiento mío, aún no he conocido un lector de alguna de esas novelas tan traídas y llevadas por los escaparates y los comentarios televisivos y radiofónicos o reportajes escritos. A veces son libros que cuentan, incluso, con distinciones crematísticas. Aparecen en las listas de las obras más vendidas de la semana, del mes o del año, pero es raro encontrar a sus lectores. Al fin y al cabo, Pierre Bayard publicó un libro titulado ‘Cómo hablar de los libros que uno no ha leído’. Bayard es un especialista francés en explicar por qué lo imposible resulta alcanzable, pues asimismo es autor de ‘Cómo hablar de lugares donde nunca se estuvo’, o ‘Cómo hablar de los hechos que no han ocurrido’. Y el filósofo Louis Althusser , por su parte, cuya vida fue languideciendo de forma lamentable, llegó a confesar que defendió casi a sangre y fuego libros de su especialidad que jamás había abierto.En los años setenta, en aquella modélica facultad de letras de la Universidad de Extremadura, cuyo decanato desempeñaba admirablemente el profesor Ricardo Senabre, dirigí un proyecto llevado a cabo entre varios departamentos que se tituló ‘Sociología de la lectura en una ciudad de provincias’. Descubrimos entonces que, más allá de los diversos autores o libros de insistente presencia en los medios, los más leídos eran los volúmenes hagiográficos. Pero pudimos comprobar, también, que en las librerías casi no había a la venta vidas de santos.Cuando por motivos profesionales vivía yo en Lisboa, acudí a un encuentro con José Saramago y, al reunirnos, le dije: «Felicitaciones, José, acabo de escuchar en la radio que ya has alcanzado en el país los quinientos mil ejemplares vendidos de ‘Memorial del convento’». Y el siempre lúcido escritor me respondió; «Desengáñate, Jorge, yo no tengo quinientos mil lectores en Portugal, sólo soy un objeto de regalo».De modo que hay libros que se leen, pero que no se venden. Y, también, hay libros que se venden pero que no se leen. Estos son hechos a mi entender importantes, aunque no recuerdo que roben una línea o un minuto de su tiempo a los especialistas en teoría y crítica de la literatura. Si fuese cierto, como informa la prensa, que el 50 por ciento de los libros publicados al año en España no encuentra un comprador, no alcanzo a saber si la mitad restante de los 84.000 títulos, es decir 42.000 libros, halló más de un lector (acepto que cada autor se leyó el suyo). Dada la tristeza que produce la mayoría de los libros españoles que suelen mostrar los escaparates de las librerías americanas, me atrevo a suponer que aquellos libros no vendidos atraviesan el océano, aunque sin mucha esperanza de mejor vida.Leer y no leer: un problema histórico. Veamos un ejemplo. Cuando los países americanos fueron independizándose, insisten los especialistas en que se produjo una ruptura absoluta con España. Pero el inicio de las literaturas nacionales no se fecha hasta una veintena de años después. Salvo fábulas políticas (como ‘El cantero y el asno’, de Mariano Melgar), poemas patrióticos (como el ‘Canto a la victoria de Junín’, de José Joaquín Olmedo), o programas políticos en prosa o verso, poco se escribió. ¿Las gentes solamente leían esos escritos? Marcelino Menéndez Pelayo, tan nacionalista frente a otros autores (como con el patriota novogranadino José Fernández Madrid, autor de una versión teatral de la ‘Atala’, de Chateaubriand, en 1822), ni siquiera parece descubrir el manifiesto de Andrés Bello escondido bajo el título ‘Silva a la agricultura de la zona tórrida’ («Asaz de nuestros padres malhadados/ expiamos la bárbara conquista/ […] De muertes, proscripciones,/ suplicios, orfandades,/ ¿quién contará la pavorosa suma?»). La escritura política o ensalzadora continuará hasta, al menos, 1883, cuando se publique el Romancero colombiano a la memoria del Libertador, donde la huella retórica española resulta patente a través de la tradición y de Quintana, una decena de años antes de que el gran poeta José Asunción Silva se lamente, ante la estatua de Bolívar, de «El porvenir de luchas y de horrores/ que le aguarda a la América Latina».¿Pero qué leían realmente los ciudadanos de las nuevas repúblicas? No resulta creíble que sólo fijaran la vista sobre los poemas de aquellos escritores que, según Menéndez Pelayo, «parecían haberse rebelado, más que contra España, contra las más triviales nociones de nuestra prosodia». Basta un par de paseos por las ricas librerías de viejo americanas para encontrar volúmenes editados en el siglo XVIII de clásicos como Cervantes o Quevedo y descubrir, en las páginas de las viejas publicaciones decimonónicas, artículos de Fernán Caballero , Mesonero Romanos o Larra. Parece evidente que la ruptura política no significó la ruptura cultural y que, en las mismas guerras civiles, queda refugio para una grata lectura en medio de la fragosidad.Aquellos americanos que habían comprendido cómo su supervivencia económica dependía de separarse de una metrópoli invadida por los franceses, e incapaz de sostener una moderna organización comercial de tan amplios territorios, no renunciaban a leer –lo recojan o no los historiadores– al menos, los libros que guardaban en casa, que tal vez no fueran ya fáciles de comprar, pero que llenaron las horas de las atardecidas de sus abuelos, de sus padres y de ellos mismos. Como las hagiografías de los cacereños, eran libros que esperaban en casa los ojos ávidos de nuevos lectores. Libros que permanecieron en latencia; la historia no debe ignorarlos.Cité al crítico Pierre Bayard, que ha jugado a descender del famoso caballero francés Pierre Terrail, señor de Bayard. Este, debido a su bravura en las guerras de Italia, murió en combate el año 1524. Se le apodó ‘Le chevalier sans peur et sans reproche’, así, sin miedo e irreprochables, deberíamos considerar no sólo los libros, sino también la vida que nos condiciona. La historia de la literatura debe ser la de su escritura y la de su lectura, porque hay libros que se compran y no se leen, mientras otros se leen sin haberlos comprado. Como el vino. Jorge Urrutia Es catedrático emérito de la Universidad Carlos III de Madrid
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