«Todos somos Ceuta». El Atlético comenzó su partido donde lo dejó el Real Madrid, enfrascado por la polémica de Mbappé, Vinicius y Konaté al rechazar el apoyo a Ceuta. Una reivindicación política antes de la futbolística. Ante Osasuna se vio el potencial que tiene Simeone en su equipo. Resucitó Lookman; Cardoso tomó la sala de máquinas; Kang-In Lee mostró su magia y Jonathan David dijo que no se preocupe nadie sin Julián, que él también sabe marcar. Otro gol, segundo en dos partidos. Tiene colmillo.
Al Atlético se le había hecho largo el camino de vuelta a casa. Es un equipo que cuando viaja se siente incómodo, como cuando uno va invitado a una fiesta y no conoce más que al invitador, saca su lado introvertido. Así ocurrió en San Mamés y en Anfield y solo la traca final evitó un idéntico tropiezo en Anoeta. No en el Pizjuán, donde sí hubo méritos. Plazas de altura para un torero que apenas toreó el curso pasado seis partidos lejos de su casa de manera exitosa.
Hasta que el calendario situó al Atlético de nuevo en el Metropolitano, en Ítaca. Ahí el aire sopla a favor. En el Metropolitano los rechaces caen al que viste de rojiblanco y las faltitas en ataque sobre el que va de blanco. Aitor Fernández sacó una mano de fútbol sala a disparo de Jonathan David, pero nada pudo hacer en la segunda jugada. Segundo gol del canadiense en su etapa como colchonero. Cruz la salió a Arguibide. También marcó, pero con falta previa de Torró sobre el Cuti.
O eso vio Hernández Maeso. Una falta del fútbol moderno, de esas que el equipo infractor discute y el que la padece festeja. Aceptemos pulpo como animal de compañía, aunque Osasuna tiene motivos para la queja.
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