El videojuego de ‘Resident Evil’ nació en 1996 como un experimento de PlayStation construido a base de cámaras fijas, pasillos estrechos y munición contada con los dedos de una mano. No era, en el fondo, una historia sobre zombis, era una historia sobre la escasez, sobre abrir una puerta sabiendo que al otro lado podía haber algo que iba a costarte tres balas que no tenías, sobre elegir entre curarte ahora o después, sobre convertir cada objeto en una decisión.Esa sensación fue la que convirtió a ‘Resident Evil’ en algo más que un juego de terror y ayudó a hacer del ‘survival horror’ un género propio. También convirtió a Capcom en la propietaria de una de las grandes franquicias del entretenimiento. Hace tiempo que dejó de ser simplemente un videojuego; es una industria cultural en sí misma, con su propio vocabulario, su propia mitología de virus, mansiones, laboratorios y ciudades que hay que evacuar.Existe un género cinematográfico que no tiene nombre oficial, pero que todos somos capaces de reconocer en cuanto aparece en pantalla: películas que se llaman como algo que ya nos gustaba. No son exactamente adaptaciones, ni remakes, ni secuelas, son películas que podrían haber existido con otro nombre y que, en algún momento del proceso, encontraron uno disponible en el catálogo de una empresa.’Resident Evil’ (2026) pertenece de pleno derecho a esa categoría.Si le quitamos el título, ¿qué queda? Un brote, un edificio que se derrumba, un protagonista (eso sí, algo distinto de lo que solemos estar acostumbrados a ver en la saga) y un popurrí de criaturas que persiguen a sus víctimas. Lo difícil es encontrar en ella aquella vieja sensación de escasez, de vulnerabilidad y de incertidumbre que convirtió a ‘Resident Evil’ en ‘Resident Evil’. Esta no parece una película nacida de un videojuego, parece una película que necesitaba un videojuego al que parecerse.Lo que la película sí decide contarEmpecemos por lo que hay, que es sencillo y está bien resuelto: Bryan (Austin Abrams) es un mensajero de material médico al que la noche ya se le ha torcido antes de empezar —su novia acaba de anunciarle que está embarazada, y él no ha estado precisamente a la altura de la noticia—. Le sale un encargo que paga el doble de su tarifa habitual: entregar un paquete prioritario en un hospital de Raccoon City. A partir de ahí, tenemos noventa y cuatro minutos de un hombre intentando cumplir un recado mientras la ciudad se desmorona a su alrededor.Austin Abrams, protagonista de ‘Resident Evil’ SONYZach Cregger —que llega de ‘Barbarian’ y ‘Weapons’ — firma un guion enteramente original, sin relación con nada rodado hasta ahora, ambientado en paralelo a los acontecimientos de ‘Resident Evil 2’. No hay comandos de élite ni corporaciones explicadas en flashback ni heroína de gabardina a cámara lenta: hay un tipo con una bolsa y un destino. En un negocio que vive de la nostalgia administrada con hoja de cálculo, escribir algo nuevo es casi un acto de insubordinación, y hay que reconocérselo sin ironía.Sin embargo, la película de Cregger es puro cine de infectados de manual: brote, edificio que se cierra y criaturas que corren más de lo que conviene al suspense. Si tapamos el título y los logotipos que Capcom exige en algún rincón del fotograma, esto podría ser cualquier cosa, pero la película insiste en recordarnos de dónde viene: encuadres que imitan la cámara en primera persona con una escopeta asomando a la derecha, objetos que aparecen en plano con la solemnidad de un inventario, frases son contraseña para quien haya jugado y encuentros con personajes singulares dentro de su propio universo con una banda sonora diferenciadora. Un guiño es un gesto elegante, doce guiños son un tic nervioso, y aquí hay una ansiedad constante por que la reconozcamos como de la familia, aunque en espíritu se parezca más a ‘Posesión infernal’ que a nada que hayamos jugado.Terror con toque de comediaEl giro de esta ‘Resident Evil’ está en el tono. La intención era el horror: fotografía oscura de la que anuncia solemnidad, música que no para de insistir, criaturas diseñadas por gente que sabe qué formas incomodan al ojo humano. Y sin embargo, lo que se impone en la sala es la risa, y no la nerviosa; la de quien está viendo algo que, sencillamente, le parece gracioso.Cregger ha reconocido que el primer montaje era mucho más cómico de lo que llegó a los cines, y que tuvo que intervenir después de que los pases de prueba dejaran claro que el público se reía en los momentos equivocados. La respuesta fue quitar chistes, muchos, hasta recuperar, en sus propias palabras, un equilibrio más fiel al ‘survival horror’ que decía perseguir desde el principio.El director viene de la comedia antes que del terror —años escribiendo y actuando sketches en ‘The Whitest Kids U’ Know’— y esa mano sigue asomando en cada escena. El filme insiste en presentarse como terror puro mientras el instinto cómico de su autor sigue empujando por debajo, como quien contiene la risa en un funeral y no siempre lo consigue. Cuesta temer a una criatura que hace diez minutos protagonizó un gag superviviente del montaje anterior.Esta ‘Resident Evil’ acierta donde casi nadie se atreve, es decir, contando algo nuevo. Se deja ver. Se deja reír. Se acepta, incluso, como historia paralela a la de los protagonistas, pero se sigue echando en falta algo que lo defina realmente como uno de los suyos.
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