Hay historias tan conocidas que parecen no guardar ya ningún secreto, y la del Desembarco de Normandía es una de ellas. Pertenece a esa categoría de acontecimientos reconstruidos una y otra vez por historiadores, documentales y películas, fijados en la memoria a través de las imágenes de miles de hombres que, en la madrugada del 6 de junio de 1944, cruzaron el canal de la Mancha. Y, sin embargo, en las horas anteriores al Día D hubo otra batalla, silenciosa y prácticamente invisible, que se libró lejos de las playas, alrededor de unos mapas cubiertos de isobaras, entre científicos que no conseguían ponerse de acuerdo y militares que necesitaban una certeza que la ciencia no podía proporcionarles.Ese ángulo tan desconocido de una historia extraordinariamente conocida es el que recupera ‘Tiempo de victoria’ (‘Pressure’), la película de Anthony Maras, director de ‘Hotel Mumbai’, que llega este viernes a los cines españoles. En el centro del relato no hay un soldado ni un estratega militar, sino James Stagg, el meteorólogo escocés interpretado por Andrew Scott, sobre cuyos hombros recayó una responsabilidad formidable: advertir al general Dwight D. Eisenhower de que el tiempo podía poner en peligro la mayor invasión anfibia de la historia. Brendan Fraser interpreta al comandante supremo aliado y Damian Lewis al general Bernard Montgomery.Y es que el 4 de junio de 1944, mientras cientos de miles de soldados esperaban una orden en el sur de Inglaterra, una borrasca avanzaba hacia las costas británicas y francesas. Eisenhower debía decidir si daba luz verde a la Operación Overlord, prevista inicialmente para el día siguiente. Stagg tenía que predecir el tiempo, pero hacerlo con varios días de antelación en 1944 se encontraba en los límites de lo científicamente posible y los meteorólogos estadounidenses y británicos ni siquiera coincidían en sus previsiones. Durante las siguientes 48 horas, Eisenhower tendría que decidir hasta qué punto podía confiar el destino de la invasión a una ciencia incapaz todavía de ofrecerle certezas.Ochenta y dos años después, Anthony Maras se encontró ante una dificultad diferente, la de cómo construir suspense alrededor de un acontecimiento cuyo desenlace conoce prácticamente todo el mundo. «Una gran narración tiene que ver con la subjetividad, con hacer que el público entre en el viaje del personaje», explicó el director durante una entrevista con este diario junto a Andrew Scott. «Si el personaje no sabe qué va a pasar, el público lo vive a través de él y siente lo que él siente. Podemos saber algo racionalmente, pero el cine no es necesariamente racional, es emocional».Su intención, explica, era devolver el Día D a aquellas horas en las que todavía podía no haber sucedido. «Ahora es historia y lo damos por sentado. Pero hasta un minuto antes de que ocurriera, no era inevitable. Había mil millones de cosas que podían salir mal».Scott construye desde esa incertidumbre a un protagonista muy alejado del héroe convencional de una película de guerra. Stagg no es especialmente carismático y el actor quiso preservar precisamente esa aspereza. «En la vida no clasificamos a las personas diciendo: este es un héroe, este es un villano. Todo el mundo es protagonista de su propia historia», declaró. Su planteamiento al interpretarlo fue deliberado: «No lo hagas agradable, no lo hagas cálido. Así escuchan lo que dice en lugar de cómo lo dice».Lo que aparece es otra forma de heroísmo. «No existe un ser humano sin vulnerabilidad», sostiene Scott. Stagg «no es una persona físicamente imponente, pero es alguien con una enorme integridad, que no tiene miedo de decirle la verdad al poder». «Intentó hacer lo correcto», añade, y representa «una clase de héroe que no vemos necesariamente mucho en una película de guerra».Frente a él, Brendan Fraser interpreta a un Eisenhower sobre el que recaía una enorme responsabilidad. Antes de la invasión, el general llegó a escribir una nota en caso de que la operación fracasara en la que asumía personalmente la culpa. La capacidad del comandante para escuchar resulta esencial en la historia. Stagg necesitó valor para contradecirlo, pero Eisenhower tuvo que estar dispuesto a aceptar una opinión que no quería oír.Maras subraya que quienes discuten alrededor de aquella mesa no son enemigos. «Tenemos varios personajes que chocan unos con otros, con puntos de vista diferentes, pero todos quieren lo mismo. Todos quieren ganar». Scott encuentra en ello una resonancia contemporánea. «Cada vez resulta más difícil tener una opinión contraria a la de otra persona sin convertirla en tu enemigo», reflexiona. «Es realmente importante que seamos capaces de coexistir con personas que tienen una opinión diferente. Eso no las convierte en el enemigo».Y hay otra idea fundamental en ‘Tiempo de victoria’, la de la fragilidad humana frente a la naturaleza. «La película habla de cómo debemos ser humildes ante la naturaleza, de cómo pensamos que controlamos las cosas cuando en realidad existe una fuerza mayor, más poderosa que todos nosotros», dice Scott durante la conversación.Maras relaciona esa idea con la confianza en la ciencia incluso cuando esta no puede proporcionar respuestas absolutas. «Tuvimos a un general estadounidense que después se convirtió en presidente, que escuchó a un meteorólogo, derrotó a los nazis y ayudó en la Segunda Guerra Mundial porque escuchó a un científico», señala. Pero el valor también reside precisamente en reconocer los propios límites. «No tenemos todas las respuestas. Tengamos el valor de decir que no tenemos todas las respuestas e intentemos encontrarlas».La producción reconstruyó los mapas meteorológicos del Día D y las oficinas de predicción de los años cuarenta, convirtió Mentmore Towers, en Buckinghamshire, en el cuartel general aliado y utilizó Camber Sands para recrear los desembarcos. La película incorpora además imágenes auténticas de la guerra, seleccionadas tras revisar 46 horas de material original. «Deja de parecer historia y empieza a parecer gente con quien podrías cruzarte por la calle», explica el director sobre las imágenes restauradas. Los soldados dejan entonces de ser las figuras distantes de una fotografía de archivo, aparecen las bolsas bajo sus ojos, las quemaduras del sol, las marcas del viento y los rostros extraordinariamente jóvenes y llenos de miedo de muchos de los hombres que estaban a punto de desembarcar en Normandía. Entre quienes trabajaron con aquel archivo estaba, por una coincidencia que Maras desconocía cuando lo contrató, James Stagg, nieto y homónimo del meteorólogo detrás de la historia.
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