Hay un grito que se repite estos días en Ceuta. Lo pronuncian de un modo especial las mujeres ceutíes de toda edad, tipo y condición que se plantan delante de una cámara o levantan la voz en una plaza llegando siempre al mismo lugar: «nuestros hijos». Conviene escuchar esas dos palabras porque contienen algo mucho más antiguo que cualquier debate parlamentario. En la Grecia arcaica existía un territorio de la poesía que pertenecía de manera muy especial a las mujeres: el lamento. Cantaban en las bodas y ante los dioses, pero sobre todo frente a la muerte, la ausencia y el peligro. El improvisado góos era su forma de convertir el dolor en palabra y en advertencia. Al final de ‘La Ilíada’, frente al cadáver de Héctor, hablan Andrómaca, Hécuba y Helena. Y después lloran las troyanas. Los guerreros discuten sobre murallas, honor y derrota. Andrómaca habla de Astianacte, su hijo. De qué será de él ahora. Por eso llevo días observando a las mujeres de Ceuta en las redes sociales. Denuncian su miedo y su inseguridad; calles que han dejado de ser las suyas, colegios a los que temen llevar a sus hijos. No hablan desde un escaño. Repiten que tienen miedo. Reclaman seguridad, una frontera capaz de cumplir su función y un Estado capaz de garantizar que sus hijos puedan volver a las calles de antes, caminar o sentarse en un parque sin que sus madres teman por ellos. Y lo hacen frente al mismo Mediterráneo ante el que las mujeres llevan milenios esperando, despidiendo, llamando, llorando.Han cambiado muchas cosas desde Homero; el coro griego es ahora una red social y el ágora cabe en la pantalla de un teléfono, pero permanece algo elemental: cuando una comunidad cree que el peligro se acerca a su casa, muchas veces son las mujeres quienes ponen nombre a aquello que los grandes discursos convierten en abstracción. Una madre mirando a una cámara y diciendo «tengo miedo por mi hijo» incomoda al poder porque le obliga a responder a una pregunta muy sencilla: quién nos protege.Tres mil años después, al otro lado del Mediterráneo, las mujeres siguen levantando con la voz, pero esta vez no cantan por los muertos. Gritan para no tener que hacerlo.
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