A las centenas de asesores que cohabitan en Moncloa se les exige que evacúen, por lo menos, una idea al día para alimentar los relatos. Tanto los relatos que mantienen la ficción de un gobierno operativo, cuando en la práctica tiene un encefalograma plano, como aquellos que sirven de contramedidas para retirar el foco de la realidad y de los gravísimos problemas que esa realidad ocasiona a Pedro Sánchez y a su entorno personal y político.
Pues a estos cabezahuevo, que pagamos todos para que trabajen en beneficio de solamente uno, se les ha ocurrido que hay que volver sobre el clásico de la presentación de los presupuestos, y no porque sea este un tema que deje bien al Gobierno, que no es el caso después de tres años de incumplimiento del mandato constitucional, sino porque se puede utilizar el contenido de un proyecto presupuestario de delirante rendición al gasto más populista y clientelar, como programa para la inevitable convocatoria electoral.
Y junto con la recurrente apelación a la presentación de los presupuestos (que manda huevos que el presupuesto pueda utilizarse a estas alturas como un argumento en favor del gobierno), han decidido poner en marcha la ficción de un proceso sucesorio dentro del PSOE. Es muy evidente, si es que la evidencia precisara la construcción del grado superlativo, que el Partido Socialista tiene copados por Pedro Sánchez todos los instrumentos de poder interno y, además, que éste ejerce en exclusividad el liderazgo real y formal en casi todas las unidades organizativas del partido.
Sin embargo, el tema de la sucesión, que no deja de ser ridículo porque se trata de poner a alguien donde Sánchez se ha puesto a sí mismo, se manifiesta insólitamente efectivo. Por un lado, esto de las sucesiones, aunque sean fingidas, tiene siempre mucho morbo, y, aunque sea para heredar una catástrofe, crea expectación conocer al supuesto heredero. Y por otro, el proceso sí que sirve, como una versión actualizada de la leyenda medieval de la Campana de Huesca, para identificar, y cortarles la cabeza, a los candidatos ajenos al entramado sanchista del partido. A este fin, el outsider Madina es la ejemplificante víctima propiciatoria.
Para montar este trampantojo de la sucesión también necesitaban a un par de reclamos que lo hagan algo creíble y que incentive a dar la cara a los candidatos bienintencionados. Ese papel de liebres lo han cubierto con los dos perfiles más opuestos que tiene el sanchismo en el Gobierno: el de Óscar Puente, que este mes de septiembre anda berreando más que los venados de la Montaña Palentina; y el de Carlos Cuerpo, al que, por mucho que insistan, le falta pegada y altura moral para ser El Hombre Tranquilo que creó el escritor irlandés Maurice Walsh y que sublimó John Wayne en la obra maestra de John Ford. Más se va pareciendo, después de los cambalaches presupuestarios y del desbordamiento inflacionario, al hombre blandengue del Fary.
Pero el drama de los asesores, de Moncloa y de Ferraz, de los Óscares, de los tres teleñecos y, por supuesto, de Sánchez es que ni uno ni otro: ni esos dos trampantojos, ni ningún otro puede ocultar la dramática actualidad. Ya pueden presentar los presupuestos más obsequiosos o abrir en un desgarrado canal el melón sucesorio del PSOE, o incluso estirar hasta el aburrimiento los desideratum de Feijóo, las amenazas de Abascal o alguna de las torpezas de Díaz Ayuso, que Ceuta va a acaparar las portadas y la transversal corrupción del régimen seguirá llenando los huecos que queden en los periódicos y en los telediarios, y, lo que es peor, en el decaído ánimo de los españoles.
Todo eso sin poder quitarse de encima la penosa certeza de que, Leyre, Cerdán o Zapatero por medio, lo peor está por llegar. Y es que los asesores proponen, Pedro dispone y la dura realidad de Ceuta y la corrupción todo lo descompone.
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