Santo Tomás de Aquino dedicó buena parte de su obra a cuestiones que hoy en día siguen formando parte de nuestras preocupaciones: la felicidad, el bien, la voluntad o el amor. Y sobre este último dejó una reflexión escrita en el siglo XIII que todavía resulta fácil de reconocer en cualquier relación humana: «En esto consiste propiamente amar a alguien: querer para él el bien. Por eso, en aquello que alguien ama, quiere un bien para sí mismo».
Estas palabras forman parte de la Suma Teológica y, aunque ahora circulan habitualmente como una reflexión sobre el amor entre dos personas, Santo Tomás las escribió mientras analizaba el amor de Dios. Lo interesante es el razonamiento que utiliza para explicarlo. Para el filósofo, querer a alguien no se reduce al afecto que sentimos por esa persona. Importa también qué queremos para ella. Y ahí introduce una diferencia que parece pequeña, pero cambia bastante el sentido de la frase: no es lo mismo querer algo de alguien que querer algo bueno para alguien.
Santo Tomás de Aquino y su reflexión sobre amar
El verbo que importa aquí es «querer». Santo Tomás no entendía el amor únicamente como un sentimiento, sino también como una voluntad dirigida hacia el bien de la persona amada. Pomgamos por ejemplo que tenemos un amigo que consigue el trabajo que llevaba meses buscando y nos alegramos por él, aunque su nuevo empleo no cambie absolutamente nada en nuestra vida. El beneficio es suyo. Lo mismo ocurre cuando alguien cercano atraviesa un mal momento: podemos preocuparnos durante días por un problema que, en términos prácticos, no nos afecta.
Eso es precisamente lo que cambia cuando una persona empieza a importarnos. Lo que le ocurre deja de ser completamente ajeno. Pero querer su bien no significa querer que haga lo que nosotros consideramos conveniente. Puede que ambas cosas coincidan, pero también puede suceder lo contrario. Una decisión puede ser buena para alguien y, al mismo tiempo, no ser la que nosotros habríamos elegido.
El bien del otro termina importándonos como propio
La segunda parte de la reflexión es menos conocida y también más fácil de malinterpretar. Santo Tomás escribe que, en aquello que una persona ama, «quiere un bien para sí mismo». Aislada del resto, la frase podría parecer bastante egoísta, pero su explicación va por otro camino. Aquino relaciona el amor con una unión entre quien ama y quien es amado. Cuando una persona nos importa, su felicidad puede alegrarnos y sus problemas pueden afectarnos. No necesitamos que aquello bueno que le sucede produzca una ventaja directa para nosotros sin que el bien del otro adquiere valor para nosotros porque queremos a esa persona y por eso puede sentirse en cierta medida como propio.
Para Santo Tomás el amor tampoco dependía sólo de los sentimientos
Santo Tomás de Aquino fue uno de los grandes representantes de la escolástica medieval. La filosofía de Aristóteles tuvo una enorme influencia en su pensamiento y buena parte de su trabajo estuvo dedicada a estudiar cómo podían relacionarse la razón y la fe cristiana. Su manera de abordar el amor encaja en esa visión. No lo presenta como una emoción imposible de explicar. La voluntad ocupa un lugar importante porque amar supone querer un bien concreto para alguien.
Los sentimientos, además, cambian. Una persona puede sentir un fuerte apego y comportarse de una manera perjudicial para quien tiene al lado. También puede ocurrir lo contrario: seguir deseando sinceramente que a alguien le vaya bien aunque exista enfado, distancia o la relación ya no sea la misma. Por eso su definición resulta más exigente de lo que parece. La intensidad de lo que sentimos no es suficiente para saber qué estamos queriendo realmente para la otra persona.
La frase nació dentro de una reflexión sobre Dios
El contexto original se pierde con frecuencia cuando estas palabras se comparten por ejemplo en las redes ya que Santo Tomás no estaba escribiendo un consejo para parejas. La reflexión se encuentra en la primera parte de la Suma Teológica, concretamente en la cuestión 20, dedicada al amor de Dios. Su obra está profundamente ligada al cristianismo y no tendría sentido borrar ese origen para darle a la frase un significado completamente moderno. Pero tampoco hace falta compartir su pensamiento religioso para entender el razonamiento que utiliza.
Una amistad, una relación de pareja o el vínculo entre padres e hijos ofrecen ejemplos bastante cercanos. En todos ellos podemos distinguir entre aquello que queremos recibir de una persona y lo que deseamos que ocurra en su vida. Más de siete siglos después, esa diferencia sigue siendo probablemente lo más interesante de la frase. Santo Tomás no mide el amor por cuánto necesitamos a alguien ni por cuánto disfrutamos cuando está cerca. Lo coloca en un terreno diferente: si queremos a una persona, queremos también su bien, aunque ese bien no siempre coincida con nuestros propios deseos.
Powered by WPeMatico