No hace falta arrancarse el pelo del pecho ni tener la barba bien recortada para entrar en el templo español de Chuck Norris , basta con rascarse el bolsillo y pagar la cuota, como con casi todo en estos tiempos. Allí los sacos, un octógono, catanas, guns, nunchakus o el tatami comparten espacio con carteles-anzuelo dedicados al culto al líder texano. Si el tío Sam decía aquello de «I want you for the USA», en el gimnasio madrileño de Mario Padilla los afiches con la imagen del actor de ‘Walker, Texas Ranger’ sirven de cebo para la inscripción para su Chuck Norris System. «Me gustaría que la gente entendiera quién era él, y si yo en lo poquito que me quede de vida puedo hacer que le conozcan tal y como era, fantástico, lo haré», suelta.Padilla, gestor de una red de gimnasios donde se idolatra al mamporrero más icónico del cine de los noventa, lo conoció en persona durante un torneo estadounidense a finales de los ochenta en el que se coronó como campeón del mundo de karate kiokushinkai y en el que el icono del cine de acción arbitraba. Desde entonces, o igual incluso desde antes, habla de Norris como si fuera un dios, y lo fue de los memes, porque, ya saben, una vez el tejano se cayó al agua y el agua aprendió a nadar para apartarse… Los chistes agrandaron la leyenda del intérprete y peleador, que rompió su imagen de tipo duro y se rió de sí mismo, prestándose a la mofa y hasta entregándose a ella, como cuando parodió el anuncio de Van Damme con los camiones y elevó la apuesta haciendo el espagat entre aviones, pero a Padilla no le gustan. «Me duele, porque la gente ve en él solo al actor, el tío duro, ver solo cosas de chistes…», admite, papista. Chuck Norris era la religión y él, Padilla, es ahora su evangelista. Porque donde el mundo vio patadas y puñetazos, él veía «humildad», cercanía, al hombre de carne y hueso, sus valores. Los de «autodisciplina y valorar al compañero», que fundamentan la disciplina de la organización UFEF, creada por el maestro y que, con su autorización, imparte el propio Padilla. No hay más gimnasios en España capacitados para hacerlo.Desde que lo conoció al otro lado del charco conservó el kimono rojo con el que levantó el título, testigo de su abrazo con el maestro, como «un padrino, un referente, un guía», que inmortalizó algún fotógrafo y venera en una secuencia de imágenes a la entrada de su gimnasio santuario. «Cuando me abrazó, me sentí muy emocionado, se me cayeron las lágrimas. Me dijo: ‘Estoy feliz de que estés aquí’. Disfruté mucho de esos días con él», reconoce. Luego mantuvieron el contacto, por teléfono, a través de emails, pivotando entre su infranqueable círculo, conversando con su hermano, con su representante… Hasta que Chuck Norris le invitó hace unos años a Las Vegas, donde organizaba un evento «muy cerrado» con «representantes de todo el mundo y sus alumnos preferidos» y pudo comprobar «el aura que transmitía». «Ahí me nombró representante de su estilo en España, incluso hemos estado a punto de traerle a España, lo que pasa es que en la última época ya decía que no le apetecía mucho viajar. Me abrió sus puertas, lo que pasa que a lo mejor he llegado demasiado tarde», comenta.De Chuck Norris, que en realidad se llamaba Carlos, habla en términos tan elevados y filosóficos que da hasta reparo recordarle que, además de campeón en artes marciales, también era actor. Y eso que, haciendo pinitos como especialista en cine, también se ha querido parecer Padilla a su referente. «No me molestan los focos, tranquilos, estoy acostumbrado», dice durante su entrevista con ABC. Si a Chuck Norris le deslumbraban, él devolvía el reflejo. El resto de los mortales solo pueden adaptarse a las circunstancias. E intentarlo. «Cuando era muy jovencito era pelirrojo y me llamaban el Chuck Norris de Alcorcón», bromea, a modo de consuelo.Mario Padilla muestra su repertorio sobre el tatami. Ignacio GilAl contrario que Norris, que hablaba poco y pegaba duro, Mario Padilla cultiva el arte de la oratoria tanto como la disciplina marcial, elevada a categoría de doctrina desde que un cáncer le mermó la capacidad física y le «paró la vida». «De aquí para abajo soy paralítico», dice en broma señalándose la cadera, pero hace un esfuerzo para patear el saco y calentar frente a la cámara antes de recordar su relación con Norris. «Como toda persona famosa, desconfiaba de la gente. Es normal, porque muchos se acercan para abusar, para llevarse los méritos. Yo creo que él vio en mí que lo único que hago es trabajar y luchar por las artes marciales, por los valores de la vida, por ayudar y construir, no destruir. Las artes marciales no son solo golpes», insiste. El legado de Chuck Norris, dice, es la «paz», que era lo que perseguía el actor aunque se dejaba la vida masacrando a todo tipo de villanos en la pantalla. Como él, la busca también Mario Padilla, que la encontró fuera del tatami, en una ventana. «Yo quería un perro, pero me daba cosa que muriese. Cuando un pajarito blanco se posó en mi ventana, me lo traje en una jaula al gimnasio. Al día siguiente murió», asegura. Ahora, en la entrada de su gimnasio en la madrileña calle de Granada hay varios especímenes de cotorras o diamantes mandarines. «Son para dar alegría al centro, que ya hay mucha tontería fuera», espeta. Uno de ellos se llama Tigre y, dice, supuestamente algún día hablará, aunque por ahora solo come. El local de al lado, como una broma del destino, es una clínica veterinaria.Fotografías colgadas en el gimnasio de Padilla con Chuck Norris. Ignacio GilSu trayectoria en el tatami y su relación con el hombre que pactó su derrota contra Bruce Lee le han procurado a Mario Padilla cierta popularidad, que verá plasmada en una serie, ‘Hanshi’, que ya se está rodando a medio camino entre España y Estados Unidos. Será, cuenta, una especie de ‘Cobra Kai’, con siete temporadas de 18 capítulos, en la que Chuck Norris iba a hacer un cameo . «Cuando estuve en Las Vegas se lo conté, le regalé mi libro y le gustó muchísimo, lo recogió y lo tenía firmado por mí». No estará físicamente, pues falleció hace unos meses, pero sí en esencia. Claro que, en tiempos de Topuria, el enemigo de Chuck Norris y su sistema ya no es Bruce Lee, sino el auge de la UFC. «Me llama mucha gente, me escriben por WhatsApp, cada día más… Me pregunta mucha gente. Pero me gustaría que fueran más. La MMA para mí son un poquito moda, pero las artes marciales son para siempre. Me gustaría que pensáramos mucho más en los valores de Chuck Norris», dice, torciendo el gesto. Dicho en plata: el método del actor no le saca de pobre pero le calienta el corazón y le remueve los recuerdos.
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