Elisa Molina (Madrid, 38 años), profesora y especialista en disciplina positiva y crianza consciente, estudia cómo el contexto actual, marcado por la inmediatez, las pantallas y la sobreestimulación, está influyendo en la capacidad de niños y adolescentes para tolerar la frustración. «También se aborda qué sucede en el cerebro infantil durante las rabietas y cómo diferenciar entre una situación de desregulación y determinados comportamientos aprendidos», explica.
Asimismo, señala que actualmente se está educando a niños que tienen más dificultades para gestionar la frustración porque crecen en un entorno dominado por la inmediatez, en el que esperar, esforzarse o aceptar que las cosas no salgan como esperamos resulta cada vez más difícil: «Pero los adultos también tenemos menos tolerancia ante la frustración de nuestros hijos. El estrés, las exigencias y la falta de conexión con la infancia hacen que nos resulte más complicado acompañarlos en estos momentos. Y esta combinación está teniendo consecuencias».
Tolerancia a la frustración y crianza positiva
«La tolerancia a la frustración se entrena poco a poco y siempre teniendo en cuenta la edad y las capacidades de cada niño. No se trata de hacerles sufrir para que se hagan más fuertes, sino de permitirles vivir situaciones cotidianas en las que tengan que esperar, esforzarse o aceptar que las cosas no siempre salen como quieren. Si exigimos demasiado, generamos frustración y malestar.
Por eso es importante que los adultos actuemos con cabeza, consciencia y corazón, buscando un equilibrio entre la permisividad y el autoritarismo. Los niños van a encontrarse con muchos retos a lo largo de su vida y nuestro papel es acompañarlos para que aprendan a afrontarlos, entendiendo que no todo va a ser fácil. Y, cuando no sabemos cómo hacerlo, también podemos apoyarnos en profesionales y referentes que nos ayuden en la crianza», explica Molina a El Mundo.
Las investigaciones muestran que los gritos y los castigos físicos no son estrategias eficaces para educar y, a largo plazo, pueden agravar los problemas de conducta. La exposición frecuente a estas situaciones también puede tener consecuencias negativas sobre el bienestar y el desarrollo de los niños. «Los progenitores no quieren gritar ni pegarle a sus hijos. Lo hacemos a veces porque estamos estresados y no vemos otra solución», comenta Lucie Cluver, profesora de trabajo social para los niños y las familias en la Universidad de Oxford y madre de dos niños pequeños a UNICEF.
En este contexto, es mucho más eficaz explicar a un niño qué se espera exactamente de él que limitarse a decirle lo que no debe hacer. Expresiones como «no seas desordenado» o «pórtate bie»” pueden resultar demasiado imprecisas. En cambio, dar instrucciones sencillas y específicas, como «recoge todos tus juguetes y ponlos en la caja», permite establecer unas expectativas claras y facilita que el menor sepa cómo actuar.
También es importante que las expectativas sean realistas y estén adaptadas a la edad y a las capacidades de cada niño. Por ejemplo, pedir que permanezca en silencio durante todo un día puede resultar poco razonable, mientras que solicitar unos minutos de tranquilidad mientras se atiende una llamada telefónica puede ser una meta mucho más alcanzable. Conocer las capacidades de cada menor permite establecer límites que pueda cumplir.
Parte del aprendizaje durante la infancia consiste en comprender que las propias acciones pueden tener consecuencias; ayudar a los niños a establecer esta relación favorece el desarrollo de la responsabilidad y les permite comprender mejor los motivos de determinados límites. Una forma de hacerlo es explicar con antelación qué consecuencia tendrá una conducta concreta y ofrecer al menor la oportunidad de cambiarla.
Todas las familias atraviesan momentos de estrés, pero hay una serie de estrategias que ayudan a afrontarlos de una manera más calmada. Ante una situación complicada, detenerse unos segundos y respirar profundamente puede ayudar a recuperar la calma antes de reaccionar.
Uso de pantallas
«En los últimos años hemos visto cómo el uso y el abuso de las pantallas se produce cada vez a edades más tempranas. A nosotros nos impacta especialmente ver cómo las pantallas se utilizan como un «chupete digital». Un niño se enfada porque no le compran algo, está sintiendo malestar y enseguida le ponemos Peppa Pig, por ejemplo. Pero no es que se le haya pasado: queda absorto y deja de sentir. Lo mismo ocurre cuando utilizamos una pantalla para que coma, privándole de aprender a reconocer cuándo está saciado.
Sí vemos una relación con la tolerancia a la frustración, porque estamos acostumbrando a los niños a tenerlo todo a golpe de clic. Y, sin embargo, las cosas que realmente merecen la alegría requieren tiempo, paciencia, cariño, energía y esfuerzo. No deberíamos venderles un mundo en el que todo lo que merece la pena sea fácil, rápido y sencillo, porque ese mundo no existe», señala Molina.
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