El sol de Peñafiel acaricia la ladera con una luz que parece entender de añadas, mientras me voy adentrando en los viñedos de Pago de Carraovejas. El castillo de Peñafiel se vislumbra como un barco de piedra encallado en lo alto de la montaña. Pedro Ruiz Aragoneses camina entre las cepas sin prisa. Nos conocemos bien y eso libera la conversación de protocolos: no hay discurso corporativo ni respuestas aprendidas. Hay memoria, alguna broma y una idea que reaparece durante todo el paseo: nada de lo que cuidamos nos pertenece del todo.
A sus 44 años, Pedro proyecta una serenidad renovada; luce una figura más fibrosa, que son puro nervio y salud, con siete kilos menos que ha perdido en estos últimos meses, un dato que celebramos con humor, y una serenidad que no tenía cuando, con apenas 23, su padre le pidió que se hiciera cargo de la bodega. Hoy lidera uno de los proyectos más admirados del mundo del vino en España, Alma Carraovejas. Un conjunto de proyectos vitivinícolas y gastronómicos distintos entre sí, unidos por una misma manera de mirar el territorio. Pero él se resiste a presentarse como empresario. «Empresarios fueron mis padres. Yo me siento más bien gestor de un patrimonio que ni siquiera me pertenece».
Tierras únicas, alma compartida
El lema de Alma Carraovejas, Tierras únicas, alma compartida, no es para él una frase publicitaria. Resume una convicción: cada lugar debe conservar su identidad. «No tendría sentido hacer un Carraovejas blanco. Carraovejas es este lugar, esta historia y esta forma de entender el vino». Por eso Ossian, Viña Meín, Emilio Rojo, Bodega Marañones o Milsetentayseis no aspiran a parecerse a Pago de Carraovejas. Cada proyecto mantiene sus personas, su arquitectura, su cultura y su vínculo con el paisaje.
Pedro habla de esas incorporaciones con un verbo poco habitual en los negocios. «Nunca sentimos que estamos comprando; sentimos que estamos dando continuidad». Y enseguida corrige cualquier tentación de propiedad: «No es nuestro, no nos pertenece. Tenemos la responsabilidad de cuidarlo para dejarlo mejor a quien venga detrás». El nombre de Alma Carraovejas es también un homenaje a sus padres y a sus orígenes: una forma de crecer sin olvidar de dónde viene todo.

El psicólogo que no soñaba con una bodega
La narrativa de Pedro no comienza con balances financieros, sino con el estudio del alma humana. Su paso por la carrera de Empresariales fue un trámite tedioso que pronto abandonó por su verdadera vocación: la Psicología. Durante casi cuatro años, ejerció en el ámbito clínico, trabajando incluso con personas que sufrían de alcoholismo. Esta etapa no fue un desvío, sino el cimiento de su liderazgo actual. De aquella experiencia destiló una sensibilidad única para gestionar equipos y una visión del vino alejada del exceso, centrada en el bienestar y el hedonismo consciente.
Aunque el restaurante familiar José María en Segovia era el epicentro de su infancia, Pedro no se veía inicialmente entre viñedos. Fue en 2007 cuando su padre, con una intuición que sólo da la experiencia, le confió el mando de la bodega. En aquella confianza había una exigencia sencilla: humildad, trabajo y entrega. «Mi padre me dijo que podía salir bien o podía salir mal, pero que sabía que yo lo iba a dar todo, porque me conocía». Pedro confiesa que aceptó y el viñedo hizo el resto. «Una vez que entras en el mundo del vino, es muy difícil salir, y más cuando entras en la viña».
Aquel joven Pedro y el hombre que camina hoy entre las cepas, se parecen en la pasión, pero no en el ritmo. «A los 23 años no tienes familia, ni el equipo que tienes ahora, ni la experiencia. Hoy tengo más calma, y cuanto más aprendo, más consciente soy de que no sé nada». Incluso ahora, entregado por completo al vino, reconoce que alguna vez se pregunta si este es realmente su sitio. La duda, lejos de debilitarlo, parece mantenerlo despierto.

La filosofía Forrest Gump: correr por instinto, no por meta
Alma Carraovejas creció deprisa y, visto desde fuera, casi con una lógica planificación perfectamente trazada. Pedro prefiere la analogía de Forrest Gump: «Simplemente teníamos ganas de correr», explica. «No había una meta de conquista, sino una respuesta vital a las oportunidades que el camino ponía delante. Proyectos como Emilio Rojo, gracias a la conexión con Fernando Cornejo, o Marañones no fueron buscados tras un frío análisis de mercado, sino encontrados». Fueron apareciendo a través de personas, viñedos e historias capaces de provocar esa reacción inmediata que él describe sin solemnidad: «Se te ponen los pelos de punta y piensas: «Guau, este es el sitio».
La intuición no excluye las cuentas, pero tampoco acepta quedar subordinada a ellas. «La cabeza y los números tienen que estar, claro. Pero si todo son números fríos, pierdes el motor. En un proyecto es más importante que haya pasión que que haya números». En el vino, además, las decisiones se miden en décadas. Hace falta paciencia para recuperar una viña, comprender una parcela y dejar que una identidad gane profundidad.

Con 44 años y seis proyectos, el criterio se ha vuelto más exigente. «Después de todo lo vivido, eliges mucho mejor. Hemos dicho muchísimas veces que no». Ya no se trata de correr por correr. Tras años de crecimiento, ahora quiere consolidar, profundizar y conseguir que cada proyecto aporte más valor a su territorio. «Estoy orgulloso y creo que Alma está en su mejor momento, y aun así, pienso que lo mejor está por venir».
También han llegado años difíciles. En 2020, la bodega arrastró el golpe de la helada de 2017, que redujo cerca de un 40 por ciento la producción de Pago de Carraovejas. En 2024, las adversidades de la cosecha volvieron a frenar el crecimiento. Es en esos momentos, dice, cuando un líder debe aparecer primero: mantener la calma, dar seguridad y dibujar de nuevo el camino. «En los buenos momentos necesitas gente que te recuerde que no eres nadie especial y que nos vamos a morir todos. En los malos, necesitas a los tuyos cerca». Ahí coloca a su mujer, sus hijos, su familia y el equipo.

Un radar para las telas de araña
Entramos en la bodega y la conversación se vuelve casi inevitablemente minuciosa. Pedro ve lo que otros no ven. Mari Santos, compañera de viaje desde hace años, dice que tiene «un radar para las telas de araña». En la casa aún se recuerda a Luis y Marina, los impulsores de Ambivium, quienes bromeaban diciendo que Pedro les había «arruinado la vida» al enseñarles a analizarlo todo. Existe en él un «radar para las telas de araña» que le impide entrar en un espacio sin detectar la más mínima imperfección. Después de trabajar con él, ya no podían entrar en un espacio sin analizar la luz, el servicio, una esquina o una copa.
Él se ríe, pero defiende esa atención como herramienta de transformación. «Cuanto más ves, más puedes cambiar. Si no ves, no puedes mejorar». No se trata de buscar defectos para instalarse en la queja, sino de no dar por bueno lo que todavía puede hacerse mejor. Es una búsqueda de la excelencia tan intensa que su mujer, en busca de un respiro, suele pedirle que se siente de espaldas en los restaurantes, también cuando comen en Ambivium, para que pueda, por fin, relajarse. «Ponte de espaldas y relájate. Disfruta».
La comparación que le interesa no es con los demás. «No necesitas ser mejor que nadie; necesitas ser mejor que ayer». Esa exigencia explica tanto la precisión de los vinos como algunas de sus decisiones más difíciles. Le pesan especialmente las que afectan a personas a las que aprecia y respeta. «Puedes equivocarte, pero el respeto a las personas tiene que estar siempre por encima de todo».

Beber mejor, no beber más
Pedro no es un gran bebedor en términos de cantidad y no pretende parecerlo. «No creo que sea necesario beber tanto, sino beber mejor». Disfruta un Barolo con trufa blanca en el Piamonte, una botella de champán o un gran Rioja, pero también una tortilla de patata, unas chuletillas al sarmiento, un bocadillo en la montaña, el lechazo, el cochinillo o el cocido de su mujer. «No necesitas grandes cosas; necesitas que estén hechas con cariño».
A veces la asociación con Ambivium provoca que en otros restaurantes preparen para él algo especialmente novedoso cuando, en realidad, solo desea una tortilla clásica. No divide la cocina entre moderna y tradicional. «Me da igual que hagas un menú degustación o una tortilla de patata, lo importante es que cuides el producto, los tiempos y el punto». Recuerda, por ejemplo, un arroz en Casa Elías como una experiencia tan emocionante como cualquier gran menú.

Tampoco comparte el tópico de que los jóvenes se han alejado del vino. Cree que se interesan más que nunca, aunque exigen otro lenguaje. El error sería reducirlo todo para hacerlo aparentemente fácil. «El mundo del vino tiene una complejidad maravillosa; está unido a la cultura y a la historia. Si perdemos eso, nos convertimos en una bebida más». Prefiere contar por qué llegó un proyecto, quién lo hizo posible y qué decisiones hay detrás, antes que imponer una lista de aromas que cada persona percibirá de manera distinta.
Habla también sin eufemismos de responsabilidad. El vino es cultura, paisaje y placer, pero contiene alcohol y no debe asociarse a la salud física. Lo sabe además por su etapa como psicólogo, cuando conoció de cerca casos de alcoholismo. Eso no le impide defender su dimensión de bienestar, hedonismo y encuentro, siempre desde la moderación.
En verano se toma un tinto de verano con limón y no juzga a quien quiera poner hielo al vino. Solo pide no despreciar el cuidado que hay detrás: la copa, la temperatura, el servicio y los años de trabajo necesarios para llegar hasta ella.

Ambivium: el cruce de caminos y la cava espectacular
La última parte del paseo nos lleva a Ambivium y a su cava. El nombre, que en latín alude a un cruce de caminos, explica el proyecto: vino y gastronomía, tradición familiar y voluntad de romper moldes. Es probablemente la propuesta más disruptiva de la casa, pero Pedro no la concibe como escaparate exclusivo de sus etiquetas.
El corazón del restaurante es su cava, un despliegue arquitectónico y enológico que genera un impacto visual casi cinematográfico. Pedro sonríe al recordar la reacción de los visitantes cuando ven el video del dron sobrevolando la cava: «Se dan codazos exclamando, guau», apunta, describiendo ese gesto de asombro compartido.

Sin embargo, la verdadera ambición de Ambivium no se mide en botellas ni en técnica. Se mide en hospitalidad. «Eso de hacerte sentir como en casa no me vale, para sentirte como en casa, te quedas en casa. Nosotros tenemos que conseguir que te sientas mejor que en casa y que vivas algo que allí no podrías vivir».
La cocina, el vino, la vajilla, la luz y el servicio importan, pero sólo funcionan si producen emoción. Por eso tampoco quiere replicar Ambivium como una fórmula exportable.
Se han imaginado otros lugares como Galicia o la Rioja Alavesa, pero sabe que un restaurante de esta naturaleza depende de personas concretas y de un equipo difícil de reproducir. Si algún día sucede, tendrá que conservar el carácter irrepetible de la experiencia; hacerlo sólo como negocio no le interesa.

Ganas de ir a trabajar y ganas de volver a casa
¿Qué le queda por demostrar? Pedro niega la premisa. «Nunca he sentido que tenga que demostrar nada, no somos nadie y estamos todos de paso». Puede haber nuevos proyectos en vino y curiosidad por la alimentación, la salud, el deporte o incluso la moda, pero el crecimiento ya no es una carrera. Antes de dar otro paso, quiere entender qué exige el cambio climático y cuidar mejor lo que ya existe.
Para Pedro, la diferencia entre una empresa y un proyecto está en aquello que trasciende las cifras. Una empresa puede quedarse en el resultado; un proyecto construye territorio, cultura, comunidad y tiempo. «No se trata de mirarte el ombligo, sino de construir un legado». No habla de monumentos ni de apellidos impresos en una etiqueta. Habla de valores y de afecto: llegar al final sin haber hecho daño, sentirse realizado y ser recordado como una buena persona.
Terminamos entre las botellas de Ambivium. Después de hablar de viñedos centenarios, expansión, excelencia y futuro, Pedro reduce el éxito a una medida mucho más íntima. La familia aparece de nuevo como principio y destino, el lugar desde el que se sale y al que merece la pena regresar. «Es muy importante tener ganas de ir a trabajar, pero también tener ganas de volver a casa». Lo dice sin pose, con la tranquilidad de quien ha aprendido que la ambición sólo vale de verdad cuando convive con el cuerpo cuidado y la paz emocional.

Test exprés: el alma de Pedro entre viñedos y barricas
¿El vino que más te ha emocionado? «Romanée-Conti, por todo lo que representa».
¿Un paisaje al que siempre necesitas regresar? «La ladera interna de Carraovejas para pasear en soledad; Menorca y Formentera por el calor y el color del mar; o la impagable majestuosidad de Sierra Cantabria a los pies de Leza».
¿El plato que te lleva inmediatamente a tu infancia? «El bocadillo de tortilla con jamón york que me preparaba mi abuela cuando tenía exámenes, o los filetes de pollo empanados de mi madre».
¿Con quién tienes pendiente abrir una gran botella? «Con mucha gente. Más que una persona en concreto, mi gran asignatura pendiente es gestionar mejor el tiempo para poder abrir esas botellas con todos los que quiero».
¿Qué botella de Alma Carraovejas explica mejor quién eres tú? «No hay una sola botella, porque tampoco hay un solo Pedro. Cada vino de Alma representa un estado emocional distinto de mi vida».
Pedro Ruiz Aragoneses se despide con la mirada puesta en el majestuoso castillo de Peñafiel desde uno de los balcones de la bodega, donde se siente pequeño y, a la vez, conectado.
En su narrativa no hay espacio para la soberbia del propietario, sino para la gratitud de quien se sabe de paso. Su ambición es grande, pero su paz emocional lo es más; la de un hombre que entiende que su misión es cuidar la tierra para que, cuando él ya no esté, esta siga contando historias mejores que las que él encontró.
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