Hay personas que merecen ser eternas y que pensamos nos van a acompañar siempre. Son muy pocas, Javier Delgado Barrio entre ellas. A su familia y a sus amigos nos faltan fuerzas para imaginar su ausencia, para entender que no volveremos a escuchar su verbo siempre sereno, sus reflexiones ponderadas, sus consejos certeros. Para Mari Carmen, Javier fue un marido ejemplar. Para Mario, María José, María y Martín, un padre extraordinario. Para sus amigos, un referente de vida y, para algunos, como yo, un maestro, el mejor maestro que nadie podría soñar porque era, al tiempo, sabio, cercano y justo. Aunque nació en Barbastro se sentía también navarro de la Ribera y su carácter noble reflejaba perfectamente su origen. Fue un brillante estudiante de Derecho en la Universidad Central y su vocación, desde los primeros pasos en aquellos interminables pasillos, fue ser juez, aunque, por los azares de las convocatorias, primero ingresó en el cuerpo de Secretarios Judiciales en el que apenas ejerció. Sus primeros destinos fueron en los juzgados de Aoiz, Viella, Estepona, Tudela y Tafalla, pero el gusanillo de la especialidad en lo contencioso-administrativo le invadió. Se «empolló» los libros y artículos de García de Enterría, Ballbé, González Pérez y Garrido Falla quien, por cierto, le dedicó su libro con estas palabras: «Para Javier Delgado, quien sabe mucho más que yo de mi propio libro». Ingresó en el selectísimo cuerpo de especialistas en 1974 y pasó unos años magníficos como magistrado de la Sala de lo Contencioso-Administrativo de la Audiencia Territorial de Burgos hasta 1986 en que el primer Consejo General del Poder Judicial presidido por Hernández Gil le designó magistrado de la Sala Tercera del Tribunal Supremo. Por cierto, Javier Delgado formó parte durante dos años del anterior Consejo, que había sido elegido por los propios jueces. En el Supremo («¿el verdadero?», se preguntó Rubio) Javier Delgado se convirtió en el faro del Derecho urbanístico español, al que hizo llegar lo que llamó «el genio expansivo del Estado de Derecho», a partir del control de la discrecionalidad administrativa, cerrando el camino a espacios inmunes a la fiscalización jurisdiccional, garante de la supremacía de la ley y el Derecho. En 1991 entró a formar parte de la Junta Electoral Central, en la que yo serví como letrado. Allí empezó su magisterio conmigo, que continuó a partir de 1996, cuando tuve el honor, como vocal del CGPJ, de participar en su elección por unanimidad como Presidente del Tribunal Supremo y del propio CGPJ. La huella que allí dejó –desde su primer discurso sobre la transparencia de la justicia hasta su constante defensa de la independencia judicial– es imborrable. Al concluir aquel Consejo, Javier Delgado Barrio volvió al Tribunal Constitucional, de donde había salido tras ser elegido Presidente del TS, en donde ejerció su magistratura durante once años seguidos, muchos de ellos sufrientes por algunas decisiones adoptadas por la mayoría del órgano de garantías constitucionales que dieron lugar a imperecederos votos particulares, que nos enseñan que la mejor manera de responder a una controversia es a partir de los principios generales que están en la Constitución que, por su supremacía, rechaza cualquier interpretación creacionista, construccionista o voluntarista. Termino con una cita de su querido y admirado amigo Tomás Ramón Fernández en un recientísimo artículo: Javier Delgado Barrio es el mejor magistrado de lo contencioso-administrativo que hemos tenido. Como discípulo suyo en el Tribunal Constitucional en este momento, para mí también es el mejor ejemplo que puedo intentar, modestamente, continuar. Enrique Arnaldo Alcubilla Magistrado del Tribunal Constitucional
Powered by WPeMatico