Confieso que la propuesta de Cataluña de prohibir el uso de la inteligencia artificial en las escuelas hasta los 14 años me genera más dudas que certezas. No es que piense que los niños deban tener barra libre con ChatGPT, ni que la tecnología deba ocupar el lugar de los libros, de los profesores o del esfuerzo personal. ¿Qué sentido tiene sacar la inteligencia artificial del aula cuando ya forma parte de la realidad en la que esos niños están creciendo? Esa es la pregunta que me hago, y me parece más sencilla de lo que sugiere el debate.
Lo que plantea la futura ley catalana
El Govern de Salvador Illa ha anunciado su intención de incluir esta prohibición en el futuro marco normativo sobre pantallas, junto con otras medidas relacionadas con el acceso de los menores a las redes sociales. Por ahora es una propuesta que debe concretarse en una norma, y el Ejecutivo catalán prevé tenerla lista en marzo del próximo año.
Puedo entender de dónde nace la preocupación. Hay razones para poner límites al uso de las pantallas y también para vigilar un empleo indiscriminado de la inteligencia artificial. De hecho, la Comisión Europea acaba de publicar un informe que advierte de que un uso excesivo o poco adecuado de la IA puede perjudicar el aprendizaje y el pensamiento crítico.
Pero ese mismo trabajo señala algo que me parece fundamental. Los alumnos obtienen mayores beneficios cuando la inteligencia artificial sirve para apoyar su propio razonamiento y cuando participan activamente en el contenido. En mi opinión, es donde creo que está el verdadero debate.

No hay necesidad de excluir
Elegir entre libros e inteligencia artificial no es el dilema real, como tampoco lo es sustituir la lectura por un chatbot o dejar que un alumno entregue como propio un texto que ha escrito una máquina. El reto está en enseñar a distinguir una cosa de la otra.
Yo quiero que mis hijas lean, de hecho, la mayor es una ávida lectora, que sepan escribir y que sean capaces de enfrentarse a un texto largo sin necesitar una pantalla cada treinta segundos. Quiero que sepan razonar, contrastar una información, detectar una mentira y hacerse preguntas. Por eso me parece importante que aprendan también qué puede hacer una inteligencia artificial y, sobre todo, qué no puede hacer.
Una IA va a equivocarse, inventarse una respuesta o presentar como cierto algo que en realidad necesita comprobación. A veces suena convincente incluso cuando está completamente equivocada. Y esa es precisamente una de las primeras lecciones que deberíamos enseñar a un alumno.
También podemos enseñarle algo todavía más importante, y es cuándo no utilizarla. Un profesor puede pedir a un alumno que resuelva primero un problema por sí mismo y después recurra a una IA para comprobar el procedimiento, o plantearle una respuesta generada por un chatbot y pedirle que encuentre sus errores.
Puede hacer que compare una explicación de la máquina con la de un libro de texto, o enseñarle a identificar una fuente fiable, a formular mejores preguntas o a comprobar si las referencias que ofrece una IA existen de verdad. Eso no elimina el pensamiento crítico, lo ejercita.
Y aquí aparece, para mí, una de las contradicciones de este debate. Si nos preocupa que la inteligencia artificial haga que los niños piensen menos, la respuesta no debería ser impedirles utilizarla, sino enseñarles a pensar mientras la utilizan.
Bruselas y el pensamiento crítico
La propia Unión Europea parece avanzar en esa dirección. El pasado 18 de junio, la Comisión Europea y la OCDE presentaron un marco específico de alfabetización en inteligencia artificial para la educación primaria y secundaria. El documento agrupa las competencias en cuatro grandes bloques, uno para comprender y relacionarse con la IA, otro para crear con ella, otro para gestionarla y un último para participar en la manera en que se utiliza, e insiste en la necesidad de evaluar críticamente sus beneficios, riesgos e implicaciones éticas.
Eso no significa que Bruselas esté diciendo que haya que poner un chatbot en manos de cualquier niño sin restricciones. Es algo bastante más razonable, que la inteligencia artificial ya forma parte del entorno en el que los alumnos van a vivir y que la educación debe darles herramientas para desenvolverse en él.
Los datos ayudan a entender por qué. En 2025, el 63,8 % de los jóvenes europeos de entre 16 y 24 años utilizó herramientas de inteligencia artificial generativa, y casi cuatro de cada diez la emplearon además para actividades relacionadas con la educación formal.
Enseñar también cuándo no usar la inteligencia artificial
La pregunta, por tanto, no es si los jóvenes van a encontrarse con la inteligencia artificial, sino dónde queremos que aprendan a utilizarla. Si no lo hacen en la escuela, probablemente lo harán fuera de ella, solos, con amigos, en casa o siguiendo el consejo de alguien que tampoco sabe qué riesgos existen. Y ahí perdemos la oportunidad de que un profesor les explique que una respuesta generada por una máquina no equivale a conocimiento.
Hay otra cuestión que tampoco deberíamos pasar por alto. Una prohibición general hasta una edad concreta resulta fácil de explicar, pero la realidad educativa es más compleja. No es lo mismo utilizar una IA para que haga un trabajo completo que emplearla para pedir una explicación alternativa de un concepto, traducir una palabra, generar preguntas de estudio o detectar errores en un texto que el alumno ya ha escrito.
Prohibir del todo no es tan sencillo como parece
Quizá la clave esté ahí, en menos barra libre, pero también menos prohibición absoluta. Más educación, más supervisión y más criterio. No creo que nadie esté planteando que la inteligencia artificial deba sustituir a los libros. Tampoco creo que tenga sentido cerrar los ojos ante una tecnología que ya está transformando la manera en que trabajamos, buscamos información y nos relacionamos con ella.
La escuela tiene que enseñar a leer y a pensar, pero en el mundo que existe, no en el que nos gustaría que existiera. Y ese mundo ya tiene inteligencia artificial. Por eso, cuando hablamos de proteger a los niños, quizá deberíamos hacernos una pregunta distinta. No tanto cómo conseguimos que no utilicen una tecnología que ya está a su alrededor, sino cómo conseguimos que, cuando la utilicen, sepan exactamente qué están haciendo.
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