Durante los últimos diez años tuve un hogar, pero no una casa. El matiz es importante porque sentir no siempre marida con poseer. Mi hogar era una casa grande donde pudimos acoger durante ocho años a mi suegra, ver partir a nuestros hijos a hacer las Américas y comprobar hasta qué punto nuestros amigos se saltaban la norma impuesta en el umbral: «Tan importante es saber llegar como saber irse». En aquella terraza me enteré de la muerte de mi padre. De aquel portal salí corriendo rumbo a Puerto Real con la vana esperanza de poder despedirme de él. En aquel quinto piso reímos, lloramos, celebramos, añoramos, nos peleamos y nos reconciliamos. En definitiva, vivimos. Hicimos de aquella casa un hogar, aunque nunca fue nuestra propiedad.Nos lo recordaban los suelos desgastados, las tablas rajadas, las puertas desconchadas y aquellas ventanas sesenteras que dejaban escapar el calor en invierno y hacían arder la casa en verano. Pero fuimos todo lo felices que se puede ser durante una década.Sí, fue hogar, pero nunca casa. Pagaba un alquiler , pero no el IBI. Tampoco soportaba las cargas fiscales que corresponden al propietario porque, sencillamente, no lo era.Salimos de allí cuando las hijas del dueño quisieron, con todo su derecho, subirnos un 30 por ciento el alquiler. No hizo falta hacer cuentas. Absurdo sacar la calculadora.Empaquetamos nuestras cosas, nos desprendimos de muebles y enseres y hasta donamos centenares de libros para preparar el regreso a la que sí es nuestra casa, que esperamos que vuelva a ser nuestro hogar: un piso mucho más modesto, pero nuestro y del banco, que hemos adecentado para que sea el lugar donde vivamos nuestros últimos años.Cuento todo esto porque me produce lástima pero también muchísima vergüenza ver lo que están haciendo con Maricarmen. La han convertido en pancarta. Su historia, su edad, su hogar (que no su casa), su desalojo con toda legalidad, sus problemas, incongruencias y hasta su intimidad han dejado de importar como tales. Lo que importa es lo que cada cual pueda colocar detrás de ella. Maricarmen, cartón piedra de una batalla que probablemente ni ha pedido ni necesita.Lo más obsceno es que quienes la convierten en símbolo dicen hacerlo para defenderla. No sé si Maricarmen necesita que la conviertan en icono. Sospecho que necesita algo bastante menos épico: que los servicios sociales resuelvan su situación aunque eso no da para agitar una pancarta y sestear en una tienda de campaña. Vociferar sin hacerse preguntas, sin atender a quienes explican que el relato lacrimógeno levantado alrededor de la precaria situación de Maricarmen tiene fisuras, muchas, tantas como para constatar que Maricarmen no servirá para arreglar el problema de la vivienda en España, pero se intentará que sí solucione el problema habitacional que se le avecina al Gobierno: que no le dan los números para seguir en la mamandurria.
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