España tardó dieciséis años en volver a levantar la Copa del Mundo. Entre la noche de Johannesburgo y la final frente a Argentina cambió el fútbol, cambiaron los protagonistas y también la manera de llegar a la portería contraria. El equipo de Vicente del Bosque convirtió el pase en su mejor herramienta para gobernar los partidos. El de Luis de la Fuente conserva esa relación con el balón, pero ha añadido velocidad, desborde y una amenaza constante por las bandas. Dos estrellas cosidas desde una misma idea: llevar la iniciativa.
La España de 2010 tenía algo que desesperaba a sus rivales. Xavi encontraba siempre un compañero, Iniesta aparecía donde parecía imposible recibir y Busquets simplificaba lo complicado. A su lado, Xabi Alonso aportaba equilibrio y desplazamiento. La pelota circulaba hasta que surgía una grieta. Había paciencia, pero también una enorme confianza en que la oportunidad acabaría llegando.
Aquella Selección aprendió a convivir con el sufrimiento. Marcó ocho goles en todo el Mundial y cinco llevaron la firma de David Villa. Sólo el delantero, Iniesta y Puyol vieron portería. España necesitó aprovechar cada golpe y protegerlo después, con el balón, con sus defensas y con las manos de Casillas. Su dominio tenía menos margen en el marcador del que muchas veces sugería el juego.
De la pausa de Xavi al desborde de Lamine
De la Fuente ha encontrado otras vías para abrir los partidos. Lamine Yamal y Nico Williams permiten que España amenace desde los costados, obligue al rival a ensanchar su defensa y encuentre espacios por dentro. Un cambio de orientación puede terminar en un uno contra uno. Una recuperación puede convertirse en una carrera hacia el área. El equipo tiene futbolistas para elaborar y también para acelerar.
Rodri sostiene esa estructura. Su colocación permite que los demás se suelten sin que cada ataque se convierta en una aventura. Pedri aporta claridad entre líneas y Dani Olmo interpreta los espacios cerca del área. La responsabilidad creativa se distribuye de otra manera: el rival debe vigilar el centro y, al mismo tiempo, evitar que los extremos reciban con metros por delante.
También conviene matizar la fotografía de Sudáfrica. Aquella España tenía profundidad con las subidas de Sergio Ramos, las diagonales de Villa y las alternativas que ofrecían jugadores como Pedro o Jesús Navas. La diferencia está en el peso que tienen ahora las bandas dentro del plan. El desborde se ha convertido en uno de los principales argumentos de esta Selección.
Dos maneras de controlar el partido
La comparación tampoco se resuelve contando pases. Adelantar jugadores y acelerar las acciones obliga a cuidar las distancias, coordinar la presión y responder cuando se pierde el balón. Ahí aparece una de las exigencias del equipo de De la Fuente: atacar con muchos futbolistas y mantener una estructura que permita defender la siguiente jugada.
En 2010, España encontraba seguridad alargando sus posesiones. La generación actual puede buscarla recuperando pronto y obligando al contrario a retroceder. Son matices que explican la evolución de un equipo que sigue queriendo decidir dónde y a qué ritmo se juega.
Elegir cuál era mejor alimenta el debate, pero deja fuera lo más interesante. Del Bosque reunió a una generación que enseñó a España a ganar un Mundial. De la Fuente ha construido otra que ha encontrado su propio camino para repetirlo. La primera estrella llegó con una selección que hacía esperar al rival. La segunda pertenece a un equipo capaz de moverlo y acelerar cuando aparece el espacio.
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