Lamine Yamal es una especie única en el fútbol español. Por su talento, por su precocidad y por esa sensación de que algo puede pasar cada vez que recibe el balón. España ha tenido futbolistas extraordinarios, generaciones que dominaron el mundo y jugadores capaces de decidir cualquier partido. Pero el atacante del Barcelona reúne una combinación excepcional: regatea, crea, asiste y marca mientras obliga al rival a organizar su defensa alrededor de él. Con 19 años, ya permite plantear una pregunta que hace poco parecía lejana: ¿tenemos a nuestro Messi o a nuestro Cristiano?
La exhibición ante Croacia volvió a alimentar el debate. Lamine firmó un doblete en la goleada de España y mostró las distintas maneras que tiene de influir en un encuentro. Puede finalizar una acción colectiva, inventar una solución individual o encontrar a un compañero cuando la defensa concentra sus esfuerzos en frenarlo. En el Sánchez-Pizjuán volvió a ser protagonista de una selección que disfruta atacando.
Lo que le distingue empieza en el regate, pero continúa después. Superar a un defensor es sólo una parte de la jugada. Lamine suele tener preparada la siguiente: un pase al espacio, una combinación por dentro o un remate buscando el palo contrario. Puede acelerar y también detenerse. Esa capacidad para elegir, incluso rodeado de rivales, le permite convertir su desequilibrio en ocasiones.
España conoce bien la excelencia con el balón. Xavi gobernaba los partidos. Iniesta eliminaba adversarios y encontraba caminos donde los demás veían piernas. Silva interpretaba los espacios con una facilidad extraordinaria. Villa castigaba cualquier descuido cerca del área. Lamine recoge rasgos de esa tradición y los lleva a la banda, donde añade una amenaza constante en el uno contra uno.
Más cerca de Messi por su fútbol
Si hay que buscar una referencia, su juego se acerca más al de Messi. Zurdo desde el costado derecho, encuentra en la conducción hacia dentro una puerta para rematar, asociarse o filtrar un pase. Tiene recursos para terminar la jugada y visión para construirla. El rival debe defender todas esas posibilidades al mismo tiempo.
Cristiano desarrolló una capacidad extraordinaria para atacar el área, imponerse sin balón y transformar ocasiones en goles. Lamine tiene un perfil más creador. Quiere recibir, atraer al defensor y decidir con la pelota en los pies. Su influencia se reparte entre lo que produce directamente y los espacios que genera para quienes juegan a su lado.
La comparación también tiene una dimensión emocional. Argentina encontraba en Messi una razón para creer que cualquier partido podía cambiar. Portugal ha vivido durante años pendiente de la capacidad de Cristiano para resolver. Lamine empieza a provocar esa expectativa con España: cuando el encuentro se atasca, su banda ofrece una salida.
Una precocidad que cambia las expectativas
Parte de lo excepcional está en la edad a la que asumió ese papel. Ganó la Eurocopa recién cumplidos los 17 años, fue elegido mejor jugador joven del torneo y dejó ante Francia un gol que resumía su personalidad competitiva. En una semifinal, con España por detrás, encontró una solución de enorme dificultad técnica.
Desde entonces, su presencia ha adquirido cada vez más peso. La naturalidad con la que recibe, encara y vuelve a pedir el balón transmite confianza al equipo. Luis de la Fuente ha encontrado un futbolista capaz de aportar genialidad dentro de una estructura colectiva. España puede dominar desde la asociación y recurrir a Lamine cuando necesita romper el orden del contrario.
Para alcanzar la dimensión histórica de Messi o Cristiano tendrá que sostener ese nivel durante muchos años. La grandeza de ambos también está en su continuidad, en cómo se adaptaron y siguieron decidiendo partidos. Lamine ya ha demostrado que tiene condiciones para aspirar a ese lugar.
Su singularidad permite abrir el debate. España tiene un campeón que, además de ayudar a ganar al equipo, puede pelear por ser el mejor futbolista del planeta. Lamine ha hecho que esa posibilidad forme parte de la conversación.
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