En la Puerta del Sol no solo es orgánica la democracia: también la basura. Y al amanecer del cuarto día, la plaza ya no era solo un repositorio de desperdicios intelectuales sino también puramente tridimensionales. Los pies de las papeleras desbordaban bolsas y botellas y se convertían en depósitos de desechos, puede que en arte urbano. Supongo que Almeida habrá concluido que, puesto que los acampados no pagan la tasa de ocupación que les corresponde, la limpieza derivada del sóviet quechua debería recaer en el delegado de Gobierno, que fue quien la permitió. En cualquier caso, a escasos metros del vertedero, nueva sesión de control en el Congreso, que en esta ocasión los acampados prefirieron no rodear. No interpreten el gesto como un avance en el proceso de civilización de la extrema izquierda; al contrario, solo están esperando. Si la coalición PP-Vox llegara alguna vez al gobierno veríamos cómo sus consignas ya no se dirigirían contra unas políticas sino contra la legitimidad de las Cortes. Así que, de momento, paz en la carrera de San Jerónimo. Supongo que a ello ayudaría el hecho de que Sánchez se volviera a ausentar del hemiciclo; tras su paso por Nueva York, ahora visita de Macron. Comprenderán ustedes que París y Manhattan tienen más glamur que este Madrid castizo, garbancero y repleto de españolitos cabreados, que le deben dar hasta un poco de asquito. Y sin el presidente, las preguntas se dirigieron al vicepresidente Cuerpo. Resulta cada día más evidente que en el PP le tienen pánico. Y hacen bien: una vez activada la extrema izquierda, un candidato moderado cerraría el círculo mágico de la movilización del abstencionista. Además, Cuerpo habla como un novicio de la orden de clérigos regulares –hasta tiene la coronilla tonsurada– y tiene gafas de ministro de UCD, como Calvo-Sotelo. Cuando le interpelan, no cambia el rictus del rostro, mira con un desprecio que no logra ocultar y espera su turno con estoicismo de opositor, traje gris y corbata azul Carlos III. Cuando habla, lo hace con las manos extendidas a la altura del pecho y los pulgares hacia arriba, como si en vez de sometiéndose al control del Congreso estuviera explicando el tamaño del bocadillo que se metió el otro día en el alto de los Leones. Por momentos parece el Cristo del Otero. Por momentos, el del Abismo.A él se dirigieron Ester Muñoz, que le preguntó por la violación de una niña -marroquí, pero eso no lo dijo– por parte de unos hombres –«invasores», aquí sí–. Luego Bendodo le intentó desgastar con una pregunta ómnibus –le llamó ‘suavón’– y por último Marí, que optó por asuntos económicos que no le producen ni un rasguño. Menos aún Figaredo y su diario de un cazador de inmigrantes, o Belarra, con una intervención hiperglucémica –exigió un decreto «sin trocear», pero «por amor»— y que a punto estuvo de provocar media docena de comas diabéticos en la sala. Pero, al contrario que otras ocasiones, las respuestas de Cuerpo comenzaron a sonar a argumentario, a ‘storyteller’ y a ‘apparátchik’. Dicho de otro modo, a pesar de su perfil moderado y algo más limpio que el resto del gabinete, Cuerpo ya no logra dar la imagen de ministro técnico e independiente. Al contrario, parece lo que es: un sanchista más, que tira de relato vulgar y de asesores mediocres y que bombardea al PP con alusiones a su responsabilidad en que pudieran decaer los decretos de vivienda. Y, en realidad, eso resume la sesión: los populares quieren hablar de Ceuta y el PSOE de vivienda. Y lo han logrado porque Ceuta cada vez ocupa menos preguntas. El propio PP se mete en el terreno que el Gobierno quiere y culpa a Sánchez –y no a la ley– de los 270.000 desahucios. O sea, que, de modo implícito, también pide que no los haya. Lo mismo que la ministra de vivienda, Isabel Rodríguez, que casi se tira al suelo a besar los pies de los diputados de Junts y PNV. Visto el panorama, lo mejor es que se vayan todos juntos a Sol. Y que sean ellos los que canten a los acampados: «Que no, que no, que no nos representan».
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