He elegido, de entre todas las mías, esta columna porque yo, que no me releo nunca porque me enmiendo, me reprendo, me corrijo y hasta me contradigo (todas mis ideas y creencias están en revisión permanente), puedo volver a leer esta y pensar que la escribiría y la firmaría, palabra por palabra, hoy, mañana y siempre. Si alguna de mis columnas tuviera que salir ahí fuera, ella solita y a cara perro, a defenderme, sería una muy parecida a esta: una en la que se defienda que este oficio nuestro no ha venido aquí para hacer amigos , ni acariciar hocicos, ni conseguir que nos quieran. Lo nuestro no es alegrar el día y menos a nosotros mismos. Lo nuestro es escribir recto y defender ideas con buena letra y mejores argumentos. O, como diría González-Ruano: atar bien por los dos lados esa morcilla que es la columna de opinión.Publicado el 22 de abril de 2026 Más bares y menos bohemiosCierra un bar con solera y, a poca formica que tuvieran sus mesas y un literato escribiera en ellas con sombrero dos letras, aparece una cáfila de plañideras bohemias y eleva un llanto que tañe a muerto. Con la mitad de clientes que de lamentos, no habrían tenido que cerrar. Pero es echar la persiana por inviabilidad financiera y se les pone el codo de barra, el cuerpo de tertulia y la prosa engolada. Lloriquearon por el cierre del Café Central y lloriquearon al reabrir el Café Gijón. En la carta hay guacamole y eso es un despropósito. Ni Valle-Inclán ni Baroja habrían pedido nachos mientras declamaban genialidades (tampoco habrían tecleado en un iPhone 17, déjenme que les diga). Y cómo se le habrá ocurrido al nuevo dueño de un bar, al que previsiblemente nunca fueron, abrir de nuevo el bar, al que previsiblemente nunca irán, como le venga en gana y no como ellos consideren oportuno. Frente a las penas ilustradas por el Central, mi solidaridad estaba (no sé si por nihilismo o por astenia primaveral) con los dueños del local y su derecho a recuperarlo a falta de acuerdo con los responsables del negocio. Al fin y al cabo, ambos están a las perras, que los del jazz tampoco ponían las copas gratis, no era eso una oenegé precisamente. Del mismo modo, ante el drama del ‘wrap’ de pollo y la ensalada de ‘kale’ del Gijón, no sentí ni un pellizquito de nostalgia por café con leche y cerillas al aroma de intelectualidad. Por eso me gustó sentirme acompañada al leer en un artículo a Rubén Arranz, que escribe recto, celebrarlo como una señal de la muerte de la bohemia. «Ojalá esta noticia venga acompañada de la ruina de los siete u ocho columnistas que todavía castigan al mundo con artículos costumbristas semanales, con sus textos fatuos, como ellos, que solo sobreviven de las palmaditas en la espalda (sudada) que se dedican cada vez que publican algo», decía Arraz. Se me escapó una lagrimita de esperanza y crucé los dedos, farfullando una plegaria. No por el cierre de los bares, que soy más de bar que de misa (más de bar que de todo, en realidad), sino por eso de la muerte de la bohemia. Capaz soy de dar por bueno cada bar cerrado si con eso nos quitamos de encima a los aspirantes a Galdós, a los que escriben para la posteridad pero como si hubiesen nacido hace ciento cincuenta años, a los intensitos de las subordinadas encadenadas que confunden el periódico con su diario personal (o su terapeuta). Nuestras firmas Si quieres leer más artículos de Rebeca Argudo Suscríbete a ABCA los mejores de todos nosotros. ¿Se imaginan que Mariano Cavia hubiese querido ser Mariano José de Larra? ¿Que Larra hubiese querido ser Cadalso? ¿Se los imaginan escribiendo como los que les precedieron en lugar de arriesgando, transformando, revolucionando, innovando y modernizando? Sacrifico en ofrenda mi bar de siempre si a cambio la providencia nos libra de la turra de los posbohemios. Por favorcito.
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