Cancelar un plan con amigos o con la familia, de vez en cuando no tiene nada de extraño. Puede ser que haya días en el que el cansancio pesa, cenas que quedan demasiado lejos y días en los que quedarse en casa resulta mucho más apetecible. Otra cosa es que esto empiece a repetirse ya que entonces puede llegar un momento en el que ya no sea tan fácil saber si realmente necesitamos descansar o si, casi sin darnos cuenta, estamos dejando de hacer cosas que antes formaban parte de nuestra vida.
Eso es lo que le ocurrió a una mujer de 64 años. Durante tres fines de semana seguidos encontró motivos para no salir. Primero estaba empezando a resfriarse. Después llovía, había tenido una semana complicada y la cena quedaba lejos. La tercera vez ni siquiera necesitó darle tantas vueltas. Escribió a una amiga para decirle que no iría y dejó el teléfono. Lo que le hizo pensar no fue haber cancelado otra vez, sino lo que sintió justo después: alivio. Y no es que fueran planes que detestara ni compromisos con desconocidos. Iba a encontrarse con amigos y familiares a los que quería. Sin embargo, quedarse en casa le resultaba cada vez más fácil. Fue entonces cuando empezó a plantearse que quizá no estaba simplemente cansada. Llevaba tiempo apartándose de una vida social en la que ya no se sentía tan cómoda como antes.
Los psicólogos coinciden: los mayores de 60 cancelan planes porque sienten que ya no encajan
No hubo un día concreto en el que esta mujer decidiera dejar de salir. Tampoco rompió con sus amigos ni dejó de hablar con su familia. Fueron pequeñas renuncias pero que juntas le llevaron a pensar que tal vez tenía un problema. Había rechazado tantos planes que su calendario estaba cada vez más vacío. Y ocurrió algo bastante previsible: después de escuchar varios «no», los demás también comenzaron a invitarla menos.
El Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos recuerda que soledad y aislamiento social no son exactamente lo mismo. Una persona puede vivir sola y no sentirse sola. También puede ocurrir lo contrario: tener gente alrededor y echar en falta una conexión real con los demás. Por otro lado, la Organización Mundial de la Salud estima que aproximadamente una cuarta parte de las personas mayores se encuentra socialmente aislada. Detrás puede haber circunstancias muy diferentes. La jubilación cambia rutinas que se han mantenido durante décadas, algunas amistades se pierden y la muerte de personas cercanas también modifica inevitablemente el círculo social.
Sentirse fuera de lugar incluso estando con la familia
En el caso de esta mujer había algo más. En los últimos años había empezado a tener la impresión de que el mundo en el que siempre se había movido con facilidad funcionaba ahora con reglas distintas. Lo notaba en pequeños detalles, desde la manera de organizar los planes hasta conversaciones en las que aparecían referencias que no siempre comprendía. Lo vio con especial claridad durante la boda de una sobrina. Estaba sentada con su familia y nadie la trataba mal. La conversación era agradable, pero en algunos momentos no sabía muy bien cómo entrar en ella. Se sorprendió observando las reacciones de los demás para entender alguna broma o seguir el tono de lo que estaban contando.
Aquello le recordó a su juventud, cuando era tímida y podía sentirse incómoda en determinadas reuniones. Había una diferencia importante: ahora estaba entre su propia familia. También le molestaba sentirse identificada como la mayor del grupo. Un comentario hecho con buena intención o que alguien le explicara algo que los demás habían entendido inmediatamente bastaba para hacerla consciente de su edad. Durante muchos años había sido ella quien organizaba reuniones, proponía viajes y solucionaba problemas. No estaba acostumbrada a preguntarse si encajaba en un lugar.
La OMS advierte de que el edadismo puede afectar al bienestar de las personas mayores y a su participación social. No hace falta que exista un rechazo abierto. A veces son determinados estereotipos asociados a la edad los que terminan haciendo que alguien se perciba diferente dentro de un grupo.
Las personas que faltan también cambian los encuentros
Había además una cuestión que esta mujer tardó en relacionar con sus ganas de quedarse en casa. Algunas de las personas con las que había compartido años de cenas, celebraciones y reuniones habían muerto. Los encuentros continuaban, pero ella notaba las ausencias y salir significaba también encontrarse con esa parte de su vida que había cambiado.
La pérdida de familiares y amigos figura entre los factores que el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento relaciona con un mayor riesgo de soledad y aislamiento social en las personas mayores. A ello pueden sumarse la jubilación, una mudanza o simplemente la transformación de las rutinas.
Durante bastante tiempo, la mujer pensó que necesitaba descansar más que antes. Hasta que reparó en una diferencia. En otros momentos de su vida, quedarse un fin de semana en casa hacía que recuperara las ganas de salir. Ahora pasaba lo contrario. Cuanto más cancelaba, menos le apetecía aceptar el siguiente plan. Y no ha encontrado una solución inmediata ni pretende volver a vivir exactamente como años atrás. Lo que sí ha cambiado es que ya no llama cansancio a todo, sino que quedarse en casa sigue apeteciéndole muchas veces, pero ahora sabe que, en su caso, detrás de algunos de esos «no» también estaba el miedo a volver a un lugar y sentir que ya no pertenecía a él de la misma manera.
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