Raphael lleva ya tantos años de regreso que yo ya empiezo a sospechar que somos nosotros los que nos vamos a ir de verdad, en cualquier tarde de estas, para siempre. Y él ahí seguirá cantado, con su voz de furioso lujo, con su apoteosis de crío veteranísimo, con su traje de oscuro énfasis, que no se mueve de la fiesta de su propio poderío. No hace tanto, tuvo un susto de salud de los de verdad, y salió después un resucitado muy en forma, entre el repertorio y el atletismo, con un deneí donde pone Miguel Rafael Martos Sánchez. Pero Raphael es Raphael. Raphael es, en rigor, un villancico cuyo intérprete, de pronto, ha hecho un carrerón único. Pasan gobiernos y peinados, los matrimonios decaen, descaen las músicas, acaba una Navidad y la siguiente también acaba, pero ahí está siempre Raphael, cantando dentro de un traje oscuro, echando al aire sus temas imborrables, que son un karaoke infalible, y por tanto, la eternidad. Parece antiguo, sin haberse quedado viejo nunca. Ha brincado los ochenta años y sale al escenario con el ademán resuelto del que regresa un domingo al pueblo, después de triunfar atronadoramente, y cobrar el primer caché millonario. Decía un clásico que «hay que ser brillantemente monocorde», y esto prueba a encerrar a Raphael, al que no hay frase que pueda encerrarlo. Ahora hay una nueva serie que detalla su vida, pero antes hubo otras. Dice que no le concierne la nostalgia, porque no tiene tiempo. Hay un museo constante y en curso de la vida y obra de Raphael, pero con él en medio, que va a los estrenos dando el milagro de sentarse a contemplar su propia obra, entre amigos y periodistas. Ha resuelto en costumbre lo extraordinario. Cuando va de gira, que es siempre, o casi siempre, prepara el acontecimiento como un marine de la vocación.En esos días, se elige mudo, pone a descansar la voz, y luego sale a escena bajo un voltaje desmedido y nítido. No interpreta una canción, la estrangula. Aún se da la paliza jubilosa de tres horas de concierto. Hay mucho en él de superviviente sin naufragio, de enigma sin enigma, de triunfo de la rabia gozosa. Fue niño prodigio, gastó infancia en Linares, llegó desde la escuela del hambre al primer micrófono, y ahora le quieren Alaska, Ana Torroja, Miguel Bosé. No diría yo que Raphael ha perseguido ni poco ni mucho la modernidad, pero sí que la modernidad decidió un día ir a buscarle. Hasta en los excesos ha atado un estilismo, que incluye la voz ampulosa, la lámina de luto, el ademán de «aquí estoy yo», la teatralidad de artista contento que nos disimula su disgusto cuando ya va muriendo el concierto. Los imitadores, que son miles, juegan a exagerarle, obviamente, pero Raphael ya ha exagerado antes a Raphael y así no hay manera. Raphael es un clásico que aún anda por ahí, de gira. Este año, en la tele, le vuelven a fichar, por navidades, para que anuncie una vez más el turrón de su talento. El mismo es un tema cantado y lucido, para una glosa navideña en octubre, como ésta, y también resulta un canto de muchos temas, porque reúne repertorio para estar cantando distinto de aquí al verano próximo. En Madrid, tiene un chalet desperezado, pero ni así le caben todos los discos de oro, que no sé yo cuántos cientos son. Ahí, y fuera de ahí, Natalia Figueroa vigila que el mundo estorbe lo justo, o sea, poco, desde una mirada apacible y enterada sin la que la vida de Raphael sería otra. Tras tantas épocas, lo extraordinario de Raphael consiste en que ya Raphael nos parece normal. Se comenta cada año la canción del verano, y nadie habla de la canción del invierno. La canción del invierno es Raphael, que es así un Georgie Dann al contrario. Ha logrado algo que nunca estuvo en ningún contrato: que diciembre dure más de seis décadas con él dentro.
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