Parece que la huelga general convocada para el 11 de noviembre, sostiene uno de los epítomes del activismo mediático, no es contra el Gobierno (como es tradicional en una huelga general), ni contra la oposición (como afirma María Jesús Montero rediviva), sino «contra el posible gobierno venidero». En desprejuiciado ejercicio de periodismo prospectivo, este aficionado a los chistes de tragedias, en nombre de todos los que dentro de un mes se sumarán a ese paro, vaticina que lo harán en protesta por lo que pueda ocurrir y no ha ocurrido. Por si acaso. Es decir, les explico yo por si se han perdido en los intrincados vericuetos de tan virtuoso ejercicio de presciencia que el pueblo entero va a exigir que rinda cuentas un futuro ejecutivo (uno que todavía no se sabe ni si lo será) por lo que se presupone que hará, antes que el que lleva ocho años en ejercicio por todo lo que sí ha hecho. Damos por inventada, pues, la huelga augural. No me parece mal, ojo. Si en la antigua Roma tenían a sus augures para interpretar la voluntad de los dioses y, atentos al vuelo de las aves, a los rayos y a los truenos e, incluso, a la caprichosa manera de comer de sus pollos sagrados, podían determinar la aprobación divina de una batalla, una asamblea o la ubicación de un templo, no sé por qué no iba a tener el socialismo sus propios auspicios a medida y a sus ‘cheerleaders’ con micrófono descifrando señales. Así, una sanidad pública colapsada hoy no es más que una malísima futura gestión de las derechas que, como proclaman los asustaviejas con galones, solo quieren privatizarla en cuanto pisen moqueta. Un informe PISA desfavorable no debe ser leído en términos de consecuencia de las ideologizadas reformas aplicadas en educación en los últimos años por este Gobierno, sino por las inaceptables e involucionistas que aplicará el próximo, de producirse alternancia en el poder. ¿Y la crisis de la vivienda? ‘Auspicium oblativum’, no de que haya subido el precio del alquiler en un 50 por ciento desde que llegó el PSOE al poder, sino de lo muchísimo que subirá si no permanece. Ante tan vanguardista y posmoderna aportación a la política, descartada, por desfasada, aquella paparrucha de los cien días de gracia y sustituida por cien de inclemencia antes de empezar, me gustaría proponer que no nos detengamos ahí. Que tras las pioneras medidas de la oposición a la oposición y la huelga augural debería venir, qué menos, la cuestión de confianza preventiva. Así, no solo estaríamos ya protestando por lo que harán sino que reclamaríamos que sea evidente si, para entonces, conservará o no la confianza parlamentaria el futurible presidente, dadas sus nefastas políticas venideras. Y luego, por supuesto, la moción de censura oracular. Todo ello, por supuesto, antes del 29 de noviembre. Dimita, señor Feijóo.
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