Estamos a cuatro ratos de Black Friday , que es como adelantar los Reyes Magos a noviembre, con vestuario de entretiempo y la barba aún algo desprevenida. Hago ahora la glosa anticipada del Black Friday, alcalde, porque en las ocasiones del calendario todo va deprisa, y así tiene que proceder el cronista en forma y a la orden.Con esto del Black Friday no sabe uno si acelera los obsequios de la navidades próximas o bien aprovecha una resaca de las rebajas anteriores, que cayeron ayer o anteayer. A los americanos les hemos importado las brujas de Halloween, y ahora este western de rápido consumo festivo, este ‘music-hall’ de ofertas que pone a la ciudad en el estrés de subirse al escaparatismo con un cincuenta por ciento de rebaja. Yo voy viendo, en la vida moderna, que todo lo que se bautiza en inglés funciona.Con el Black Friday , el peatonaje se gusta en el alegrón de echarse a la calle, y parece el acontecimiento una acampada sin acampada del orgullo del saldo, seguramente porque lo es. El Black Friday es un éxito, alcalde, y encima nos pilla de vísperas de elecciones, con lo que vamos a concedernos un rato de contento, a bordo de tarjeta visa, hasta el días sonadísimo de las urnas. Es un éxito, o exitazo, sí.Yo de eso deduzco dos cosas. Cosa A. Que el tendero de toda la santa vida lo tiene difícil, porque compramos en los polígonos del lujo. Y cosa B. Que los precios son más bien un guateque, porque no veo yo, si no, cómo vamos a dejar en la mitad el precio de un corpiño de oro o de una lavadora que es un cohete. Los pequeños comercios, esos que conocen bien el paño justo de barrio, no sé yo si estarán muy contentos, porque igual van a empezar un largo otoño duro que dura más allá del otoño. Resulta que el lujo puede permitirse el lujo de abaratarse. Lo que no es el lujo ya es asunto más difícil. En cualquier caso, vamos a darle inauguración a las rebajas de enero, pero a finales de noviembre. Durante un viernes loco y un sábado despistado.
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