De custodiar los avales de Pedro Sánchez a custodiar una condena de casi veinte años. Hay viajes políticos que terminan en La Moncloa y otros que acaban en Soto del Real.
Hay hombres que pasan por la política sin dejar huella. Otros dejan una fotografía. Y luego está Koldo García, que ha conseguido algo mucho más difícil: dejar una condena de diecinueve años y ocho meses, un rastro judicial de dimensiones considerables y la sensación de que en el PSOE de Pedro Sánchez había personas cuya principal virtud curricular consistía en no perder nunca de vista al jefe.
Koldo no llegó a la política por la puerta grande. Ni por la academia, ni por la tribuna parlamentaria, ni por una brillante trayectoria intelectual. Su especialidad era otra: estar. Estar cerca. Estar disponible. Estar cuando había que acompañar, conducir, guardar avales o resolver aquello que no siempre convenía explicar demasiado.
Un hombre de confianza. Esa expresión tan española que, cuando se pronuncia en determinados despachos, debería activar automáticamente una inspección de Hacienda y una visita de la UCO.
Su historia tiene algo de novela picaresca, aunque con una diferencia sustancial: aquí el pícaro no termina pidiendo limosna a la puerta de una iglesia, sino sentado en el entorno de un ministro, con acceso a los pasillos del poder y una agenda que parecía tener más puertas abiertas que el propio Consejo de Ministros.
El principio de todo tiene una imagen que ya pertenece al álbum de la política española: un Peugeot recorriendo España durante las primarias socialistas de 2017. Dentro viajaban Pedro Sánchez, José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Koldo García. Cuatro hombres y una ambición: el poder. Sánchez había sido apartado de la Secretaría General y necesitaba reconstruir su poder desde abajo. Aquella expedición tenía algo de road movie, de campaña romántica (del amor que ha dicho ahora), de aventura política contra el aparato del partido.
Pero llegó la pandemia. España estaba encerrada. Los hospitales necesitaban material. Los sanitarios trabajaban bajo una presión insoportable. Las mascarillas eran un bien imprescindible y el país vivía una de las mayores tragedias de su historia reciente.
El Tribunal Supremo ha condenado a Koldo García a diecinueve años y ocho meses de prisión y a José Luis Ábalos a veinticuatro años y tres meses por los delitos de organización criminal, cohecho, malversación y tráfico de influencias, en una trama de corrupción vinculada a las adjudicaciones de mascarillas durante la pandemia y a otras actuaciones examinadas en la causa.. El tribunal consideró probado que actuaron de manera coordinada para obtener beneficios aprovechando el poder institucional.
La sentencia describe pagos mensuales, comisiones, contratos públicos y una maquinaria de relaciones en la que el interés general parecía haber quedado relegado a la categoría de figurante.
Y, con todo este arsenal de hechos probados para el tribunal, Koldo también ha decidido ajustar cuentas con la prensa. Su última ocurrencia es arremeter contra OKDIARIO y contra su director, Eduardo Inda, como si el problema de su vida no fueran los tribunales, ciertas comisiones y los casi veinte años de cárcel que le han impuesto, sino los periodistas que cuentan sus andanzas. Hay que tener una cara verdaderamente blindada para pretender dar lecciones de periodismo desde una celda y señalar al mensajero cuando uno se ha convertido en protagonista de la información judicial.
Koldo confunde la libertad de expresión con el derecho a que nadie le estropee el relato, y la crítica periodística con una conspiración contra su persona. Quizá añora los tiempos en que bastaba una llamada para que alguien se pusiera a sus órdenes. Pero la prensa no es un departamento del Ministerio de Transportes, Inda no es uno de sus subordinados y una redacción no es el Peugeot de las primarias: aquí no se reparten puestos, no se colocan amigos y, sobre todo, no se conduce al periodista adonde quiere el pasajero. Que empiece por explicar sus propios asuntos antes de intentar desacreditar a quienes los cuentan.
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