A las 4 horas, 6 minutos y 49 segundos del inicio de la comparecencia de Óscar Puente en el Congreso, el todavía ministro de Transportes cogió la carpeta roja a su izquierda, apartó su teléfono móvil, bebió agua (tres veces), la abrió y comenzó a presentar una dimisión. Una renuncia que Pedro Sánchez no conocía hasta minutos antes. Mi convicción de que esto es así no se fundamenta -obviamente- en la palabra del ministro más esperpéntico del Gobierno, propagador de odio y trol de periodistas. Mi convicción se fundamenta en los hechos. Puente filtró el mensaje enviado a Sánchez y la respuesta de este implorándole «no lo hagas, por favor». Me lo confirmaron, bajo la promesa de no revelarlo, horas antes de su publicación. La fuente era la misma que una semana antes, el jueves 29 de octubre, me anticipó que el ministro presentaría su dimisión «el martes que viene, después de la comparecencia».En el contexto de engaño masivo que vivimos en el que Moncloa y el propio ministerio negaban con rotundidad la dimisión de Puente, deberíamos retomar todos los periodistas esa máxima de fiarnos solo de las fuentes que no mienten. Lo contrario es dejarnos arrastrar a operaciones de propaganda. Y para este Gobierno, negar la realidad de los indultos, la amnistía, el pacto con Podemos, con Bildu y, por supuesto, el adelanto electoral de un Sánchez que llegaría a 2027, se ha convertido en un vicio.Esa fuente fiable que anticipaba la dimisión de Puente una semana antes fue la misma que hace ya dos semanas me hablaba de un Óscar Puente «jodido» en un contexto nuevo en clave interna. Acababan de cerrarse las listas electorales para el 29N, Margarita Robles había sido colocada como número dos en la lista por Madrid, pese a su desautorización en Ceuta y tras el rechazo de la vicepresidenta Sara Aagesen, quien no quiere afiliarse al PSOE, y en esa renuncia a ser militante se sitúa también el vicepresidente Carlos Cuerpo, con quien Sánchez quiso dejar clara su sintonía en un vídeo de campaña en el que aparecían juntos corriendo al ritmo de la marcha de la economía. «Todavía nos quedan carreras», le decía con una sonrisa.Gestos que se miden al milímetro en el quirófano electoral de Moncloa y que se produjeron mientras Óscar Puente percibía un progresivo distanciamiento con ‘el jefe’, quien si bien aplaudía sus excesos para disparar la polarización e insuflar moral a la tropa, le apartaba cada vez más de su puesto de mando, donde Robles, Aagesen y Cuerpo son los hombres que caminan junto al presidente.El punto de inflexión fue la entrevista en clave sucesoria que protagonizó en septiembre, donde anunció que, llegado el momento, no sería de «los que pasan en balón». Moncloa no se lo hizo saber, pero tomó nota. «Ni él sabe quién será el sucesor», se limitaron a decir. Ya entonces se había tomado la decisión de que Óscar Puente no estaba en condiciones de tomar el relevo. El ministro de Transportes no tardó en darse cuenta de que esas cosas no se comunican, pero se hacen saber. El alejamiento progresivo derivó en una sensación de injusticia por sentirse utilizado para un papel de «animador del sanchismo» que suele arrastrar en su caída a sus principales escuderos.Cuando Puente comenzó a leer la carpeta roja en el Congreso, desveló que tomó la decisión el día del accidente de Urda. Sánchez lo rechazó por el temor a que, a las puertas de la campaña, se despeñara «el flanco de la izquierda» del PSOE, pero su ministro intentó convencerle de lo contrario: la dignidad de dimitir en política. No lo consiguió y, sospechando que le utilizaría como cortafuegos para la comparecencia en el Congreso, se guardó el secreto una semana. Mientras estaba leyendo el contenido de su escrito, que solo conocían dos personas de su equipo, Pedro Sánchez le llamó, pero Puente no respondió. A las 4 horas, 9 minutos y 50 segundos se tapó con los dedos el reloj inteligente cuya pantalla se encendía con diferentes mensajes, supuestamente del presidente.Es extremadamente relevante que sus últimas palabras fueran para la militancia del partido: «A los militantes del partido socialista, la gente más humilde, más grande y más generosa que yo he conocido. Les animo a estar unidos y orgullosos. No les voy a decir que no se rindan porque sé que los militantes del PSOE no se rinden nunca. Les animo a estar orgullosos de lo conseguido, de nuestro pasado y de lo que queda por alcanzar». En el PSOE castellano y leonés deslizan que Óscar Puente está organizando un acto a puerta cerrada con los militantes de su agrupación en Valladolid. No parece que el ya exministro vaya a ser un reclamo electoral, pero quizás está empezando a poner la primera piedra de otra campaña, la que podría iniciarse después del 29N. Poco importa que «esté achicharrado» para los 100.000 enfervorizados militantes que apenas tiene ya una organización en la que Puente genera pasiones.Quizás por eso no abandona los órganos del partido que serán claves en el post sanchismo. Como él mismo dijo, Puente no es de los que pasan el balón, sino de los que van por libre y tiran al triple. Y el hecho de ‘puentear’ a Pedro Sánchez es clave en una organización cuyo mantra es que «el PSOE no se hereda, sino que se conquista». Y ello exige siempre una ruptura previa, aunque el presidente aproveche la coyuntura para volver a hacer de la necesidad un vicio.
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