No ha amanecido todavía, pero el camarero del bar del pueblo ya no da abasto. Enlaza café tras café. Tostada tras tostada. El local está lleno. Dentro, desayunan. Fuera, apuran el primer -o el segundo- cigarro de la mañana. En la puerta, se acumulan todoterrenos con las puertas abiertas. Hay confianza. Es el ritual de siempre, el de tantas veces. El último paso antes de «echar el día». Porque, como todo buen cazador sabe -eso dicen-, las monterías empiezan mucho antes del primer disparo y terminan después del último. Antes, durante y después, todo se resume en pasión, eso que, como bien plasmó Juan José Campanella en ‘El secreto de sus ojos’, ningún hombre o mujer puede cambiar en su vida. Puede cambiarlo todo, pero no puede cambiar de pasión. Y esa pasión es la que explica la imagen del bar, que podría ser la de cualquier pueblo extremeño un día de montería.Es difícil, de hecho, escapar de la caza en una región donde el 82% del territorio -más de tres millones de hectáreas- tiene aprovechamiento cinegético y existen más de 3.200 cotos de caza. Por eso, precisamente, el sector cinegético va más allá de la propia caza en sí misma. Mueve bares, restaurantes, casas rurales, talleres, veterinarios, armerías, carnicerías, transportistas o industrias cárnicas. En 2024, l legó a generar 7,5 millones de euros en impuestos directos para las arcas autonómicas. A nivel nacional, aporta más de 10.000 millones de euros al PIB nacional y mantiene cerca de 200.000 empleos, la mayoría en el medio rural. José María Gallardo es el presidente de la Federación Extremeña de Caza (Fedexcaza). Un hombre archiconocido en la región. Él insiste en repetir que, efectivamente, «la caza va mucho más allá del cazador». Y no es una sensación. Es una realidad plasmada en hechos. Por ejemplo, mientras buena parte del turismo extremeño concentra sus visitas en primavera, las monterías llenan alojamientos, restaurantes y bares entre noviembre y febrero. «La caza desestacionaliza el turismo», dice Gallardo. Sobre todo, porque ese flujo no se queda en Extremadura, como es evidente. Miles de aficionados pisan monte extremeño cada año, procedentes de comunidades vecinas, del resto de España e incluso de otros países.Un día de caza en los montes extremeños. ABCY, quizás, lo más importante es que también están los que vuelven. «Muchos extremeños que viven en Madrid, en Sevilla o en cualquier otra parte vuelven a su pueblo gracias a la caza », asegura el presidente. Hijos y nietos de emigrantes encuentran en la temporada cinegética un motivo para regresar a sus raíces, mantener la casa del pueblo abierta y, de alguna manera, seguir vinculados al municipio del que salieron hace años o incluso décadas. La caza arraigaTanto los que vuelven como los que deciden quedarse en su municipio tienen algo en común. Según el último informe elaborado por Deloitte, uno de los principales motivos que esgrimen los cazadores para permanecer en sus pueblos es seguir disfrutando del coto de caza que tienen cerca de casa. Son estadísticas que tienen nombre y apellidos. Por ejemplo, el de María de Pascual. Ella es una mujer joven, fue presidenta de la Asociación de Jóvenes Cazadores Extremeños (Jocaex) y cuenta que nunca se planteó dejar el pueblo: «La caza tiene suficiente peso como para que yo me quede a vivir aquí». Ella es natural del municipio cacereño de Valencia de Alcántara, de unos 5.000 habitantes, y asegura que siempre que ha buscado trabajo ha sido en su localidad o cerca. Tiene claro que no se marchará.Su perfil encaja bien con otra tendencia que reflejan los datos. En el último año registrado, Fedexcaza marcó un nuevo récord de incorporaciones a la actividad cinegética, con más de mil nuevos alumnos formados en la Escuela de Caza. De ellos, entre el 18% y el 20% son mujeres. Un dato impensable hace apenas unos años: «Cada vez somos más chicas las que llevamos a nuestras amigas a las jornadas de caza», cuenta María. Para ella, la incorporación femenina no responde a una mera cuestión de búsqueda de igualdad, sino de normalización. Todos, hombres y mujeres, tienen algo en común: «El pueblo».Cierto es que los jóvenes cazadores lo tienen más fácil en Extremadura que en otras regiones: «Si naces cazador aquí tienes mucha suerte, la tierra está llena de cotos y puedes cazar cerca del pueblo, estés donde estés». Esa realidad, cree, ayuda a fijar población. No solo porque algunos decidan quedarse a vivir, sino porque cada jornada cinegética multiplica la actividad económica de las localidades donde se celebra: «Las monterías traen a gente para dormir, comer, comprar y hacer turismo».Momentos de una jornada de caza FedexcazaEl filón de la carne de cazaEn la comarca cacereña del Campo Arañuelo, que tan de actualidad está por la situación de la central nuclear de Almaraz, se ubica Navalmoral de la Mata. Es un punto importante. Allí, Álvaro Solís lleva tiempo demostrando que la caza también debe estar en el plato. Su familia dirige el restaurante Los Claveles, uno de los establecimientos pioneros de la región en convertir la carne de caza en el eje de su cocina. Lo que hace años era una apuesta casi exclusiva hoy comienza a extenderse a otros restaurantes, aunque todavía considera que queda mucho camino por recorrer. «Hay gente que todavía tiene reparo a probarla. Más que no querer, es falta de información», lamenta.Admite que, a veces, juega con el factor sorpresa. Recuerda cómo ha servido a clientes que rechazaban de entrada cualquier plato de caza un lomo de ciervo a la plancha o un solomillo de jabalí: «Lo prueban, les encanta y lo primero que preguntan es si es ternera. Cuando les dices que es ciervo, se sorprenden y entienden que la carne de caza no es lo que imaginaban». Existe una red en torno a la caza que alimenta a otros sectoresSolís, como los demás, también insiste en que el verdadero impacto de la caza va más allá, también, de la gastronomía: «Quien viene un fin de semana de montería tiene que dormir, desayunar, comer, cenar, echar gasolina, comprar hielo… Todo eso genera riqueza». Los estudios cinegéticos confirman que existe una red en torno a la caza que alimenta a otros numerosos sectores. Un ejemplo: «Aquí, a diez minutos de Navalmoral, tenemos una de las industrias de transformación de carne de caza más importantes de España. En temporada, puede generar entre 500 y 600 empleos directos. Son cientos de familias que viven de ello».Las fincas, labor de todo un añoEn incontables pueblos extremeños se repite un patrón. Quizás es exagerado decir que pueblos enteros viven de la caza, pero sí sobreviven gracias a ella. Grandes fortunas han comprado fincas en Extremadura. El jeque del Manchester City, por ejemplo, compró 8.000 hectáreas en Valencia de las Torres, un municipio de menos de 500 habitantes. Son fincas que se compran por el interés de sus dueños en la caza. Y ese interés se transforma luego en puestos de trabajo, como bien explica Solís: «Una finca de caza hay que mantenerla todo el año. Hay que limpiar caminos, arreglar cortaderos, cuidar los animales, mantener maquinaria, contratar guardias. Son muchísimos sectores relacionados». En la Campiña Sur de Badajoz, Valverde de Llerena, también de unos 500 habitantes, sobrevive gracias a la caza. Una de las familias más pudientes de España tiene allí grandes terrenos. El interés es la caza, pero da trabajo a muchos vecinos del pueblo que la mantienen. Otra forma de sobrevivir gracias a la caza se da en Carrascalejo, que es, en sí mismo, un símbolo de la caza extremeña. Javier Ocampos es el presidente de la Sociedad Local de Cazadores Risco del Prado. No cree que el municipio «viva» de la caza, pero sí admite que es un «complemento muy importante» para la economía de muchas familias.Ocampos pone el foco en cómo la caza consigue, en los pueblos, sostener sectores en épocas del año donde reducen su actividad, ayudando a mantener pequeños negocios abiertos todo el año. Sin la caza, quizás, no existirían. Además, él habla del relevo generacional y la fuerza de los nuevos cazadores: «Tenemos un gran número de jóvenes que comparte la afición». Cuando se le pregunta qué sería Extremadura sin la actividad cinegética, no puede ser más claro: «Seríamos una tierra abandonada. Una comunidad fantasma».Es una imagen compartida, aunque con matices, por el resto. Ninguno llega a decir que la caza sea el único sustento de los pueblos, pero sí coinciden en defender que, sin ella, sería difícil lograr un equilibrio que ya de por sí es frágil en una región como Extremadura. «No desaparecerían los pueblos, pero estarían mucho peor», dice José María Gallardo. Quizás ahí está el valor, el impacto real de la caza en la comunidad. No tanto en las más de tres millones de hectáreas cinegéticas, ni en los más de 7 millones de euros que recauda en impuestos autonómicos, sino en el camarero, que, en meses de frío, hace en una jornada de montería la caja del resto de la semana. Ese camarero. Ese bar. Ese café y el cigarro de la mañana antes de montar al coche. Ese pueblo del que no se van. Ese pueblo al que regresan. Todo eso es vida. Y también es caza.
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