Tío Emilio se casó con tía María, 20 años mayor que él. En el pueblo todos dijeron que era un braguetazo. Ella era rica y anticuada, poco amable, menuda, iba ya a los 50 un poco torcida, pero a la vez tenía el vigor y la mala leche de los pequeñitos. Mediaban los años sesenta. Kennedy había sido asesinado pero los Beatles nos habían tomado de la mano.Tío Emilio era el aspirante a intelectual del pueblo y daba un discurso sobre cualquier asunto. Oportunista, fantasmón. Mandaba cartas al director de ‘La Vanguardia’ y a veces se las publicaban y entonces él se pavoneaba como si hubiera ganado el Cavia. Jugaba al tenis para hacerse el inglés y era un gran partidario de los Estados Unidos, del ingreso de España en la OTAN y de Franco decía que tenía cosas buenas y malas, pero se consideraba de los que había ganado la guerra.El matrimonio no tuvo hijos por la edad de la tía María. Ambos habían dicho siempre –hasta el día del funeral del médico del pueblo– que su heredero sería mi padre, el hijo de la hermana menor de Emilio.Mi padre y un primo se juntaban en verano para idear las más rebuscadas gamberradas. Las preparaban con la minuciosidad del artista. Un verano fueron a Tremp y se hicieron imprimir unas esquelas con el nombre de ambos, y las mandaron por correo a todo el pueblo el día antes de irse de excursión a Francia. Ellos no estaban en casa cuando vecinos, amigos y familiares empezaron a llamar a sus padres para darles el pésame.Pero el gran drama llegó el día del sepelio del médico. Tío Emilio llevaba meses algo apagado, decaído, triste. Mi padre y su primo no tenían nada contra él, pero era un cierto deporte del pueblo meterse con su esposa, que hacía y decía cosas que a todos nos parecían grotescas, como cuando a los 80 años tomó clases de francés y luego los domingos en el hotel Pessets hablaba a los camareros en este idioma.Y el día solemne del funeral se presentaron a la salida de la iglesia con dos putones que habían conocido en Gerri de la Sal al grito de: «Emilio, tú no estás deprimido. Tú lo que tienes que hacer es cambiar una de 70 por dos de 35». Y abriéndose paso entre los congregados, mi padre y su primo avanzaron hasta donde el tío estaba para ofrecerle a las muchachas, que pese al estupor general se prestaron al juego y abrazaron al pobre Emilio y le dieron dos besos a la vez, uno por mejilla.La tieta Paquita –la cuñada socarrona de Emilio y mi tía preferida– rompió el silencio con una carcajada y enseguida bajó la cabeza y se tapó la cara para que nadie viera que lloraba de la risa. Tío Emilio quedó petrificado entre las dos chicas que no paraban de acariciarle las mejillas y la calva. Y la tía María se fue directa a sacudir a mi padre con el bolso negro de los entierros y le gritaba: «No verás ni un duro de mi herencia».Mi abuela castigó a mi padre mandándolo a un internado de Viella y tío Emilio murió antes que tía María, que empezó a hablar en francés todo el día pero sin saber muy bien lo que decía. Cuando al cabo de tres o cuatro años María falleció, su notario, que era muy amigo de mi abuela y le debía algunos favores inconfesables, dijo que aunque efectivamente había cambiado su testamento y se lo dejaba todo a la Iglesia, nunca lo firmó y por lo tanto continuaba siendo válido el que nombraba heredero a mi padre. Las fulanas de Gerri fundaron una picantona compañía teatral y mi padre y su primo fueron sus representantes. Con parte de la herencia de la tía María, les abrieron una mercería para cuando quisieran retirarse.
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