Para curar la turismofobia no hay nada como echar de menos a los turistas. Qué maravilla poder estar sola en las murallas de Ceuta, en la plaza de los Reyes, viendo el foso y, a lo lejos, el Monte Hacho. Qué maravilla y qué pena . Si usted es de los que van de viajero y no turista, de querer tener tiempo para hablar con los locales, de ir a un destino no masificado, no «charca», vaya usted a Ceuta estos días , sabiendo, además, que la experiencia comienza antes, cogiendo un ferry en Algeciras. Somos de coleccionar trayectos en ferry por destinos exóticos cuando tenemos una travesía de costa a costa española, dos continentes, de paisaje espectacular e historia muy rica, de fenicios a petroleros, de piratas a los narcos de hoy. Las torres de Hércules, el Non Plus Ultra que los españoles derribamos con América, vistas desde los asientos cómodos, bajitos y en círculo de la proa, al lado de la cafetería del barco. El precio del ferry es un inconveniente porque estamos hechos ya a las tarifas low cost a Londres, a la bajada de la alta velocidad, nos estamos tragando la inflación y 77 euros ida y vuelta no es una tarifa de bolsillo familiar. Pero seguro que a los expertos del Gobierno, con la cantidad de millones que están aprobando de ayuda a Ceuta, se les ha ocurrido subvencionar los billetes de ferry para que podamos invadir Ceuta de turistas.Ahora mismo, hay miles de marroquíes paseándose por la ciudad , sin techo, sin planes, en chanclas, sin muda para su mudanza fustrada. Debería haber miles de españoles haciendo el turismo nacional más exótico, cambiando de continente en un día, sin salir del país y que fuéramos más que ellos. Seguro que se alegra Ana, que nos enseña la ciudad a tres, al cumplirse el mes del asalto. Qué contenta estaba en julio, batiendo récords de tours. Ahora se teme que se vaya a dar de baja de autónoma. Le queda el trabajo de traductora en comisaría, documentando a los que llegaron en masa hace un mes, esa avalancha humana que cambió el paso a una ciudad que no acaba de recuperarlo. Pero ni ella ni nadie quiere acostumbrarse a esa economía nueva de gestión de «los invasores», como llaman de corrillo a esa masa de más de 70.000 personas que entraron hace un mes. Como gritan en las manifestaciones, «Ceuta no es un CETI». No quieren ser una ciudad entera de acogida temporal de inmigrantes. Una rutina de 13.000 inmigrantesPorque los 13.000 que se han quedado ya son rutina y eso es justo lo que no querían. Que se consolidara el campamento de la playa del Trampolín, sus barberos, sus duchas colectivas, sus chamizos, sus pachangas, su basura y su ONG alemana haciéndoles el favor de cargarles los móviles. Las escasas mujeres. Interesante estos días para verlo por uno mismo. Que no se lo cuenten las redes.Escenas que se están viviendo estos días en Ceuta: unos militares custodian un centro comercial, una ONG que ayuda a los llegados a cargar sus móviles o uno que aprovecha el retrovisor de un coche para lavarse los dientes EFE y EPLas ruta comienza saliendo del puerto a mano derecha. Ya verá a parejas de militares custodiando supermercados , como el primer Superdiplo. No es normalidad. Cerca, si tiene usted cierta sensibilidad por el arte, se puede encontrar con un mural precioso en el edificio del Instituto Social de la Marina, con la firma de Julián y Lola Gil, ese matrimonio que colocó arte de vanguardia en los pueblos de colonización de Franco. Un mural lleno de peces. «Caballas», como se autodenominan los ceutíes, con un orgullo creciente estos días en los que, al menos, en el resto de España hemos aprendido que tienen una bandera blanca y negra. Pero la realidad, como toda, es más de grises, por eso, por respeto, es imposible ser tajante, hacerse la experta, sin vivir allí. «Es que vienen periodistas, llevan una semana, y nos vienen a contar a nosotros qué pasa aquí», explica Ana. Y ese «qué pasa allí» da para muchos enfoques y vistas. Vistas, por ejemplo, la del barbero que, en la orilla, afeita a uno de los inmigrantes en la playa, el Estrecho de fondo, con sus petroleros en un paso más amable que Ormuz. Vistas arriba, en el Tarajal, con las cientos de chabolas con neumáticos en los techos —de dónde habrán salido tantos—. Llegaron en flotadores negros, miles de ellos, ¿quién los vendió? Sobreviven ahora en chabolas con los techos fijos con esas ruedas. Un inmigrante corta al pelo a otro en Ceuta EFEPero vistas también las del Casinillo de la Legión, debajo del museo de la leyenda «Legionarios a morir», en el centro, unas escaleras que dan al mar de un azul claro subido a una terraza con árboles de los que cuelgan bombillas, repleta de familias locales, platos saliendo con croquetas y frituras, sardinas asadas, tomate aliñado, a unos precios estupendos para las tarjetas acostumbradas a datáfonos peninsulares. Un escenario de verano mediterráneo, aceite, tinto de verano y cervezas frías, tan perfecto que pareciera diseñado por IA, la misma que ha hecho la canción de ‘Flores pa tu pelo’, que suena desde un altavoz con bluetooth en lo alto de la silla, esos pequeños electrodomésticos que, hace décadas, se compraban en los bazares indios de Ceuta, desaparecidos ya. El Casinillo está encima de otra playa, La Rivera, de orilla de mar plato y transparente, con familias, ahí sí, disfrutando de un sábado de despedida de un agosto que ninguno olvidará. Abuelos ayudando a subir los primeros escalones a nietos, otros que daban la noticia del peso de una recién llegada ese día en un parto esperado. Un agosto que prometía mucho en julioUn agosto que prometía mucho en julio, nos cuenta Ana. Con fechas bloqueadas en el calendario para explicar Ceuta a cientos de visitantes. Con ganas de una feria que acabó anulada. Un julio caluroso en el que había colas para pedir en la hamburguesería de Nabil, carretera de Benítez, Julio, ese comandante con un busto en el Parque de Málaga, caído en la batalla de Igueriben, excombatiente en Cuba. Y hay quien dice que esto de Ceuta huele a desastre del 98. «Esto es distinto. Esto es una invasión y, encima, cuando hay manifestaciones de protesta los hay que miran y se ríen» Nabil Propietario de una hamburguesería en CeutaEn la hamburguesería de Nabil huele estupendamente a la una. La flota de motillos está lista para los repartos a domicilio y él da órdenes indistintamente en árabe y en español. Enfrente, la playa está vacía, lo mismo que el parque infantil del paseo marítimo. Allí no hay nadie acampado, las chozas comienzan después de la desaladora, pero no se fían de la calidad de unas aguas tan cercanas a una ciudad ambulante sin saneamiento ni quieren estar en un paseo marítimo de trasiego continuo de los llegados el 30 de julio. Por allí es por donde ha pasado alguna manifestación que ha acabado mal, primero por el incendio de alguna choza y, luego, por el lanzamiento por parte de los inmigrantes de artefactos explosivos. En la tertulia improvisada en la terraza de Nabil se explican: «Es que no han sido listos. Nosotros somos solidarios. Llevamos décadas con el CETI y con los asaltos a la valla. Pero si hasta iban a la feria desde allí, con la condición de estar de vuelta a las dos. Pero esto es distinto. Esto es una invasión y, encima, cuando hay manifestaciones de protesta los hay que miran y se ríen». También hay referencias a Perejil, «cuando demostramos a Marruecos que con España no se juega». No hay apenas negros en esa playa. Los pocos que hay por allí están pegados al muro de la desaladora, buscando sombra. Los han metido a todos juntos en el CETI y, como no caben, los hay acampados en la acera. No se habla casi de lo poco que soportan los marroquíes a los negros -¿racismo?- y, en Ceuta, se ve perfectamente que no se mezclan. Sólo se ve a un negro en El Trampolín, donde hay duchas colectivas, baños con colas y alguno que se va monte arriba a hacer sus necesidades. Cae el sol a plomo cuando llega un vehículo militar que saca a un inmigrante de debajo de una carpa enorme que han convertido en un poblado. Por qué ese en concreto no se sabe. Le interrogan pegados a un contenedor. Llega otro vehículo y otro más de la Guardia Civil y dos soldados hablan con los que se han quedado en el chambao. A veces, a gritos y con intérprete. Un poco más allá hay otra cola. Luego nos enteramos de que es de una ONG alemana que les carga los móviles. «Ceuta será la tumba de Sánchez»Ayudar o no hacerlo es un dilema que muchos en Ceuta han dejado de tener. « Cerramos todo los primeros dos días para que no pudieran comprar nada, para que se volvieran», explica una ceutí. Y se consiguió en parte. Pero quedan estos 13.000. Vagando con bolsas de supermercado, chanclas, camisetas de fútbol patrocinadas por Fly Emirates, paseando sin que se les vea temerosos. Nabil, en su hamburguesería, dice que lo hacen «como si se hubieran creído a su ministro, que esto es suyo». Él, militar, ceutí, musulmán, bilingüe en español y árabe, empresario, dice que está dispuesto a dar su vida por «los caballas». Y advierte que «Ceuta será la tumba de Pedro Sánchez».Monte arriba y monte abajo, entre esas barriadas con las aceras cuajadas de chabolas, donde los vecinos dieron de comer pero, nos contará luego un camarero, se cansaron «cuando les mearon y cagaron en la puerta», hay una loma con tumbas que miran a La Meca, al mar donde se dejaron la vida muchos. Identificados, rechazados por Marruecos sus cadáveres. Ese país que, ahora, todos dan por seguro que tendrá que recoger de vuelta a los adultos de su nacionalidad. A la vez, ya se habla de que preparan otro asalto para el 23. Marruecos, que acabó con el comercio informal de las porteadoras y hundió esas naves de polígono por las que ahora vagan miles de personas. Los ceutíes necesitan que se les visite, se les escuche y que los españoles conozcamos la historia de una ciudad tan española como Cádiz , con sus mismos restos fenicios, romanos, musulmanes, cristianos y su épica contra los asedios. Con su Semana Santa, sus carnavales, su feria, este año cancelada. Necesitan turismo masivo, ese otro tipo de invasión de la que tantos se quejan. Que Ana explique cómo se soportaron tres décadas de asedio que acabaron con la muerte del sultán, allí, al lado de una muralla portuguesa, apuntalada por siglos de historia de España. Poder contemplar la escultura de las cuatro culturas de Elena Laverón, símbolo de la convivencia entre cristianos, musulmanes, judíos e hindúes. A punto de ebullición ahora. Que gastemos allí, que nuestro dinero llegará antes y sin contrapartidas, no como las ayudas del Gobierno.
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