Pide el pirómano que no se prenda el fuego. Que no se azuce la llama. Que no se eche más leña por si vira el viento, lo único que no controla, y acaba quemando allí donde no le interesa.Cerilla en mano, busca el pirómano a quien culpar de sus propios desmanes. Y ese culpable, qué casualidad, nunca está al otro lado de la valla, en el país vecino, allí de donde vinieron los asaltantes. Basta mirar esa fila india de ministros rindiendo vergonzante pleitesía a la real babucha para entender hasta qué punto el incendiario necesita un culpable que no sea quien pudo evitar que prendiera el fuego. Por eso es el primero genuflexo ante el trote de Mohamed VI .El pirómano aventa el fuego donde él se siente cómodo, aquel en el que percibe abyecta ventaja política: el de los fascistas, los radicales, la ultraderecha, PP, Vox y hasta el Rey que tanto le molesta. No respeta ni a los ceutíes, a quienes trata como a un rebaño bobalicón al que manejan los fachas venidos de la Península. Como si los caballas necesitaran palmeros para cagarse en los muertos de quienes han ocupado su ciudad. Como si necesitaran consignas, partidos o estrategas de Génova para saber lo que tienen delante de sus narices. Y mientras tanto, ninguno de los ministros al servicio del Nerón monclovita ha pedido perdón a Ceuta y cienes a Rabat Por eso ahora el fuego está exactamente donde Sánchez quiere que esté: allí donde puede mostrarse como el moderado que planta cara al radicalismo, se rebrinca ante el Monarca y vocea la crisis humanitaria mientras niega la crisis vecinal de la que es el máximo responsable, Esa es su zona de confort, una en la que juzga a los demás por actos que inflama él.Afilan ya las plumas sus escribas para llamarnos fachas a todos los que entendemos que en El Trampolín se haya reventado la goma porque cuando el Estado inoperante, inútil y superado deja de defender a sus ciudadanos, llega un momento en que son los ciudadanos quienes escogen la peor de las decisiones: tomarse la justicia por su mano.Y cuando eso ocurre crece precisamente aquello que Sánchez lleva todo su mandato alentando: el radicalismo, la fractura, el enfrentamiento entre españoles, la sospecha permanente de que el vecino es el enemigo y de que quien reclama protección es un fascista. Por eso Pedro Sánchez es un pirómano que prende el bosque, contempla las llamas y después se indigna porque alguien ha abierto una ventana. Ceuta arde hoy pero mañana será Cataluña o el País Vasco. O cualquier otro lugar donde el Estado vuelva a llegar tarde, mal y con la mano extendida hacia el culpable equivocado, señalando a la víctima mientras arropa al verdugo. Y Sánchez reirá desde el estrado, se victimizará en un TikTok, ensayará sus caras de padre azorado y peregrinará por sus medios de cabecera para recordarnos que, aunque sea tarde y todavía no haya comido, él está bien porque sujeta fuerte la manguera. En realidad, un lanzallamas.
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