Icíar Aragón, conocida cariñosamente como Ichi, ha decidido poner palabras a uno de los momentos más complicados de su vida. La hija mayor de Emilio Aragón y Aruca Fernández-Vega se ha sincerado sobre la depresión que sufrió durante los últimos años y que, según ha explicado, llegó a paralizar por completo su día a día. Lo ha hecho en el pódcast Somos Estupendas, donde ha relatado con una enorme honestidad cómo comenzó a encontrarse mal y, sobre todo, lo difícil que le resultó aceptar que necesitaba ayuda.
Su historia comenzó con una contradicción que ella misma tardó en comprender. Ichi tenía una familia a la que considera maravillosa, tres hijos, amigos, un trabajo que le gustaba y una vida que, desde fuera, podía parecer plenamente satisfactoria. Precisamente por eso le costaba entender lo que estaba ocurriendo. «¿Por qué yo tengo depresión si tengo una familia estupenda, tengo un trabajo que me gusta, mis amigos?», se preguntaba entonces. La respuesta, sin embargo, no estaba en todo aquello que tenía, sino en cómo se encontraba ella por dentro.
Ver esta publicación en Instagram
Una publicación compartida por Somos Estupendas. (@somosestupendas)
La situación llegó a tal punto que salir de casa se convirtió en un problema. «Al principio yo no podía salir de casa sola», ha contado durante su conversación. Una frase que resume la dimensión que alcanzó un malestar que durante un tiempo intentó negar. «Tu cuerpo sigue, pero tu cerebro ya no puede más», explica al recordar aquella etapa.
Uno de los episodios que más claramente le hizo comprender que algo no iba bien ocurrió cuando su marido tuvo que marcharse de viaje por trabajo. Ichi se quedó sola en casa con sus tres hijos y descubrió que ni siquiera era capaz de enfrentarse a la noche. Necesitó pedir ayuda a una amiga, que terminó durmiendo con ella y fue quien le hizo ver que debía parar. «Necesitas ayuda, mañana vas a pedir la baja», le dijo. Para entonces, la ansiedad ya había ocupado buena parte de su rutina. Ichi reconoce que no sabía estar sola con sus propios pensamientos y necesitaba tener constantemente algún estímulo de fondo para sentirse segura. El ruido blanco se convirtió en una especie de refugio y llegó a utilizarlo incluso cuando se encerraba en el cuarto de baño. También llevaba el ordenador consigo cuando salía de casa, intentando mantener la apariencia de normalidad mientras en su interior estaba librando una batalla.

El teléfono y el correo electrónico se convirtieron en otra fuente de angustia. Abría y cerraba WhatsApp y el email de manera constante y cualquier demora en una respuesta podía desencadenar una reacción física. «Si las personas no me contestaban en segundos, me daban taquicardias», ha relatado. Dormía mal, apenas tenía apetito y hubo momentos en los que ni siquiera quería levantarse de la cama. Además, con el tiempo también empezó a darse cuenta de que se estaba aislando. Estaba cada vez más triste, permanecía más ausente incluso cuando compartía mesa con amigos y había perdido las ganas de hacer cosas que antes formaban parte de su vida. Una depresión que, como ella misma ha querido advertir, no siempre resulta evidente para quienes rodean a la persona que la sufre.
«Mucha gente está deprimida, sigue viviendo y no se da cuenta», ha señalado Ichi, poniendo el foco en una realidad que puede quedar oculta detrás de una rutina aparentemente normal. Para ella, uno de los grandes problemas fue precisamente continuar intentando cumplir con todos los papeles que se había impuesto: ser una buena hija, una buena madre, una buena trabajadora y estar siempre a la altura de las expectativas.
La autoexigencia ocupa un lugar central en su reflexión. Ichi reconoce que durante mucho tiempo sintió la necesidad de demostrar que podía con todo y que debía estar a la altura de una familia con una trayectoria pública y profesional tan conocida. Pero ahora observa esa presión desde otra perspectiva. «Yo no tengo que ser ni como mi abuelo ni como mi padre», ha afirmado, reivindicando el derecho a construir su propio camino sin cargar con la obligación de cumplir ningún molde.
Su proceso de recuperación no ha sido inmediato. Ichi asegura que lleva trabajando en sí misma desde 2021 y que ese camino ha llegado hasta este mismo año. No se considera la misma persona que era antes de atravesar la depresión, pero tampoco lo vive necesariamente como algo negativo. La experiencia le ha obligado a cambiar, a escucharse y a aprender a reconocer determinadas señales antes de llegar al límite. Ahora quiere utilizar su experiencia para ayudar a quienes puedan encontrarse en una situación parecida. Su mensaje es claro: pedir ayuda no debe entenderse como una derrota. «Para sanar hay que vivir en la incomodidad», ha defendido, animando a hablar con la pareja, los padres o los amigos y a dejar que las personas cercanas sepan que algo no va bien.
Su testimonio ha provocado numerosas muestras de cariño. Entre ellas, la de su hermana Macarena Aragón, que quiso destacar públicamente la importancia de que Ichi hubiera hablado de su depresión «con esta cercanía, con palabras tan reales y sin adornarlo». Un mensaje de apoyo que refleja precisamente lo que la primogénita de Emilio Aragón pretendía conseguir al contar su historia: quitarle dramatismo y silencio a una enfermedad que puede esconderse incluso detrás de una vida que, aparentemente, lo tiene todo.
Powered by WPeMatico