Volver al colegio no consiste únicamente en preparar la mochila, recuperar los madrugones y retomar los deberes . También supone para los niños un reajuste cerebral que necesita tiempo. Después de varias semanas con horarios más flexibles, menos estructura y más tiempo de ocio, su cerebro tiene que volver a adaptarse a las exigencias académicas, sociales y emocionales del día a día escolar. Así lo explica Valeria Medina, neuropsicóloga, quien señala que los niños también necesitan un periodo de adaptación cuya duración puede variar en cada caso. «Volver al colegio implica reajustar el reloj biológico, recuperar hábitos de atención prolongada y responder nuevamente a demandas académicas, sociales y emocionales».A diferencia de los adultos, además, las funciones ejecutivas de los niños todavía están en desarrollo. Por eso dependen en mayor medida de la estructura externa, la repetición y el acompañamiento de los adultos . «Necesitan más de los recordatorios y del acompañamiento de los adultos para organizar su conducta», apunta la especialista. Durante las vacaciones, los horarios de sueño pueden llegar a desplazarse más de una hora. De ahí que recuperar de golpe el ritmo escolar pueda resultar especialmente exigente. En transiciones escolares importantes, como el comienzo de la escolarización, la respuesta fisiológica de estrés puede mantenerse elevada durante las primeras dos semanas, aunque cada niño evoluciona a su propio ritmo.Que un niño tenga ganas de volver a ver a sus amigos no significa que la vuelta vaya a resultarle sencilla. La ilusión y el esfuerzo pueden convivir . «Estar contento por volver no elimina necesariamente el esfuerzo que supone hacerlo», explica Medina. Durante las primeras jornadas, los menores tienen que volver a procesar ruido, normas, instrucciones, separaciones, horarios, tareas e interacciones sociales. Todo ello requiere atención, autorregulación y capacidad para adaptarse rápidamente a un entorno mucho más estructurado que el de las vacaciones.Algunos niños pueden acusar todavía más este cambio. La experta señala que la carga puede ser mayor en menores con ansiedad , TDAH, autismo, dificultades de aprendizaje, sensibilidad sensorial o experiencias escolares negativas. También pueden aparecer preocupaciones relacionadas con encajar, equivocarse, enfrentarse a contenidos nuevos o reencontrarse con situaciones sociales difíciles. El resultado puede verse en pequeñas escenas cotidianas. El niño pierde el hilo de una explicación, olvida instrucciones, extravía materiales, tarda más en comenzar una actividad o necesita ayuda para organizar los pasos de una tarea. La atención sostenida, la memoria de trabajo, el control inhibitorio y la planificación son algunas de las funciones que pueden mostrarse temporalmente más débiles durante estos primeros días.«Cuando coinciden falta de sueño y estrés y exceso de exigencias pueden aumentar los conflictos» Valeria MedinaNo significa que hayan olvidado lo aprendido durante el verano. «La memoria a largo plazo no se borra durante las vacaciones », aclara Medina, aunque recuperar información ya aprendida e incorporar contenidos nuevos puede resultar temporalmente menos eficiente. También es habitual que lleguen a casa más cansados. Y ese cansancio no siempre se presenta como sueño . Puede aparecer en forma de irritabilidad, inquietud, llanto o menor tolerancia a la frustración. Que durante los primeros días necesiten más ayuda y recordatorios también puede entrar dentro de lo esperable, siempre que sea algo leve, transitorio y vaya mejorando.Menos agenda y más rutinaUno de los errores más frecuentes de las familias es intentar recuperar simultáneamente todos los hábitos : madrugones, deberes, extraescolares, rendimiento académico y horarios estrictos. «Cuando coinciden falta de sueño, estrés y exceso de exigencias, las funciones ejecutivas trabajan con menos eficacia y pueden aumentar los despistes, la impulsividad y los conflictos», advierte la neuropsicóloga. Esto no significa eliminar las responsabilidades ni los límites. Las rutinas proporcionan seguridad, pero la carga puede introducirse progresivamente. Durante los primeros días, recomienda priorizar el descanso, la asistencia al colegio, la organización básica y la adaptación emocional. Después, se pueden ampliar las tareas y actividades. La preparación puede comenzar incluso antes de que empiece el curso. Una o dos semanas antes, la especialista recomienda adelantar progresivamente las horas de levantarse y acostarse, entre 15 y 30 minutos cada pocos días. La luz natural por la mañana, la actividad física durante el día y reducir las pantallas antes de dormir también pueden favorecer el reajuste. No hace falta convertir las últimas jornadas de vacaciones en una reproducción exacta de la vida escolar. Puede bastar con recuperar algunas referencias: desayunar a una hora similar, practicar una mañana parecida a la del colegio, preparar la ropa y la mochila la noche anterior y anticipar al niño cómo serán los primeros días.De todas las rutinas, el sueño debería ocupar un lugar prioritario. Los niños de 6 a 12 años necesitan generalmente entre nueve y doce horas de sueño, mientras que los adolescentes necesitan entre ocho y diez. Dormir de forma regular favorece la atención, la memoria, el aprendizaje, la conducta y la regulación emocional. También conviene recuperar progresivamente horarios previsibles de comidas, estudio y ocio. No todo tiene que volver al mismo tiempo: el sueño y la organización de las mañanas deberían ser lo primero, mientras que los deberes prolongados y las actividades adicionales pueden incorporarse de forma gradual. Y aquí aparece otro clásico de septiembre: llenar la agenda de extraescolares. Las actividades no son perjudiciales por sí mismas y pueden favorecer la actividad física, la socialización, la autoestima y el aprendizaje de habilidades. El problema aparece cuando desplazan el sueño, el juego libre, el tiempo familiar o el descanso. Por eso, explica Medina, conviene observar el sueño, el apetito, el humor, la motivación y cuánto tiempo libre conserva el niño. «Los beneficios no aumentan necesariamente al añadir más actividades».«Diez minutos para preguntar cómo ha ido el día facilitan la expresión de preocupaciones» Valeria MedinaEn esta vuelta a la rutina, los adultos tienen además un papel fundamental. Los padres funcionan como figuras de corregulación y los niños observan su tono de voz, la velocidad con la que hacen las cosas y la manera en que hablan de septiembre. Eso no significa que haya que ocultar el estrés o fingir que todo está bajo control. La especialista recomienda mostrar formas saludables de afrontarlo: anticipar, priorizar, pedir ayuda y aceptar que no todo tiene que salir perfecto. Una cuestión especialmente relevante en las familias es la carga mental asociada a septiembre. Horarios, material escolar, extraescolares, comidas y organización de las mañanas pueden convertir la vuelta al colegio en una carrera contra el reloj. Si los adultos consiguen rebajar las prisas y establecer unas pocas rutinas realistas, también estarán facilitando el proceso de adaptación de los menores. Preparar la ropa y el material la noche anterior, establecer una secuencia de mañana sencilla —levantarse, asearse, vestirse, desayunar y revisar la mochila— y mantener horarios previsibles puede ayudar. También reservar cada día un pequeño espacio para hablar con los hijos.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Los últimos planes antes de la vuelta al cole noticia No Rocío Ramos-Paúl, psicóloga de ‘Supernanny’: «Tu hijo no cuenta nada porque le estás haciendo la pregunta equivocada» noticia Si Niños sin amigos: por qué ocurre y qué hacer cuando esto pasa noticia No ¿Tu hijo tiene insomnio, pesadillas o rechazo a dormir solo?«Diez minutos para preguntar cómo ha ido el día, sin convertirlo en un interrogatorio, pueden facilitar la expresión de preocupaciones », señala Medina. Porque el objetivo no es conseguir una familia perfectamente organizada desde el primer día, sino recuperar poco a poco una rutina que los niños puedan sostener. «La adaptación es un proceso que necesita sueño, repetición, paciencia y margen para equivocarse», concluye la neuropsicóloga. En definitiva, durante las primeras semanas de curso, que un niño esté algo más cansado, proteste por la mañana, necesite mayor cercanía o tenga pequeños despistes puede formar parte de la adaptación. Lo importante es que pueda seguir asistiendo al colegio, conserve momentos de disfrute y muestre una mejoría progresiva a medida que recupera el sueño y las rutinas. Creo que este enfoque funciona muy bien para Familia porque el titular tiene gancho pero el cuerpo aterriza todo en situaciones que cualquier padre/madre reconoce: el niño que llega agotado, el que se despista, la agenda de extraescolares, las mañanas caóticas… y además metemos a las madres mediante la carga mental sin que se convierta en un artículo de bienestar adulto.
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