Tres millones. Ese es el número de viajeros que ha perdido la alta velocidad española hasta junio de este año comparado con el mismo período de 2025. Se trata -de lejos- del peor retroceso en toda la historia del AVE y un dato que define mejor que ningún otro el deterioro de un servicio que en un tiempo no muy lejano fuera la ‘niña bonita’ de la infraestructura de transportes nacional e incluso un símbolo de nuestra economía. Concretamente, y según datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), entre enero y junio de este curso la media de usuarios en servicios de larga distancia (incluyendo Avant y otros tipos de convoy) cayó un 14,3% con respecto al primer semestre del año anterior; si se toma únicamente la alta velocidad (ya sea Renfe, Ouigo o Iryo), el descenso fue del 15,5%. Exceptuando el binomio 2020 y 2021, que no es relevante en este análisis porque la acusada caída registrada entonces se explica exclusivamente por los confinamientos de la pandemia del Covid-19, no hay en toda la serie histórica del INE un desplome siquiera comparable. Desde el 14 de abril de 1992, fecha de la puesta de largo de la alta velocidad en España, el servicio no había dejado de ganar pasajeros exceptuando algún ejercicio de pérdidas discretas; hasta ahora, el peor dato de la estadística era el de enero-junio de 2005, con una caída de apenas el 4,7% interanual. Así hasta el primer semestre de 2026, período en el que la larga distancia ha sufrido una sangría de 3,7 millones de pasajeros en la comparación interanual, con apenas 22,1 millones de tickets vendidos. Si se contabiliza solo la alta velocidad, hubo 18,3 millones de usuarios, 3,3 millones menos que en 2025. Estos resultados ponen en contexto aquellas declaraciones de agosto de 2024 del ministro de Transportes, Óscar Puente, cuando -tras un verano marcado por los retrasos- aseguró que «nunca ha habido un mejor servicio ferroviario que el que se presta en España en este momento» y prometió que los próximos cinco años iban a ser «sencillamente espectaculares» . Doce meses después, el operador público sería noticia por la supresión de los AVE de bajo coste (los denominados AVLO) de la línea Madrid-Barcelona, una decisión que siguió a la orden de retirada de dicho corredor del modelo Avlo S106, que ha sido un verdadero quebradero de cabeza tanto por los retrasos en su entrega como por las fisuras detectadas en cinco convoyes. Aquello supuso un primer golpe para los viajeros, pues en el cuarto trimestre de 2025 el precio medio del AVE escaló hasta los 95 euros frente a los 70 euros del tercer trimestre. Y por supuesto, Adamuz , una tragedia que se llevó por delante las vidas de 46 personas y dio la puntilla a la percepción de seguridad en la red férrea. Irremediablemente, después de aquel accidente (el 18 de enero de 2026) las cifras de pasajeros no podían ser demasiado buenas. En primer lugar, por las obras de reparación que se tuvieron que llevar a cabo a la altura del lugar del siniestro, que mantuvieron cerrado el corredor Madrid-Andalucía durante alrededor de un mes. Y en segundo lugar, por las limitaciones de velocidad que se impusieron en la conexión Madrid-Barcelona, una medida que añadió una demora de unos 25 minutos al trayecto completo y que quizá sea el mejor ejemplo del modo accidentado en que el Ministerio de Transportes gestionó la reacción al accidente. Adif decidió reducir la velocidad permitida en algunos tramos de la línea apenas dos días después del choque en Adamuz, pero lo cierto es que los maquinistas llevaban meses denunciando la «vibración» de los convoyes . La disputa por la falta de inversiones escaló hasta el punto de que los profesionales del sector iniciaron una huelga a partir del 9 de febrero, una que Transportes solo logró desconvocar después de comprometerse a incrementar en 1.084 millones de euros la inversión prevista en mantenimiento de la red entre 2026 y 2030. Añádase a esto la reducción temporal de las frecuencias aplicada en ese mismo corredor a partir del 2 de febrero, una solución de urgencia decidida por Adif para dar más tiempo a los trabajos de mantenimiento nocturno del trazado, y se dibuja un escenario de deterioro generalizado del servicio y de erosión de la sensación de seguridad.
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