En el arranque de un curso político que debía servir a Salvador Illa para dejar atrás los tropiezos que están arruinando su apuesta por la gestión, la dimisión de Josep Lluís Trapero como director general de la Policía de Cataluña supone algo más que la salida de uno de los principales responsables del Departamento de Interior. Dos años después de su regreso a la primera línea, la marcha del ‘major’ frustra una de las apuestas políticas más significativas del presidente de la Generalitat: devolver la estabilidad a unos Mossos d’Esquadra cuya cúpula vive prácticamente instalada en la interinidad desde los convulsos años del ‘procés’.Trapero comunicó su decisión a la consejera de Interior, Núria Parlon, que intentó sin éxito que permaneciera en el cargo. Oficialmente, la marcha respondía a razones personales, aunque llega después de meses de desgaste y discrepancias en el departamento, especialmente en torno a algunas actuaciones policiales y a la renovación de la jefatura operativa del cuerpo.Su sustituto será Ferran López, hasta ahora responsable de la delegación de los Mossos en Madrid. El relevo encierra una significativa paradoja: López fue precisamente quien sustituyó a Trapero como máximo responsable operativo de la policía catalana en octubre de 2017, después de que el Gobierno de Mariano Rajoy destituyera al ‘major’ tras la aplicación del artículo 155. Parlon ha completado la remodelación nombrando a Sílvia Catà nueva comisaria jefa en sustitución de Miquel Esquius, que se jubila. Catà se convierte así en la primera mujer al frente de la jefatura operativa de los Mossos.La sucesión de nombres ayuda a entender la dimensión del problema. Desde 2017, la máxima responsabilidad operativa ha pasado por Josep Lluís Trapero, Ferran López, Andreu Martínez, Eduard Sallent, nuevamente Trapero, Josep Maria Estela, otra vez Sallent y Miquel Esquius. Ahora llega Catà. Nueve etapas de mando en menos de una década, aunque algunos responsables hayan repetido, que reflejan una policía sometida a una constante sucesión de nombramientos, ceses y crisis internas.Precisamente acabar con esa dinámica era uno de los objetivos de Illa. Su enorme ascendencia sobre el cuerpo, reforzada tras la gestión de los atentados de 2017 y su posterior absolución por la Audiencia Nacional por su papel en el 1-O, debía contribuir a normalizar definitivamente la institución.Difícil encajePero la misma personalidad que convertía a Trapero en una figura con autoridad propia ha dificultado también su encaje en su papel como gestor del cuerpo. El ‘major’, de carácter fuerte y enorme peso interno, desembarcó esta vez no en la jefatura policial sino en un cargo político, como director general. La convivencia entre una personalidad de ese calibre, la jefatura operativa y la propia dirección de Interior no siempre resultó sencilla.Su etapa estuvo marcada por la ofensiva contra la multirreincidencia, las armas blancas o el despliegue de cámaras, pero también por controversias como la infiltración policial en una asamblea de docentes y la gestión de determinadas protestas. Las discrepancias con Parlon se extendieron finalmente a la renovación de la cúpula policial.
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