Tengo un billete para París y esa excitación provinciana que uno procura disimular cuando viaja al extranjero, como si el cosmopolitismo consistiera en no sorprenderse de nada. Voy al Louvre a ver cosas que puedo contemplar cualquier mañana a diez minutos de mi casa. Ya sé que parece una estupidez, pero también hay españoles que viajan a Nueva York para entrar en Zara. El Louvre inaugura el 7 de octubre ‘Sculpter la couleur’, una exposición dedicada a la escultura policromada española en la que el Museo Nacional de Escultura de Valladolid presta veintitrés obras. Estarán Pedro de Mena, Alonso Cano, Luisa Roldán y, naturalmente, Gregorio Fernández . Y, sobre todas ellas, viajará el Cristo de la Luz, la joya de la corona, que durante unos meses cambiará la capilla del Colegio de Santa Cruz de Valladolid por el Hall Napoleón. Hay algo hermoso en que esas tallas abandonen Castilla y comparezcan en París, porque obliga a mirarlas de nuevo. A fuerza de convivir con la belleza uno acaba acostumbrándose y en Valladolid pasamos junto a Gregorio Fernández con la naturalidad con la que pasamos junto a un semáforo en rojo. Pero luego llega el Louvre, coloca una talla bajo una luz estupenda –luz sobre Luz– y algunos descubren súbitamente que llevaban cuatro siglos viviendo al lado de una obra maestra. Nuestra escultura barroca resulta difícil de explicar fuera de España porque no fue concebida solo para ser contemplada. Nuestros Cristos sangraban para que alguien sintiera la sangre, nuestras Vírgenes lloraban para que alguien llorase con ellas y si aquellos cuerpos de madera tenían heridas no es porque el artista pretendiera representar el dolor, sino más bien ponérnoslo delante. El Barroco católico comprendió que la imagen más poderosa es la que deja de parecer una imagen y trasciende hacia otros lugares .Por eso siempre me ha producido bastante incomodidad que se trate al Cristo de la Luz como si fuera solo una pieza de museo. Lo es, naturalmente. Pero también es una imagen de culto. Ante él se reza. A él se le pide ayuda. El Cristo de la Luz –a través del cual Valladolid fija el icono universal del Crucificado– preside procesiones y recibe la mirada de gente que no está calculando la calidad de la policromía sino hablando con su Padre. Sacarlo de ese mundo para colocarlo en una vitrina explica bien su arte. Pero eso es sólo una parte del Cristo. Quizá ahí resida el interés de llevarlo a París. Francia convirtió la laicidad en una de sus bellas artes y España convirtió la fe en madera policromada. Ellos tuvieron a Voltaire ; nosotros a Gregorio Fernández. No está claro quién salió ganando, pero durante unos meses al menos podremos discutirlo en el Louvre. La exposición coincidirá con otra dedicada a Zurbarán , y la conversación entre ambos resulta perfecta. Zurbarán consiguió pintar el silencio; Fernández consiguió tallar el sufrimiento. Zurbarán representa el barroco andaluz y Fernández el castellano. Uno necesitó un hábito blanco y un fondo negro; el otro, una espalda flagelada, una rodilla abierta y unas gotas de sangre descendiendo por la frente. Pero ambos pertenecen a aquel momento extraordinario en el que España encontró la manera de hacer visible lo invisible. En cuanto vea al Cristo de la Luz voy a arrodillarme ante él. No sé si el vigilante comprenderá que no se trata de una ‘performance’. Tampoco sé si habrá muchos precedentes de un señor rezando en el Hall Napoleón, pero siempre puedo alegar apropiación cultural. Después de todo, París bien valió una misa. Cuatro siglos más tarde, veintitrés tallas españolas emprenden el camino contrario para recordar a los franceses de dónde vienen. Y sospecho que el Cristo de la Luz , con su serenidad castellana, se bastará para explicarlo sin necesidad de traducción. A veces la Contrarreforma sólo necesita una buena iluminación.
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