Hemos aprendido a distinguir entre apego y dependencia, química y compatibilidad, intimidad y exposición; tenemos un término para casi cada forma de acercarnos a otro cuerpo y una explicación psicológica para casi cada manera de alejarnos de él. En ningún otro momento de nuestra historia hemos tenido tanto vocabulario para el deseo y tan poca práctica en sentirlo: seguimos sin saber muy bien qué hacer con el hambre cuando aparece. ‘Los años secos’ (Temas de Hoy), la primera novela de Raquel Zas (Lugo, 1989), se zambulle precisamente en esa piscina de sed y pasión contenida. Clara vuelve al pueblo después de una ruptura que la deja sin pareja, sin casa y sin la vida que había construido alrededor de él. Allí, empieza a mirar de frente una ausencia que hasta entonces había confundido con otras cosas: lleva demasiado tiempo sin acostarse con nadie y ya no sabe si ha dejado desear o si, en realidad, nunca aprendió a distinguir el deseo de todo aquello que se esperaba de ella. Su terapeuta le propone una especie de abstinencia: no tener sexo, ni sola ni acompañada. «Debemos saber que nuestro cuerpo es un personaje más, pero no es un compartimento estanco», alega Zas. En Clara, ese lenguaje ha llegado demasiado pronto en forma de instrucciones sobre cómo debe verse, comportarse, gustar; las expectativas sobre cuándo dejarse tocar y cuándo apartarse. «La autoestima es un concepto muy engañoso, porque pone la responsabilidad en nosotros, en valorarnos a nosotros mismos. Es todo lo contrario: es una responsabilidad afectiva. Toda la cultura, la sociedad, los amigos, la familia moldean la percepción que tenemos de nosotros mismos«. Clara, añade, ha convertido su cuerpo en un instrumento para ser deseada, porque lo que busca es aceptación, no placer. El final de la novela, precisa la autora sin adelantar detalles, no ofrece resolución. Lo único que ocurre, en un instante que quizá no vuelva a repetirse, es que Clara consigue estar presente en su propio cuerpo.Hoy empieza la liberación sexualZas nació en Lugo y trabajó años en Madrid. Ahora que ha vuelto a Galicia, niega rotundamente la idealización contemporánea de la periferia. «En el pueblo tienes unas marcas: todos saben tu biografía, tus vergüenzas. Eso te delimita, pero también es un ancla. Son afectos sostenidos». De la ciudad desconfía por otras razones. «Es más hostil, y también te obliga a una ‘performance’, a un determinado estatus cultural, incluso a una determinada belleza. La protagonista critica el sistema, pero participa en él. Nadie quiere ir a la fiesta hasta que la invitan», dice Zas, consciente de que en ninguno de los dos espacios que propone la vida moderna uno puede ser realmente quien es. «Usamos el sexo para rellenar un vacío, para no tener que encontrarnos con nosotros mismos»Sin embargo, la conversación que acapara las páginas de ‘Los días secos’ es algo que llena la boca de todos y a su vez posee la incapacidad de expresarse con acierto: el sexo. «El consentimiento es el techo. Se habla mucho de él, por razones obvias, y es necesario, pero pocas veces el foco se centra en que la mujer, además de consentir, debería poder desear y sentir placer, que es otra cosa distinta». De ahí extiende una crítica más amplia hacia cierta liberación sexual contemporánea. «Hay mandatos y códigos y obligaciones que están disfrazados de independencia; nos han vendido una libertad que en realidad es otra lista de cosas que tenemos que hacer, de ‘checks’ que tenemos que marcar para ser mujeres válidas». Raquel Zas, autora de ‘Los años secos’ Isabel PermuyAclara que no defiende el puritanismo. Tampoco defiende el celibato voluntario como respuesta al desencanto con las relaciones heterosexuales (el llamado ‘heteropesimismo’ por la propia academia): «¿Por qué tenemos que negarnos el placer cuando realmente hay un problema de base en la sociedad que tenemos que cambiar? La solución no puede ser castigarnos a nosotras sin placer. Tenemos que hablar de qué está pasando para que las relaciones estén tan defectuosas, para que estemos entrando en un mundo tan individualista».La pausa sexual de Clara, subraya Zas, nace de una prescripción médica, no de un rechazo al sexo como tal. «No es porque el sexo le esté haciendo mal, es un espacio, un silencio, para dejar de obligarse a hacer cosas que no quiere hacer». A partir de ahí, Clara empieza a investigar el deseo, a preguntarse qué la erotiza de verdad. En ese giro, Zas encuentra algo justo y algo triste a la vez. «Lo malo es que se lo tienen que decir. Sería una pena que todos tuviésemos que llegar a este punto, pero ella obedece como si fueran deberes. Entonces respira tranquila, y ahí se abre un espacio para lo que de verdad desea».Ese aprendizaje tiene nombre en sociología: la ética del cortejo, la educación temprana que enseña a las mujeres a ser cortejadas antes que a cortejar. «Recibimos mensajes contradictorios desde pequeñas. ¿Quién inicia? ¿Quién espera? ¿Qué cuerpo es el más deseante? Protégete del sexo. Y luego, de mayores: tienes que disfrutar del sexo, hazlo con hombres tienes que ser una mujer liberada. Es raro. Nos han enseñado a tener sexo antes que a preguntarnos si realmente lo deseamos». Todo gira en torno al cuerpo, insiste, y el cuerpo pasa por examen siempre. «Lo que cambia es el temario, pero siempre son mensajes contradictorios. Desea más, pero no deseemos demasiado».«No puedo representar a una generación como si fuera una masa homogénea. Me parece torpe y reduccionista».«Usamos el sexo para rellenar un vacío, para no tener que encontrarnos con nosotros mismos», alega. «Eso pasa con el trabajo, con las ambiciones laborales, con los hijos, con las parejas. Mientras te enfocas en todo eso, no te tienes que sentar y mirarte a un espejo. Da vértigo ». Donde sí encuentra terreno firme es en la amistad, pero rechaza idealizarlos igual que rechaza idealizar el pueblo o la liberación sexual. Detrás de esa decisión hay una incomodidad concreta con cómo se ha escrito históricamente a las mujeres en literatura. «Se dibujan como seres perfectos, incluso con cierta condescendencia. No quería una mujer ejemplar. Para mí lo interesante está en la contradicción, en la incongruencia. Las mujeres podemos ser imperfectas, podemos cagarla, podemos ser crueles también». Esa misma resistencia a lo ejemplar aparece cuando habla de sí misma, no ya de su personaje. «No puedo representar a una generación como si fuera una masa homogénea. Me parece torpe, reduccionista. Ni mucho menos mi novela representa eso». Vuelve entonces a la autoestima de la que hablaba al principio. «Ahora circula mucho el discurso del ‘coaching’, que nos coloca como responsables de todo lo que nos pasa y de la solución a todo lo que nos pasa. Creo que estamos equivocados. Esto pasa porque hace falta un cambio colectivo. Es injusto responsabilizar a una persona individual, como si tuviera que ser un proyecto de mejora personal. Tiene que ser un cambio global ». ‘Los años secos’, claro, no ofrece ese cambio. Ofrece, según su autora, tan solo un instante.
Powered by WPeMatico