En un momento tan crítico, España necesitaría un Parlamento que conservara algo de su sentido institucional, que no es otro que producir el interés nacional que legítimamente sólo él puede producir. No es en absoluto pueril o ingenuo exigir a nuestros representantes que hablen responsablemente sobre la seguridad del estado, sobre cuáles deben ser nuestras relaciones con países que supongan amenazas para nuestra integridad o sobre qué sentido tiene contar en el Estrecho con bases extranjeras que no solo no parecen servir para garantizar nuestra seguridad, sino que quizá actúen en contra de ella. En su lugar, el Congreso se ha convertido en una cámara de eco para las redes sociales y unos gabinetes de comunicación más orientados a que los diputados produzcan TikToks que intereses nacionales. Sirva esta advertencia liminar como música de fondo para entender una sesión de control en la que Ceuta volvió a ser el centro de todo. Pero, en esta ocasión, con cambios. En primer lugar, un Feijóo mucho más acertado y efectivo que, en lugar de dispersar sus mensajes como en otras ocasiones, centró toda su intervención en pedir explicaciones a Sánchez sobre la última vez que habló con las autoridades marroquíes y preguntado cuántas veces lo ha hecho desde el 30 de julio, sobre qué temas y cuál ha sido la respuesta. Exactamente para eso existen estas sesiones, para que el gobierno se someta al control del legislativo. Para ello, el jefe de la oposición, como líder del grupo mayoritario, mantiene un liderazgo incuestionable que por fin pareció asumir. Pero Sánchez, con su total ausencia de principios democráticos, no comprendía que ante quien estaba compareciendo es ante los representantes del pueblo –es decir, ante el pueblo mismo– y no ante la oposición. No es capaz de asimilar que responder a Feijóo no es un signo de debilidad ante un rival sino de dignidad ante la nación, que es quien pregunta. Pero no lo hizo –¿qué oculta?– y prefirió traer a colación, de modo desesperado, una ley de memoria histórica que ya aparece sin disfraz como el comodín al que agarrarse para desviar la atención sobre la realidad de Ceuta. Pero Feijóo insistió, exigiendo que respondiera a la pregunta –ventajas de hacer una y no catorce–: «Si Marruecos está, como asegura, dispuesto a recibir a todos y la ley europea lo habilita, ¿por qué siguen allí? O usted es un incompetente o alguien miente». Sánchez comenzó entonces un preocupante espectáculo de gestos, provocaciones, risas nerviosas y golpecitos en la cara, mirando fijamente a Feijóo, como un boxeador retando a otro en la báscula. Quizá para él todo esto sea solamente eso, una especie de partida de rol o un juego de estrategia comunicativa en la cual los españoles somos las fichas. Y puede que por ese motivo decidiera mantener esa sonrisa cínica, desquiciada y retadora durante toda la sesión, provocando momentos desagradables, como cuando Juan Bravo le preguntó si le parecía normal que los estudiantes ceutíes llevaran en la mochila «un estuche, un cuaderno y un bote de gas pimienta» mientras la realización mostraba a Sánchez riéndose, feliz y relajado, entrecerrando los ojos miopes como Marylin Monroe pasadita de Nembutal. El bochorno insultante de un clown crepuscular y triste.El resto de intervenciones del PP también acertaron al optar por poner de manifiesto la incompetencia y la mala gestión del gobierno, olvidándose de los ataques personales y los juicios de intenciones. Y, sobre todo, esparciendo y ampliando responsabilidades más allá de Sánchez. Algo inteligente porque, si como aseguró la semana pasada Ester Muñoz –y yo secundo– Sánchez tuviera pensado no presentarse a las elecciones –no soportaría perderlas– y en su lugar lo hiciera Carlos Cuerpo, el antisanchismo sería una estrategia inútil. Más que correctas las intervenciones de Juan Bravo, Carmen Fúnez, Guillermo Mariscal y Cuca Gamarra, todos ellos perfiles técnicos, con argumentos sólidos y en el tono adecuado, ante los cuales Cuerpo, Aagesen, Bolaño, Marlaska y Albares –al que solo le falta el clériman para pasar de Napoleón a obispo auxiliar de la diócesis de Jaca–, no pudieron dar respuesta, dejando entrever a un gobierno tocado, roto y envuelto en la demagogia más frentista y dogmática.Cuando Sánchez salió del hemiciclo fue preguntado acerca de esos mil menores que, mes y medio después, aún permanecen en las calles de Ceuta. Su respuesta: «Pregúntenle a Vivas». Y se fue con la misma sonrisa fingida y nerviosa de toda la mañana, que es parecida a la sonrisa desquiciada de los que se sienten acorralados y entran con prisa en su despacho para tirar un taco de papeles al suelo, despedir a su jefe de gabinete y nombrar en su lugar a un tal Incitatus. Quizá Invatitus.
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