Mientras las autoridades, tanto las españolas como las marroquíes, dan un elevado grado de probabilidad a la amenaza de nuevo asalto a la ciudad autónoma de Ceuta, previsto según los mensajes en las redes sociales para este sábado, en la ciudad sus vecinos rebajan esa posibilidad aunque sí creen que volverá a ocurrir, como ocurrió en 2021, más pronto que tarde. La sensación generalizada, pese a que ha habido un aumento de los efectivos policiales y del Ejército, es que la frontera no está lo suficientemente protegida para amedrentar cualquier nuevo intento.Es lo que opina José María Carrasco, un caballa de 80 años que sigue el frente de un negocio familiar dedicado a la hosteleria. Opina que el Ejecutivo «debería haber hecho un refuerzo impresionante de la frontera, por lo menos para asustar». Pero «lo que se ha he hecho es abrir las puertas para que no se ahoguen, que me parece muy bien que no se ahoguen, pero eso no les disuade».Carrasco cree que este sábado no ocurrirá nada ya que « no suelen avisar» cuando realmente lo van a hacer. O eso, dice, «es lo que quiero creer». Sin embargo sí admite que «si no es mañana pues cualquier otro día podemos tener el mismo problema que tuvimos hace dos semanas. O sea, eso estoy seguro que sí se va a repetir».Sobre la amenaza en redes de este sábado 15 de agosto, nos confiesa que «no sé si es que no pienso que se pueda producir otra otro altercado o es que no quiero que así sea y mi subconsciente me hace pensar de que no, de que no se va a producir». Esa negación, que les hace convivir con una calma tensa, la comparten parte de sus empleados que al mediodía sirven a los pocos comensales que siguen yendo a su restaurante, uno de los pocos que siguen abiertos, pero que atienden a menos clientes de lo que sería habitual por el miedo de los ceutíes a salir a la calle.Carrasco, frente a su negocio Pablo OrtegaHabla sin ningún tipo de pudor sobre lo que está ocurriendo como que «esto es una auténtica invasión, estudiada, preparada y que se podía haber evitado». El empresario, en su conversación con ABC, asegura tener un par de empleados transfronterizos que a diario cruzan desde Castillejos y que »hace un mes que venían avisando de la gran cantidad de personas llegadas desde otros lugares de Marruecos a su ciudad«. »Esto igual que lo sabíamos nosotros, lo sabía el Gobierno sentencia.Este vecino tacha de «desastre» la situación que vive la ciudad autónoma desde hace dos semanas. «Esto no es vivir», relata, antes de añadir a su manifestación que «le llamamos vivir, pero esto está todo completamente fuera de la normalidad». «Tu vida, tu familia, tus negocios… es un martirio salir nada más que a comprar» añade con la resignación de quien ve limitada su vida por un fenómeno extraordinario contra el que no puede hacer nada. Rafael Pasamán, otro ceutí al que reunimos con Carrasco en el restaurante del segundo, manifiesta que «le estamos poniendo en bandeja» las cosas a Marruecos. Pese a que gran parte de sus familiares se han ido a la península, dice que él no se irá: «yo saldré con los pies por delante y daré aquí mi última gota de sangre». Habla con cierta tristeza de que «nuestra juventud se está se nos está escapando de aquí», lo cual significa una «descapitalización de talento de Ceuta».Pasamán con Ceuta al fondo Pablo OrtegaComo su compañero, cree que finalmente este sábado la ciudad respirará tranquila, que no se cumplirá la amenaza de las redes sociales. Pero lanza una pregunta al aire: «si lo han hecho en 10 minutos, ¿por qué no lo volverán a hacer?». «¿Hasta cuándo y por qué? ¿Por qué nos ha pasado esto?» se pregunta, mientras critica la gestión que han hecho todas las administraciones en los distintos niveles de la gestión.Pasamán, que ha vivido toda su vida en Ceuta dirigiendo una gran entidad bancaria, lamenta que «no se puede vivir más así, la convivencia no es posible, me está costando levantarme cada mañana con optimismo». Pese a sus 75 años, hasta el día 30 de julio salía a nadar en aguas abiertas desde las playas ahora ocupadas cada día cuando la ciudad todavía dormía. Dice que los invasores «nos arrebatan nuestros espacios vitales, nuestras playas, plazas públicas, calles e incluso los bares».Casi derrumbado, con la resignación de estar viviendo en «un apocalipsis», que es como bautizó la horda de personas que vio llegar la mañana del 30 de julio, lanza un SOS al Estado y a Europa con una frase contundente: «Esta ciudad está muy herida. Tiene una herida muy grande y sangrante. ¿Hasta dónde va a llegar la hemorragia? No lo sé.» afirma.
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