¿Qué convierte una casa en una casa Vivla? La respuesta no está únicamente en los metros cuadrados, la ubicación o el precio. Para María Marsal, jefa de hogares de Vivla, hay una parte objetiva, «un mínimo de tres habitaciones, bien ubicadas, con buena conexión y cercanía a los lugares que realmente hacen atractivo el destino», y otra mucho más difícil de medir: el carácter. «Una orientación privilegiada, una arquitectura especial, una terraza que dialoga con el paisaje, la escala correcta de los espacios, una luz distinta o simplemente esa sensación de entrar y querer quedarte». Al final, explica, buscan casas que «tengan sentido como inversión, pero sobre todo como lugares a los que quieras volver una y otra vez».
Ese equilibrio entre inversión, diseño y emoción explica buena parte de la filosofía de Vivla. Una Casa Vivla no pretende ser simplemente una propiedad de lujo, sino un lugar con identidad propia. Uno de los ejemplos que mejor lo representa es Casa Numa, en Cantabria, una casona con mucha historia que fue reformada manteniendo numerosos elementos originales. «No queríamos convertirla en una casa nueva disfrazada de antigua», cuenta Marsal. La intención era conservar los materiales, los detalles arquitectónicos y todo aquello que explicaba de dónde venía la casa, para después incorporar «todas las capas de confort, diseño y estándares internos» que necesita una residencia contemporánea.

Ahí aparece una de las ideas centrales de la conversación: el lujo no siempre se encuentra en lo nuevo, sino en aquello que resulta difícil de reproducir. “En este tipo de residencias, el valor no está únicamente en los metros cuadrados o en lo que cuesta una reforma”, explica Marsal. Está también en “tener una casa con identidad propia”. Una identidad que puede proceder de una arquitectura singular, de un paisaje, de unos materiales o de una historia. Y que, precisamente por no poder fabricarse en serie, consigue que una vivienda deje de parecer un producto inmobiliario para convertirse en un lugar que se recuerda.
Diseñar una casa que van a disfrutar ocho propietarios diferentes añade otra dificultad. Ya no se trata únicamente de crear un interior bonito, sino de conseguir que funcione para formas de vida muy distintas. «Deja de ser únicamente un ejercicio estético y se convierte también en uno de funcionalidad», explica Marsal. Una pareja puede llegar un fin de semana, una familia quedarse dos semanas y una casa llena de amigos necesitar otra distribución completamente distinta. Por eso entran en juego decisiones aparentemente invisibles: almacenaje para ocho familias, cocinas preparadas para cocinar de verdad, materiales resistentes, tapicerías antimanchas o encimeras que envejecen bien. «Todo tiene que ser precioso, pero también tremendamente fácil de vivir. Lo premium no puede ser frágil».
Y después está el lugar. El lujo no tiene una única estética porque cada destino tiene su propio lenguaje. «El lujo en Ibiza es luz, cal, piedra, lino, sombra proyectada, vegetación autóctona y una transición casi invisible entre interior y exterior», describe Marsal. En Baqueira, en cambio, aparecen «madera envejecida, lana, piedra local, chimenea de leña, textiles con peso e iluminación cálida y envolvente». El estándar puede ser exactamente el mismo, pero la forma de expresarlo cambia radicalmente. «Para nosotros, diseñar bien significa escuchar dónde está la casa antes de decidir cómo debería verse».

Esa sensibilidad local convive con un sistema común de materiales, proveedores y estándares. Pero Marsal no ve esa estructura como un límite a la creatividad. Al contrario: «La creatividad empieza precisamente en todo lo que hace que cada casa deje de ser un sistema y se convierta en un lugar». Está en los colores, en la luz, en los materiales del entorno, en el arte y, especialmente, en las piezas que no podrían pertenecer a cualquier otra casa. La base común aporta consistencia; el entorno y las piezas especiales aportan personalidad. De ahí que una casa Vivla pueda mantener un mismo estándar de calidad sin parecerse necesariamente a otra situada a cientos de kilómetros.
Porque, en ocasiones, lo que hace memorable una casa no es lo más caro que contiene. Marsal pone un ejemplo especialmente revelador: en una de las casas de Baqueira hay un cuadro pintado por un niño que, según explica, tiene «una sensibilidad poco común». No está allí simplemente para llenar una pared. “Genera conversación, emoción y hace que recuerdes esa casa por algo concreto”. Para Marsal, ese tipo de piezas son precisamente las que consiguen romper la sensación de catálogo. «La artesanía rompe la sensación de catálogo y devuelve humanidad a la casa».
Después de las primeras 70 casas, quizá el aprendizaje más importante haya sido precisamente ese: una casa preciosa no necesariamente es una casa que funciona bien. «Las primeras casas las diseñábamos pensando mucho en cómo queríamos que se vieran. Hoy pensamos muchísimo más en cómo queremos que se vivan», explica Marsal. La experiencia ha obligado a observar qué materiales envejecen mejor, dónde pasan realmente el tiempo los propietarios, cómo funciona una cocina cuando se utiliza de verdad o qué espacios adquieren protagonismo cuando llegan los niños, los amigos o los abuelos. El diseño deja así de ser únicamente una cuestión visual para convertirse en una cuestión de experiencia.

¿Cuándo empieza realmente el lujo?
La pregunta por el precio introduce otra dimensión. ¿Cuánto cuesta una casa Vivla y qué hace que una residencia pase de ser premium a convertirse en un producto de lujo? La respuesta de Marsal rompe con una idea sencilla: que el lujo sea simplemente una cuestión de precio. «El precio varía mucho en función del destino, la ubicación y, sobre todo, de la singularidad del activo». En Madrid, Vivla cuenta con fracciones desde 485.000 euros, mientras que en Ibiza la propiedad de mayor valor de la compañía tiene fracciones en torno a 310.000 euros. En destinos como Formentera, además, la compañía ha observado una revalorización extraordinaria de determinadas propiedades, en un contexto marcado por lo excepcional y limitado de la oferta inmobiliaria.
Pero el precio, insiste Marsal, no es lo que convierte por sí sólo una vivienda en un producto de lujo. Para Vivla, hay tres elementos que deben confluir: «una ubicación difícil de replicar, un inmueble excepcional y una experiencia alrededor de la casa completamente cuidada». Es una definición que desplaza el foco desde lo que cuesta una propiedad hacia lo difícil que resulta sustituirla. Puede ser una vista, una arquitectura singular, una localización privilegiada, privacidad o simplemente ese carácter especial que hace que una casa no pueda trasladarse a otro lugar.
A esos atributos se suma todo lo que ocurre alrededor de la propiedad. Interiorismo, materiales, arte, servicio y gestión forman parte de la experiencia de lujo tanto como la propia casa. «En Vivla buscamos propiedades que tengan algo difícil de encontrar en el mercado: vistas, arquitectura, localización, privacidad o un carácter especial», explica Marsal. Y sobre esa base se construye una experiencia pensada para que el propietario no tenga que ocuparse de la complejidad de mantener una segunda residencia. «El verdadero lujo está precisamente ahí: en acceder a casas extraordinarias, en lugares extraordinarios, y poder disfrutarlas sin que la propiedad se convierta en una preocupación».

Y esa experiencia empieza incluso antes de cruzar la puerta. Para Marsal, el nuevo lujo tiene cada vez menos que ver con acumular propiedades y más con recuperar tiempo. «El verdadero privilegio es llegar a tu casa y no haber tenido que pasar las semanas anteriores pensando en una avería, buscando a alguien que arregle la piscina, coordinando una limpieza o resolviendo todo lo que implica gestionar una segunda residencia». La recompensa es sencilla: llegar y disfrutar. «Ese tiempo regresa a ti y puedes dedicarlo a lo que realmente querías hacer desde el principio: estar con tu familia, invitar amigos, comer bien, viajar, esquiar, estar en el mar o simplemente no hacer absolutamente nada».
Quizá ahí esté la definición más contemporánea del lujo residencial. No en tener una casa que parezca perfecta, sino en tener una casa que esté preparada para ser vivida. Una casa con carácter, pero resistente; sofisticada, pero cómoda; diseñada con un sistema, pero capaz de contar una historia diferente en cada destino. Una propiedad extraordinaria, en un lugar extraordinario, pero sin la carga de tener que ocuparse de ella. Y, sobre todo, una casa que consiga algo mucho más difícil que impresionar: provocar el deseo de regresar. Como resume María Marsal, «una gran casa Vivla no es la que más impresiona cuando entras. Es la que hace que quieras quedarte».
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