En la historia del séptimo arte existen toda una serie de miembros de la crítica profesional que trascendieron al papel de meros reseñadores de contenidos. Desde el academicismo de André Bazin, padre espiritual de la Nouvelle Vague, a la pasión visceral y provocadora de Pauline Kael. Sin embargo, ninguno de ellos ha logrado gozar de la popularidad ni del rigor para saber combinar la dignificación de la profesión con la empatía profunda y la utilización de lenguaje accesible para los lectores como Roger Ebert.
Fallecido en 2013, el crítico estadounidense nos dejó toda una colección de reflexiones memorables sobre el séptimo arte. Él fue quien apostó siempre por la parte emotiva de los relatos fílmicos cuando apuntó que nuestro intelecto podía estar confundido ante una obra, pero que las emociones «nunca nos mentirían». También explicó que toda gran película «debería parecernos nueva» cada vez que la vemos y centró su visión del arte cinematográfico en la capacidad que este tiene para hacernos sentir la mirada y las sensaciones internas del otro: «Las películas son como una máquina que genera empatía. Te permiten entender un poco más sobre diferentes esperanzas, aspiraciones, sueños y miedos».
Destacar una de sus frases por encima de otras es realmente complicado, aunque hoy queremos rescatar el aforismo que quizás mejor resume la percepción del ritmo respecto a la visión subjetiva de los espectadores:
«Ninguna buena película es demasiado larga y ninguna película mala es lo suficientemente corta».
Roger Ebert, el crítico más conocido del mundo

Más allá de la sentencia en sí misma, Ebert utilizó esta expresión como una máxima de su forma de analizar las películas, ya que consideraba esa subjetividad como una de sus leyes fundamentales para hablar sobre el ritmo cinematográfico.
Porque, refiriéndose a «ninguna buena película es demasiado larga», el escritor y prescriptor cinematográfico siempre tildó a cintas que superaban las 3 horas de duración como Los siete samuráis (1954), Lawrence de Arabia (1963), El padrino: Parte II (1975) como obras maestras.
Otras de las «reglas de oro» de Roger Ebert definían así la crítica: Juega limpio con el lector: explícale primero qué intenta hacer la película y dale su oportunidad antes de juzgar si lo consigue o si fracasa».
Los grandes clásicos del cine que no gustaron a Roger Ebert

Como se suele decir, nunca llueve a gusto de todos y, como todo perfil con cierta autocrítica, a Ebert algunos clásicos autorales no le gustan nada. Detestó La naranja mecánica (1975), acusó de sádica a Terciopelo azul y tildó de pretenciosa y soporífera a El sabor de las cerezas.
Pero su singular opinión sobre clásicos que suelen gustar a los cinéfilos no se queda ahí. Al crítico no le gustaron ni El club de la lucha, ni La jungla de cristal, ni La cosa, ni El club de los poetas muertos.
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