Quién dijo que la vida y la muerte no pueden bailar juntas. Bailan siempre de la mano, más aún cuando la muerte misma atraviesa el alma. Y también un estreno. Uno nunca baila igual dos veces. Uno nunca sube al escenario dos días seguidos siendo exactamente la misma persona porque tampoco la vida se queda quieta. Cada movimiento lleva lo vivido hasta ese momento, y hay pérdidas que cambian para siempre la manera de mover el cuerpo. Más aún cuando se pierde a una madre y el espectáculo que uno está a punto de estrenar comienza con ella. Así, con esa lanza atravesada entra María Pagés en uno de sus últimos ensayos antes del estreno de ‘Bilbao Square’, su nuevo espectáculo que arranca en Centro Danza Matadero.Si entrar en un teatro es algo así como entrar en un templo, adentrarse en los ensayos es pisar tierra sagrada donde es necesario descalzarse. También hacer silencio. Cuelgan del techo castañuelas, libros y un mantón, que María Pagés coloca entre dos pinzas. Hay mucho movimiento en la sala, burros con vestuario que entran y salen, unos músicos algo inquietos que terminan de calentar. Pagés intentando encontrar una pizca de paz para concentrarse antes del ensayo. Aquí, en Centro Danza Matadero , se respira una sensación extraña, es la sensación de estar presenciando algo nuevo, que pocos han visto, es ser testigo del misterio que supone dar vida a una historia. El Arbi El Harti, dramaturgo del espectáculo y también director, recorre la sala de arriba a abajo, habla con los técnicos, se acerca hasta el escenario a hablar con Pagés, s e sienta en la primera butaca, luego en la última. Ver cómo trabajan María y El Arbi es confirmar que ambos hacen de la danza la palabra y al revés. Pagés coloca la silla en una esquina del escenario porque ‘Bilbao Square’ no empieza por tangos, arranca con la palabra. Empieza con la vida misma. La vida de una jovencita que, con miedo posiblemente, pero con la convicción de hacer lo que ama, llega en un Citroën negro a Madrid acompañada de su madre y su abuela. Hoy su madre falta, fallecida recientemente en medio de esta vorágine de promoción y previa del estreno. ¿Su madre falta? En realidad, no. Está en el primer instante del espectáculo. Está en el mantón que cuelga, en el sonido del coche que se entremezcla con la guitarra y las cuerdas. Está también en el último aliento antes del aplauso. Pagés juega con ese mantón que cuelga, lo convierte en vestido, en escondite, en abrazo. Se mece con él, también se revuelve con él y contra él. Lo lleva sobre los hombros, lo arrastra, se esconde bajo él. Por momentos parece que baila con alguien que no está, que abraza algo que no puede tocar. El mantón deja de ser un objeto y se convierte en memoria, en ese lugar donde caben las personas que ya no están y, sin embargo, siguen apareciendo en todo.Quienes esperen un número flamenco más no lo encontrarán. Aquí se halla el secreto de una vida en danza. Y es que para bailar hace falta jugar, golpearse contra los libros, danzar con ellos, caer y que te levanten. ‘Bilbao Square’ es asistir a una vida atravesada por la danza, pero no de cualquier forma. Pagés es la prueba de que para bailar hace falta la pregunta y que solo el misterio nos hace avanzar. Que es el cuestionarse lo que nos hace crear. Es paradójico cómo la pregunta puede ser al mismo tiempo una certeza. «Si hay algo que me sostiene es la convicción. La convicción cuando ves algo que eres capaz y que tiene una base de respeto y una base sólida de conocimiento. Y lo he hecho casi de una manera espontánea, impulsiva y con cierta ingenuidad», confesaba María Pagés recientemente a este periódico. El espectáculo parte de objetos cotidianos para cualquier bailaor como el abanico, la bata de cola o los zapatos. Es la fiesta de la danza. Porque sí, fue concebida esta obra como una fiesta y así será. María zapatea, y vaya si zapatea, con la fuerza de toda una vida. En cada uno de esos golpes de pie está cada gira con Antonio Gades, cada espectáculo, cada ensayo, cada lugar, cada reconocimiento. ‘Bilbao Square’ engloba también ‘Sol y Sombra’, ‘Dunas’, ‘Yo, Carmen’, ‘Sheherezade’ y todos los espectáculos que ha creado. En los ensayos, el zapateado puede que no sea milimétrico, ni falta que le hace, tiene esa otra forma de perfección que solo alcanza lo que está vivo. María Pagés es libre, tan libre que mientras baila mueve los brazos a los músicos para que suban la música mientras el repiqueteo de sus pies devuelve a la plaza el eco de aquella niña que empezó a bailar.’Bilbao Square’ es la experiencia de 63 años de danza, también 63 años de lesiones, pero ante todo de luz. Ahora que la vida ha vuelto a recordarle que nada permanece intacto, María Pagés vuelve a bailar. Vuelve a aquella plaza. Vuelve a aquella niña. Y vuelve también a su madre. Hay ausencias que en fondo no consiguen marcharse porque se quedan en los nombres, en las fotografías, en los mantones y en el cuerpo de quien sigue bailando. Y eso es ya la eternidad.
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