Calvo y Ambrossi son dos, naturalmente, pero funcionan como una sola naturaleza o condición, Los Javis , ahí en lo cimero de la filmografía de éxito. Uno dice Los Javis, y ya queda dicho todo. O sea, una estética, un humor, una generación, una manera de contar a quienes antes nadie contaba, o contaba muy poco. Son una marca, sí, pero una marca de huella digital, de voz propia, mitad lentejuela, mitad desamparo. Durante algún tiempo, Javier Calvo y Javier Ambrossi, aquí sí quiero yo bifurcar ya el exotismo, parecieron una travesura cultural, dos muchachos de talento, pluma y purpurina que habían llegado para acreditarnos que hasta el fracaso podía tener representante. Inventaron a Paquita Salas, que era una alegría de la derrota, más el bolso, y España se reconoció inmediatamente en ella. Nos suele gustar mucho aquel que triunfa, pero quizá queremos todavía más al que fracasa con gracia, que es una manera española y bastante decente de no irse del todo del panorama. Luego ocurrió que la broma iba completamente en serio. Llegaron «Veneno», «La Mesías» y todo ese universo donde Los Javis han aprendido a hacer de la rareza un domicilio.Tienen una facilidad propia para espigar aquello que parecía marginal, excesivo o incluso cursi, y devolverlo convertido en pura emoción certera. Donde otros ven extravagancia, ellos encuentran biografía. Donde otros encuentran un personaje secundario, ellos levantan un monumento. Han concretado la periferia en alfombra roja, que es como ponerle lámpara de araña a un cuartucho de pensión. Los Javis son quizá nuestros grandes costumbristas del exceso. Antes el costumbrismo español retrataba una portería, una taberna, una pensión. Ellos retratan camerinos, divas rotas, muchachas que dialogan con Dios, representantes sin representados, mujeres que fueron famosas cinco minutos y llevan veinte años sobreviviendo a aquellos cinco minutos. España sigue siendo España, sólo que ahora gasta pestañas postizas. El sainete se ha pillado lujuria a unos tacones y llora delante de una cámara sofisticada .Ahora están en el horizonte por «La bola negra» , que supone otra zancada en su cine desabrochado, estupefaciente y personalísimo. Lorca, la Guerra Civil, la memoria, los amores escritos a lápiz por la historia, todo eso se ata en esta película de talento. De pronto aquellos chicos de «Paquita Salas» se acercan a Federico García Lorca , y se van a Hollywood. Cannes ya les concedió el premio a la mejor dirección y la película va a representar a España en la carrera por el Oscar internacional. Los Javis ya no son sólo Los Javis, naturalmente. Empiezan a parecer una delegación diplomática, con ajuar de lentejuelas.Y hay algo hermoso en este viaje. Han ido haciendo grande aquello que parecía pequeño. Han impulsado la rareza como industria, la diáspora como centro y el exceso como una manera nada efímera de la elegancia. Han regalado la categoría de protagonista a quien durante décadas sólo habría merecido dos frases en el guión. O ni siquiera eso. Su cine y sus series tienen una generosidad que aúpa un estilo, porque dejan entrar a los que antes se quedaban fumando fuera. Y luego está que colocan en sus historias una canción kitsch , o un vestido imposible, con la misma dignidad con la que incluyen un poema. No distinguen mucho entre lo sublime y lo hortera, y hacen bien. Ahora Lorca viaja con ellos hacia Hollywood . Y no deja de tener gracia la circunstancia. Federico, que fue moderno antes que la modernidad y excesivo antes de que el exceso tuviera oficina de comunicación, habría entendido enseguida el órdago. También él supo que lo raro puede ser clásico, que lo orillado puede ser eterno y que un incendio aclara una verdad. La posteridad, ese misterio, quizá sea la prórroga de purpurina de una noche más.
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