Pocos días antes de ser capturado por los británicos en el interior de la tumba de Humayun, en septiembre de 1857, el último emperador mogol, el anciano Bahadur Shah II, vaticinó el final de su clan: «Veo con mis propios ojos la tragedia que tan rápido se aproxima y que acabará con la gloria de mi dinastía. Ya no existe ni sombra de duda de que he sido el último descendiente de los timúridas en ocupar el trono de la India». No importaba que el descendiente de Genghis Kan hubiera convertido su corte en el epicentro de la cultura hindú, porque las autoridades inglesas le recordaron pronto que el funcionario inglés más gris mandaba más que él. Es uno de los primeros casos que César Cervera recoge en ‘El crepúsculo de los reyes’ (La Esfera de los Libros), el ensayo en el que narra el declive de las monarquías –«locuras, secretos y ruina», lo subtitula– en la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX. En algunos casos, como el citado, no solo se intentó borrar toda huella, sino también arrancar de raíz la posibilidad de que sus descendientes resurgieran de las cenizas y reclamaran el trono. Al día siguiente del arresto, un oficial británico regresó al mismo templo, ordenó a tres de sus hijos que se desnudaran y los asesinó allí mismo sin juicio alguno. «He liquidado a los principales miembros de la dinastía de Tamerlán. No soy cruel, pero confieso que he disfrutado con la oportunidad de librar al mundo de esos miserables», presumió el homicida, y eso que la masacre no terminó ahí. La mayoría de los 16 vástagos del emperador corrieron la misma suerte. Bahadur Shah II, por su parte, con su «mirada perdida y sus encías desdentadas», lo describe Cervera, fue condenado a abandonar Deli y marcharse a Birmania en un humillante carro tirado por bueyes. Allí pasó sus últimos días, rodeado de miseria. Cuando murió en 1862, las autoridades prohibieron los homenajes: «No debe quedar rastro que distinga el lugar donde descansan los restos del último mongol». Objetivo cumplido.Si a finales del siglo XIX las repúblicas eran una rara anomalía en Europa, décadas después las monarquías se convirtieron en una excepción a causa de las revoluciones, las guerras civiles, las invasiones, los escándalos y la corrupción, tras haber sido durante siglos el sistema hegemónico mundial. «Europa fue desacralizando a sus reyes y descubriendo que sangraban como cualquier hijo de vecinos. A finales del siglo XIX se produjo una ola de regicidios sin igual. Todo fue haciendo mella y erosionando los cimientos de la institución, que a principios del siglo XX parecía muy fuerte pero solo era apariencia. En muy pocas décadas las monarquías debieron adaptarse a los tiempos liberales y luego a los constitucionales y democráticos. Muchos cambios en poco tiempo para un sistema al que se le da mal adaptarse», explica Cervera.«Nadie quiere ya la monarquía, pero quienes la tienen no quieren desprenderse de ella» César Cervera Autor de ‘El crepúsculo de los reyes’En 1900 todavía existía un centenar y medio de monarquías en todo el mundo, de las que hoy solo sobreviven 42. Eso no quiere decir que quede el mismo número de reyes, porque más de una docena de países comparten al monarca británico de manera simbólica. Hay menos de treinta. Solo diez de estas monarquías, además, son europeas, sin incluir los casos singulares de Andorra y el Vaticano. Hablamos del Reino Unido, Dinamarca, Bélgica, Noruega, Suecia, Países Bajos, Luxemburgo, Mónaco, Liechtenstein y España. Lo curioso es que las supervivientes tienen índices de aprobación muy elevados y se han mantenido a salvo del deterioro generalizado de las instituciones democráticas. «Nadie quiere ya la monarquía, pero quienes la tienen no quieren desprenderse de ella», subraya el autor. «Un caso de resiliencia»En los últimos cinco años, de hecho, ABC se ha hecho eco de varias encuestas sobre este asunto en España. En 2018, el Rey Felipe logró la mejor valoración de la Monarquía desde su restauración en 1978 (75,3% de aprobación). Hace dos años, un 58% de los españoles se declaró monárquico frente a un 36% que se declaró republicano y un 54% creía que Don Felipe había fortalecido la institución . «Con todo en contra, incluidas tres expulsiones en cuestión de dos siglos, los Borbones han sobrevivido y retornado al trono cuando otras casas en apariencia más grandes y fuertes han caído. Son un caso excepcional de resiliencia», apunta. Sin embargo, no todas corrieron la misma suerte ni tuvieron la misma resiliencia. Todo lo contrario. El autor hace un amplio recorrido por el calvario padecido por muchas dinastías. «En cuanto a tragedias, nada supera al caso del zar Nicolás II de Rusia y su familia, asesinados y carbonizados en un triste sótano. Lo que debía ser una ejecución rápida de mujeres y niños indefensos se convirtió en una chapucera carnicería por la gran cantidad de diamantes que los Romanov escondían en sus ropas. Las balas rebotaban y, en algunos casos, fue necesario descargar el cargador y apuñalarlos con insistencia debido a esos inesperados ‘chalecos antibalas’. Un asesinato atroz que ni siquiera Lenin se atrevió a reconocer. Por otro lado, el fallecimiento del último emperador austrohúngaro, Carlos I, que murió en Madeira solo y triste de neumonía, es especialmente doloroso por el papel ejemplar que desempeñó durante su breve reinado. No solo promovió la paz en la Primera Guerra Mundial, por lo que fue beatificado en 2004 , sino que salió del país para evitar una guerra civil», añade. Cervera se sumerge también en los turbulentos últimos días de los Habsburgo, Hohenzollern, Osmanlí, Braganza, Wittelsbach, Saboya e, incluso, de los Bonaparte. En 1858, por ejemplo, el carruaje de Napoleón III fue recibido de camino a la ópera de París con tres bombas lanzadas por el revolucionario italiano Felice Orsini. Mató a ocho personas e hirió a más de cien, pero él y su esposa, Eugenia de Montijo, salieron ilesos. El atentado, sin embargo, representa bien ese odio que se estaba gestando contra la institución, a lo que se sumaron, en el caso del último emperador de Francia, los problemas por su excesivo consumo de opiáceos, uno de los muchos detalles curiosos que recoge ‘El crepúsculo de los reyes’. Finalmente, en 1870, tras sucesivas derrotas en Sedán y su arresto al norte del país, fue hecho prisionero y el Imperio se hundió para siempre.
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