Hace más de dos milenos, cuando filosofía, sociología y política eran una misma cosa, Aristóteles bajó las ideas de su maestro a tierra: no se trataba de encontrar el Estado ideal, sino también el mejor, dadas unas circunstancias. Concluye que el mejor Estado posible o ‘politeia’ consiste en una forma mixta de gobierno que combina oligarquía y democracia, que se consigue con facilidad allí donde existe una amplia clase media: donde ésta abunda, hay mayor estabilidad política y menos revoluciones. Con el mismo pragmatismo estudia las condiciones en que los gobiernos se modifican y las revoluciones les afectan, cuya principal causa radica en el deseo de igualdad económica o política por parte de una masa popular que carece de ella, proponiendo como remedio siempre una constitución tan mixta como fuese posible, dando consejos incluso para el tirano. Es, precisamente, esta parte de su pensamiento la que siglos más tarde Maquiavelo llevaría a su máxima expresión, al considerar la política como una mecánica de conservación del poder, despojada de consideraciones éticas. ¿Por qué se originan las revoluciones? ¿Por qué y cómo se vuelve alguien violento? Desde que el de Estagira sentase las bases de lo que con el transcurso del tiempo se convertiría en la ciencia política moderna, estas preguntas siempre han vuelto al centro del pensamiento, para concluir que es el contexto el que favorece su aparición, en una confluencia de factores políticos, económicos o socioculturales. La marginalidad política se ha considerado tradicionalmente como uno de los detonantes: el nivel de violencia es inversamente proporcional a la capacidad de acceder al sistema político para ser atendido. También ha sido habitual poner el foco en factores económicos, aunque la constatación de que las oleadas revolucionarias no se han producido necesariamente en los momentos de crisis más acuciante ha llevado a que estudios posteriores se centren, no tanto en las condiciones económicas que llevan al conflicto, sino en la frustración psicológica de las expectativas económicas como causa que favorece las revoluciones.Desarrollando la idea de Davies de que la violencia estalla tras un periodo de crecimiento económico seguido de un declive abrupto, Ted Gurr le añade un elemento psicológico. En ‘El porqué de las rebeliones’ desarrolla el concepto de privación relativa, definida como la discrepancia entre lo que las personas creen merecer y lo que realmente obtienen: la frustración acumulada motiva a los grupos a rebelarse contra las autoridades. Desde esta perspectiva, no es la pobreza absoluta lo que genera violencia: la chispa se enciende cuando la población siente que se les está quitando algo o que se les impide alcanzar lo que legítimamente les corresponde. El descontento se dirige entonces hacia el sistema político y, si este es incapaz de canalizar estas demandas, la percepción de injusticia se vuelve intolerable: el escenario para el conflicto está servido. Si aplicamos esta teoría a la Revolución Francesa se observa que, a pesar de la crisis económica que le precede, burguesía y campesinado habían vivido décadas de mejora y tenían expectativas de derechos y estabilidad económica que se vieron frustradas a partir de la década de 1780. El enfado no fue solo consecuencia del hambre: el contraste entre la opulencia de Versalles, ajeno a las necesidades sociales, y la nueva escasez creó una brecha intolerable, fomentando una creciente exasperación en el pueblo que desembocó en la toma de la Bastilla. La Revolución Bolchevique es el otro caso paradigmático de la teoría de Gurr. No se originó en la miseria estática del campesinado, sino en la privación relativa generada por el impacto de la Gran Guerra sobre una sociedad con expectativas de progreso, mostrándose el sistema zarista incapaz de satisfacer sus demandas. La frustración se politizó y la agresión se dirigió hacia los Romanov: Nicolás II, carente de toda empatía, bloqueó con su empecinamiento en mantener un sistema obsoleto la única válvula de escape que podía evitar la revolución. Cortados todos los canales de comunicación entre el pueblo y el Zar, la única salida era la agresión violenta. En octubre, los bolcheviques supieron canalizar con éxito la frustración popular y establecer el primer Estado socialista, que suponía una contestación al mundo de valores entonces vigente. La historia debería servirnos para realizar una reflexión profunda de la situación actual. Si Aristóteles regresara, observaría con inquietud cómo los cimientos de nuestra ‘politeia’ moderna, tras décadas de éxito, se van resquebrajando. Hoy, la brecha generacional no es solo económica, sino de expectativas: un sistema que dio progreso a nuestros padres y que a nosotros solo nos promete precariedad. Ante estas circunstancias, la natalidad sigue decreciendo, mientras la clase media que predicaba Aristóteles como solución de estabilidad política se sigue desmantelando y, con ella, el freno natural a la revolución. La prosperidad ha dejado de ser un proyecto compartido y los representantes de la democracia se alejan, cada día más, de la realidad ciudadana. Mientras tanto, las ideas autoritarias van ganando adeptos entre los jóvenes: los extremos ofrecen un relato de futuro a aquellos a quienes el Estado da la espalda. Y es que el peligro no es sólo la crisis, sino la sordera. El sistema político creado por los partidos tradicionales no consigue recuperar su canal de escucha, limitándose a establecer cordones sanitarios ante el auge de los extremos, sin centrarse a estudiar la causa más profunda de su expansión. La sociedad, educada en el crecimiento constante, hoy choca con la realidad de la precariedad: la privación relativa de Gurr se ha convertido en el motor de los populismos modernos. No es solo que la economía falle: la comunicación entre el ciudadano y el Estado se ha roto. Y la historia nos enseña que esta frustración generalizada y desatendida lleva siempre a un mismo destino. Ya advertía Aristóteles: la ‘politeia’ se basa en el equilibrio. Como ocurrió hace más de un siglo con los Romanov ¿está la vieja Europa asistiendo impávida a su propio fin? Andrea García de Enterría Es letrada de las Cortes Generales
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