El día que tocó fondo, David Saavedra cogió su pistola y se dispuso a meterse el cañón en la boca para apretar el gatillo. Durante 15 años, el pontevedrés había estado preparándose para la guerra racial, militando en un partido filofascista e, incluso, había estudiado crear un grupo terrorista nazi en España. Pero estaba comenzando a tener dudas sobre la ideología. «No es que no quisiera vivir, lo que quería era dejar de sufrir y estar siempre solo», recuerda ahora en conversación con ABC. «Para mí, el discurso nazi era la verdad. Adoraba a Hitler, lo veía como un ser sobrehumano . Lo creía de una forma tan clara que era indiscutible. Cuando pierdes eso te quedas con la sensación de que tu vida pierde sentido, y duele mucho».Saavedra no apretó el gatillo ese día. Logró dejar el pasado atrás y comenzó a ayudar a otros que se encuentran en una situación similar. Primero, a través de su libro autobiográfico y del contenido que comparte en redes sociales. Ahora, también con Abriendo Brecha, una ONG pionera en España que desde 2025 presta apoyo a personas procedentes de movimientos extremistas. La organización también da charlas en centros educativos y trabaja con docentes y familias, a los que ayuda a comprender mejor estos peligrosos procesos, para poder prevenirlos o solucionarlos de la «forma más humana, rigurosa y útil». Actualmente, presta apoyo de forma directa a más de una veintena de personas que se han deslizado por esa pendiente extremista. «Con alguien radicalizado no hay varitas mágicas, pero necesita un sitio en el que se sienta escuchado»«Con alguien que está radicalizado no hay varitas mágicas», dice Saavedra. «Lo que queremos es generar un espacio de cambio para que cualquiera tenga un lugar al que acudir en busca de ayuda. Porque, ¿adónde va a ir sino un chico que ha sido nazi? ¿A Podemos, a que le escupan en la cara? Necesita un sitio en el que se sienta respetado y escuchado».Saavedra destaca que la sociedad cada vez está más polarizada. En buena medida por culpa de las redes sociales que dirigen a la gente hacia contenido que la exalta. Según el barómetro del CIS de septiembre de 2026, el 25,8% de los españoles se sitúan en alguno de los dos extremos ideológicos. Hace una década exacta ese porcentaje era, tan solo, del 5,8%: «Se nota mucho el cambio, y en los próximos años espera que sea mayor todavía». Ahí están ejemplos como el el grupo fascista neonazi Núcleo Nacional, que en apenas un año ha conseguido duplicar su número de militantes alcanzando los 2.000, tal y como publicó este diario recientemente. Matar por EspañaEl interés de Saavedra por el nacionalsocialismo surgió a los 15 años a través del vídeo de un desfile en el que se podía ver a un grupo de soldados con antorchas saludando a Adolf Hitler: «Fue muy impactante. Cuando le pregunté a mi padre quién era ese hombre, solo me dijo que ‘un hijo de puta’. Creo que esa respuesta no ayudó para lo que vino después». El joven comenzó a consumir cada vez más contenido sobre la ideología, hizo nuevos amigos que tenían sus mismos puntos de vista y que le ayudaron a formarse ideológicamente. Hasta que Pontevedra se le quedó pequeña, se unió al Ejército y abandonó la ciudad: «A los 20 años la relación con mi familia ya era muy complicada. Pensé que si me iba a Madrid podría montar algo muy gordo».Ya en la capital comenzó a militar en el partido de derecha radical Alianza Nacional, pero lo dejó porque lo que quería era «asaltar el Estado», no seguir acudiendo a «concentraciones en cementerios»: «Nos juntamos unos veinte y empezó a surgir la idea de poner bombas y constituir un grupo armado», recuerda. Incluso llegaron a estudiar la posibilidad de asesinar a Pedro Pablo Peña, el ya fallecido dirigente del partido.Detalle de los tatuajes de David Saavedra. Salma Halifa, exintegrista islámica y cofundadora de Abriendo Brecha con el primero, en dos imágenes personales. Miguel Muñiz / CedidasEl proceso de desradicalización comenzó cuando Saavedra andaba en la treintena y, prácticamente, por casualidad: gracias a una conversación en un foro con Miguel, un completo desconocido que, poco a poco, le fue dando «los medios para dejar la ideología cuando ya estaba al límite». -¿Y eso cómo se consigue?-Lo primero, no comportándote como un subnormal. Cuando yo le dije que era un nazi él demostró curiosidad e interés, no perdió los papeles.También ayudó su perra, Sury: «La azuzaba para que fuera una perra de batalla. Y la pegaba. Cada vez que lo hacía, ella me daba besos. En una de esas, me petó la cabeza, y creo que fue la primera vez que me cuestioné. Que me pregunté qué cojones estoy haciendo». Con todo, deja claro que el proceso no fue rápido: «Fueron muchos años para llegar a pensar: ‘Hostia puta, dónde estaba metido’».La izquierdaAntonio también está en Abriendo Brecha. Como a David, le gustaría dar la cara y hablar abiertamente sobre los diez años que pasó en la izquierda radical, pero no se atreve, por eso usa un seudónimo. Siempre sintió interés por la política, pero no empezó a militar hasta que entró a la Universidad. «Me acerqué a una charla organizada por un partido comunista extraparlamentario y decidí meterme a tope con ellos», señala. David, exmiembro de la izquierda radical «Una vez le dije a un amigo que era hijo de un guardia civil que ‘me sudaba la polla’ que mataran a su padre, que él se lo había buscado» Durante los tres primeros años, los estantes de su cuarto se fueron llenando de libros relacionados con el marxismo: «Me termino radicalizando y acepto el plan, que era hacer la revolución del proletariado, acabar con la democracia». Al final de la carrera, llega a la dirección del partido, y también va encadenando detenciones y enfrentamientos con familia y amigos: «Recuerdo una muy gorda que tuve con un amigo de la infancia hijo de un guardia civil. Le dije que ‘me sudaba la polla si mataban a su padre, que él se lo había buscado’». En esta época hasta comenzó a mantener relación con integrantes de grupos terroristas de Kurdistán y Suramérica radicados en España. Incluso se planteó emigrar para unirse a alguno de ellos: «Sentía una admiración enorme por estos grupos o por ETA , que es algo que le pasa a mucha gente en la extrema izquierda española. Estoy seguro de que si hubiera sido vasco, habría intentado entrar» en la organización terrorista.La venda se le empezó a caer sobre los 29 años. Fue a Cuba un par de veces; y aunque tratase de obviarlo, «cuando volvía no podía evitar pensar que había cosas que eran una ‘puta mierda’». Mientras tanto, sentía que su vida estaba completamente sometida a los intereses del partido: «Me abandoné. Incluso tenía asumido que si iba a la cárcel, pues iba. Además, comencé a tener problemas dentro de la organización. En estos grupos siempre hay escisiones, y en una de esas aproveché y me fui. En mi caso tuve suerte, porque pude hacerlo sin problemas. Otros reciben amenazas o acusaciones de ser chivatos de la policía, flojos o traidores».Ahí empezó a abrir la mente y a leer teoría social demócrata o la obra de autores del liberalismo económico, como Ludwig von Mises o Friedrich Hayek: «Llegué a la conclusión de que había tirado casi diez años de mi vida a la basura».El Islam No es raro que los libros se conviertan en una de las principales herramientas para abandonar el extremismo. A la melillense Salma Halifa, exintegrista islámica y cofundadora junto a Saavedra de Abriendo Brecha, le ocurrió lo mismo. Tuvo que salir de su ciudad para estudiar en Granada y terminar de darse cuenta de la situación en la que se encontraba. «En mi familia nunca fuimos muy religiosos. Mis padres son musulmanes, pero no rezan y mi madre tampoco usa hiyab», recuerda. Su conversión comenzó en el instituto a través de una compañera que se negaba a descubrirse las orejas durante un examen para demostrar que no estaba copiando: «Me llamó mucho la atención esa fuerza de convicción. Empecé a investigar y a hablar más con ella y me di cuenta de que quería sentirme musulmana y pertenecer a un grupo de musulmanes».En muchos casos, el detonante para cuestionar los planteamientos más radicales llega de la mano de una persona que se acerca a escuchar, sin juzgarFinalmente, la joven, que ahora tiene 31 años, comenzó a ir a un local en el que se reunía un grupo de mujeres salafistas, rama fundamentalista y ultraconservadora del Islam que promueve la obediencia estricta y literal del Corán o la Sunna. Allí aprendió a recitar el Corán y se obsesionó «hasta lo enfermizo» con el estudio de la fe. También comenzó a darse cuenta de que en su familia «no eran buenos practicantes»: «Recuerdo confrontar a mi madre y decirle que no podía decir que era musulmana porque no actuaba como tal. Me obsesioné tanto que hasta los cereales que compraba tenían que ser sin dibujo, porque el acto de dibujar equivalía a querer imitar a Dios, y eso no podía ser».Para ella, todo empezó a romperse a los 18 años, cuando se casó y tuvo a su primer hijo: «Tenía idealizada a la mujer ama de casa, pero cuando me toca a mí me siento muy defraudada, porque me aburro mucho en casa y me siento poco realizada». Finalmente, decidió mudarse a Granada con toda su familia y matricularse en Filología Hispánica. Encontró refugio en los libros y, también, en las nuevas amistades: «Hice un amigo que me ayudó en el proceso. Era homosexual y me hizo cuestionarme muchas cosas».A los 26 años se quitó el hiyab y sintió que cerraba esa etapa. Celebró el hito sacándose fotos de carnet y pidiendo cita para renovar el DNI; y ya no pisó el freno: «No me arrepiento de nada. Cuando miro atrás recuerdo la etapa de la radicalización como algo muy feliz, porque todo eran certezas. La etapa más traumática fue la de salida de ese mundo, que en muchos sentidos me destrozó. Ya no sabía ni la música que se llevaba y volví a escuchar la misma que cuando tenía 14 años». A día de hoy escucha sobre todo R&B y reguetón. Ha perdido la fe: «La Salma de 18 años pensaría que estoy loca, pero quizá en cierto sentido también estaría orgullosa».Juan cambió con su actual noviaDurante su tiempo como salafista, Salma escuchó algún mensaje favorable al terrorismo, pero prefirió quedarse al margen, porque nunca fue violenta: «Siempre pensé que los radicales de verdad eran ellos, no entendía que había otras formas de ser un radical». Algo que vale también para Juan y Pedro. Como Saavedra, los dos son exnazis; pero nunca se plantearon usar la fuerza.«Siempre he rechazado la violencia. Recuerdo una vez que iba con unos amigos que pensaban como yo. Pasamos al lado de un niño con síndrome de Down y uno le hizo burla. Me pareció feo», dice Juan. Este historiador valenciano, que ahora ronda la treintena, comenzó a radicalizarse a través de las teorías que niegan el Holocausto. «Entré por ahí, por el conspiracionismo. El tema militar siempre lo aborrecí», apunta.El nacionalsocialismo lo acompañó durante más de una década, hasta que comenzó una relación con su actual pareja. «Lo que yo consideraba normal a ella le chocaba. No entendía que me importase la perpetuidad de la raza blanca», recuerda. «No me criticó. Como sabes que te quiere, que te comprende, y que además no es una chica política, te va calando». Hasta que abandonó la ideología extremista.Pedro y su flirteo con una inmigranteLa salida de Pedro, leonés que pasó catorce años como neonazi fue muy parecida, aunque, en su caso, las dudas llegaron de la mano de una mujer inmigrante: «Entré en un bar y me atendió una musulmana, yo cuando vi que venía me levanté para irme, pero no sé cómo lo hizo que me enredó y logró que me quedase». Pasé horas en el bar hablando con ella sobre todo, desde el fascismo hasta la religión: «Lo que más me chocó es que no me juzgó, solo me hacía preguntas para entenderme mejor. Estaba tan jodidamente a gusto que no me quería marchar».«Me gustó la chavala. Pensaba que si me pillase Hitler me fusilaría. Nos hicimos muy amigos y nos liamos alguna que otra vez», comenta. El detonante, por lo tanto, fue el mismo que el de el resto de casos de sus compañeros en la ONG: una persona que se acercó a escuchar sin juzgar, que es precisamente lo que ofrece Abriendo Brecha.
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