Hubo un tiempo en que Félix Rodríguez de la Fuente no era todavía la inconfundible figura de El hombre y la Tierra, sino un médico burgalés que había cambiado el torno del dentista por un halcón en el puño. En 1970 ya era un rostro conocido en Televisión Española gracias a Fauna, y su forma pausada de narrar empezaba a colarse en miles de hogares.
Ese mismo año concedió una entrevista televisiva cuyo programa de origen ni siquiera pudo ser identificado por la persona que lo publicó. Se trata de un fragmento rescatado en YouTube, que muestra la conversación con un entrevistador intrigado por su currículum académico, que desde luego, no encajaba con la imagen de un naturalista.
Félix Rodríguez de la Fuente: «El cariño hacia los animales es como respirar o comer»
La entrevista arrancaba con un repaso a su formación. «¿Tú eres doctor en Medicina?», le preguntaban. «Efectivamente, por la Facultad de Valladolid», respondía, antes de confirmar que también era estomatólogo por la Escuela de Estomatología de Madrid.
Con ese currículum sobre la mesa, la siguiente duda resultaba inevitable para quien solo le conocía por la televisión: ¿Cómo había nacido en él el cariño por los animales?
Casi filosóficamente, Félix Rodríguez de la Fuente corrigió el planteamiento desde la primera palabra: «Mi cariño por los animales no ha nacido nunca. Mi cariño por los animales es algo absolutamente necesario para mí, como respirar o como comer».
Podemos intuir entonces que para él no se trataba de una afición adquirida con los años, sino de una necesidad tan básica como las fisiológicas, algo que le acompañaba desde siempre.
Y acto seguido explicó el origen: «Yo tuve la fortuna de pasar mi infancia en el campo, y entonces mi música fue la música de los pájaros, mi espectáculo fue el espectáculo de los animales y mis sueños fueron los sueños de los lobos y de las águilas».
Pocas frases como la de arriba resumen tan bien la conexión entre su niñez y su obra. Lobos y águilas protagonizarían después algunos de sus documentales más recordados.
Conociendo Poza de la Sal y la infancia que marcó a Félix Rodríguez de la Fuente
Félix nació el 14 de marzo de 1928 en Poza de la Sal, un pueblo burgalés de la comarca de La Bureba que por entonces rondaba los 1.500 habitantes. Su padre, Samuel, era notario, y en la familia no se creía en la escolarización temprana; la Guerra Civil retrasó aún más su llegada a las aulas.
Por eso no pisó un colegio hasta los diez años. Aprendió en casa, leyendo, y fuera de ella, en el monte.
Su hija Odile, bióloga y divulgadora, ha descrito aquella etapa como una infancia «libre y montaraz». Según recoge un diario local, el pequeño Félix formaba parte de la llamada Banda del Dios me libre, una pandilla que recorría la sierra y se refrescaba en el río. También acompañaba a pastores y cazadores del páramo, que le contaron sus primeras historias de lobos.
De esos años procede también su primer gran descubrimiento. Durante una excursión vio cómo un halcón capturaba un pato, una escena que despertó su pasión por la cetrería.
Luego, allá por 1938, aquella libertad se terminó: ingresó como interno en los Corazonistas de Vitoria y dos años después pasó a los Maristas de Burgos, una etapa que recordaría con añoranza por el campo que había dejado atrás.
Del gabinete de dentista al halcón en el puño, sin escalas
Por consejo de su padre, convencido de que así aprendería biología, empezó Medicina en Valladolid en 1946 y se licenció en 1953.
Cuatro años después terminó Estomatología en Madrid con premio extraordinario, y desde 1958 trabajó a media jornada en una clínica dental para reservar el resto del tiempo a sus halcones. En 1960, tras la muerte de su padre, colgó la bata para siempre.
Fue la cetrería la que le abrió las puertas de la televisión. En octubre de 1964, su halcón Durandal se impuso en unas jornadas internacionales celebradas en Loranca de Tajuña (Guadalajara) y su fotografía llegó a la portada del diario ABC.
Poco después, Televisión Española le invitó a un plató, al que entró con un halcón en el puño. Allí empezó una carrera de dieciséis años que culminaría con El hombre y la Tierra.
Y como no podía ser de otra forma, porque el destino fue sabio, los lobos de sus sueños infantiles también llegaron a su vida adulta. En 1965 rescató a dos lobeznos que iban a morir apaleados en un pueblo de El Bierzo y los crió junto a su mujer, Marcelle Parmentier.
Inclusive, con el tiempo logró que una manada le aceptara como macho dominante en los montes de Pelegrina, cerca de Sigüenza, donde filmó algunas de sus escenas más célebres.
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