En Hawái no hay pájaros carpinteros, pero la evolución encontró la manera de cubrir ese hueco. Un pequeño pájaro amarillo en peligro de extinción ha desarrollado un pico que funciona como una navaja suiza y un cuerpo entero preparado para perforar la madera en busca de alimento.
Así lo revela un estudio publicado en la revista Ornithology, que ofrece el análisis más detallado hasta la fecha de la anatomía del ‘akiapōlāʻau (Hemignathus wilsoni), un mielero hawaiano, el grupo de pájaros cantores que se diversificó en el archipiélago, al que los investigadores llaman simplemente aki.
El trabajo, firmado por científicos de la Universidad de Chicago, el Museo Field de Historia Natural, el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) y la Universidad de Miami, demuestra que el pico no es su único secreto: el ave golpea la madera impulsándose con todo el cuerpo, empezando por los tobillos.
Dos picos en uno
Lo más llamativo del aki es su pico. La mitad superior y la inferior son tan distintas que parecen pertenecer a dos aves diferentes y funcionan, en la práctica, como dos herramientas independientes. De ahí su apodo: la «navaja suiza de las islas hawaianas».
La parte superior es larga, fina, flexible y curvada hacia abajo, perfecta para sondear grietas y pequeños agujeros de las ramas y sacar de ellos orugas y larvas. La inferior, en cambio, es corta y robusta, y el ave la utiliza para abrir agujeros en la madera.
«El aki es distinto de cualquier otra ave que haya evolucionado jamás, y no sólo en Hawái: tiene rasgos que no se ven en ningún otro pájaro», explica Alexander Clark, doctorando de la Universidad de Chicago, investigador asociado del Museo Field y autor principal del estudio.

Un nicho sin dueño
Gracias a esta combinación, el aki ocupa un nicho ecológico parecido al de los pájaros carpinteros, que nunca llegaron a colonizar el archipiélago. Una adaptación tan extrema, según los autores, sólo se explica por la feroz competencia por el alimento en las islas.
«Para que evolucionara un ave como el ‘akiapōlāʻau, tuvo que haber una competencia intensa en el ecosistema», señala Paul Banko, coautor del estudio y antiguo investigador del Centro de Investigación de Ecosistemas de las Islas del Pacífico del USGS en Hawái.
Banko recuerda que, cuando la isla de Oahu emergió del océano, se produjo una auténtica explosión de especies animales que competían por recursos muy valiosos, como las orugas con las que alimentar a sus crías.
Más corto por dentro
Los científicos sabían qué hacía el aki, pero no cómo su anatomía le permitía hacerlo sin lesionarse. «Ahora tenemos una idea bastante clara», resume Clark. Para averiguarlo, el equipo midió ejemplares históricos conservados en tres colecciones de museos de Estados Unidos.
Entre los hallazgos destaca que el hueso que sostiene la mitad superior del pico es bastante más corto que la funda córnea que lo recubre. Esta diferencia, desconocida hasta ahora, permite que el pico se flexione en zonas concretas al sondear las grietas.
Además, el aki tiene alas proporcionalmente más cortas que sus parientes continentales, los fringílidos carduelinos, el grupo de los jilgueros y los verderones. Su fémur también es corto y robusto, un rasgo que comparte con los pájaros carpinteros aunque no estén emparentados.
Golpes que nacen en los tobillos
El descubrimiento más importante está en las patas. El aki cuenta con un tendón proporcionalmente grande en un músculo que flexiona el tobillo, lo que le permite lanzar el cuerpo hacia abajo de forma rápida y potente.
Es una diferencia clave respecto a los pájaros carpinteros, que perforan la madera sobre todo con la fuerza de los músculos del cuello. El aki, en cambio, aprovecha el impulso de todo su cuerpo para golpear, y ese movimiento empieza en los pies.
«Es como cuando blandes un hacha para partir un tronco: metes todo el cuerpo, te elevas casi de puntillas y luego bajas. El aki hace lo mismo», compara Clark. Toda esa fuerza descendente, añade, arranca de la flexión de los tobillos.

Menos de 2.000 ejemplares
Clark, que pasó 15 meses en Hawái estudiando aves endémicas, subraya el valor de investigar una especie que sigue viva. «Una cosa es deducir la función de adaptaciones extrañas a partir de fósiles y otra muy distinta poder ir a ver el comportamiento», explica.
Pero el tiempo apremia. Los expertos calculan que quedan menos de 2.000 akis en libertad, todos ellos en la ladera nororiental de una sola montaña de la isla de Hawái. Las especies terrestres nativas del archipiélago llevan siglos en declive, y las extinciones se han acelerado en las últimas décadas.
«Hawái tiene tasas altísimas de endemismo: muchas de sus especies no existen en ningún otro lugar del mundo», recuerda Clark. Al ser la cadena de islas más aislada del planeta, añade, ofrece ejemplos asombrosos de evolución, pero también una fragilidad enorme.
Una pérdida completa
El investigador reconoce que enfrentarse a extinciones reales es algo que todavía le cuesta asumir. «Es una pérdida objetiva, inequívoca y completa de los cantos y los comportamientos de estas aves», lamenta Clark, que asegura no haber vivido algo así en ningún otro lugar.
Clark defiende que este tipo de trabajos tiene un valor que va más allá de una sola especie. Cuanto mejor se entienda cómo la forma anatómica condiciona la función, sostiene, más avanzará la biología en su conjunto.
«Estos pequeños cambios internos, casi imperceptibles, producen cambios externos en el comportamiento y la ecología: así es como funciona el proceso evolutivo», concluye el autor principal del estudio, que llega en un momento crítico para la supervivencia del aki.
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