Esta vez, los astrónomos han ido a por todas. Desde que, en verano de 2022, el telescopio espacial James Webb abriera por primera vez su poderoso ‘ojo’ infrarrojo al cosmos, el Universo primitivo se ha convertido en un auténtico campo de minas para las teorías establecidas . Pero de entre todas las anomalías y sorpresas que han hecho sudar tinta a los cosmólogos, hay una que destaca por su terquedad: los misteriosos ‘pequeños puntos rojos’. Y hoy, por fin, la ciencia parece haber conseguido explicarlos.¿Pero qué son exactamente esos objetos que aparecen como diminutos puntos de color rojo o anaranjado al fondo de las imágenes de espacio profundo del telescopio espacial? Cuando el Webb empezó a asomarse a las profundidades del espacio, buscando la luz de las primeras estrellas, los investigadores notaron algo en sus pantallas que no encajaba en absoluto. Vieron multitud de diminutas manchas rojizas , increíblemente brillantes, situadas a distancias abismales. Su luz nos llegaba desde una época en la que el Universo mismo no era más que un bebé de unos 600 millones de años, apenas un 5% de su edad actual (que ronda los 13.800 millones de años).Su aspecto enrojecido se debe al efecto conocido como ‘corrimiento al rojo’ (redshift). Como el Universo está en constante expansión, la luz que viaja a través de él se estira durante miles de millones de años, desplazándose hacia el extremo rojo del espectro electromagnético. Es lo mismo que sucede, en el caso del sonido, con las ondas sonoras de la sirena de una ambulancia, que se hacen cada vez más agudas mientras se acerca y cada vez más graves a medida que se aleja. Pero en este caso, lo que desconcertaba a los astrofísicos no era sólo el color, sino el mero hecho de su existencia.Las teorías vigentes, en efecto, nos dicen que los agujeros negros supermasivos y las galaxias que los albergan crecen juntos, despacio, a lo largo de eones. En nuestro vecindario cósmico actual, un agujero negro central viene a representar entre el 0,1 % y el 0,5 % de la masa de las estrellas de su galaxia. Sin embargo, en los ‘pequeños puntos rojos’, los cálculos mostraban algo aberrante: monstruos centrales que acaparaban hasta el 30 % de la masa total de sus galaxias madre. Era, para que nos hagamos una idea, como encontrarse de pronto con un niño recién nacido de quinientos kilos de peso. Algo que, simplemente, rompía las leyes de la física conocida. Algunos investigadores, presos de la frustración, llegaron a afirmar que estos objetos ‘habían roto la cosmología’.Durante meses, el debate fue encarnizado. ¿Eran acaso estrellas de Población III (las primeras y gigantescas estrellas prístinas del universo, formadas sólo por hidrógeno y helio) brillando en sus últimos estertores? ¿O no eran más que una ilusión óptica, una simple aberración de los instrumentos?Estrellas de agujero negroEl enigma no comenzó a despejarse hasta hace muy poco gracias a un auténtico bombardeo de artículos científicos. A mediados de este mismo mes de agosto, un equipo de astrofísicos liderado por Rohan Naidu, de la Universidad de Hawái, y Jorryt Matthee, del Instituto de Ciencia y Tecnología de Austria (ISTA), sacudía los cimientos de la astronomía al publicar en ‘ Nature ‘ una hipótesis audaz: los puntos rojos eran, en realidad, ‘ estrellas de agujero negro ‘.«Algo espectacular debió ocurrir en el Universo primitivo», apuntaba Naidu al presentar su investigación. Su equipo logró aislar la luz de un punto rojo inusualmente brillante, bautizado como MoM-BH*-1. «Lejos de ser un espejismo, esto bien podría ser un milagro cósmico», declaraba por su parte Matthee con evidente entusiasmo.Llega el veredicto definitivoPero si ese estudio de hace apenas unas semanas nos mostraba al ‘monstruo’, aún faltaba saber de forma concluyente en qué tipo de lugar habitaba. Y esa es, precisamente, la enorme aportación del artículo que hoy mismo publica ‘ Nature Astronomy ‘, liderado por los científicos Xuheng Ding y Lilan Yang. Su trabajo viene a poner, por fin, el esperado punto y final a este misterioEn lugar de centrarse en un solo objeto extremadamente brillante, Ding, Yang y sus colegas utilizaron las imágenes de James Webb para estudiar una muestra de 217 de estos ‘pequeños puntos rojos’. Dado que la luz que emiten más allá de su centro es extremadamente débil (imposible de ver en el espectro óptico en imágenes individuales), los investigadores aplicaron una compleja técnica de modelado de datos para sumar sus fotones. Y al combinar las 217 observaciones, de las sombras emergió por fin la verdad.Los puntos rojos no están flotando desnudos en el vacío. Muy al contrario, alrededor de cada uno de ellos existe una tenue emisión óptica que delata la presencia de un galaxias anfitrionas en las que están naciendo nuevas estrellas. Pero no son galaxias normales. Son estructuras increíblemente compactas, estuches minúsculos aprisionando a gigantes.Según los datos recién publicados, estas galaxias tienen un radio medio de apenas 210 pársecs, lo que equivale a unos escasos 685 años luz. Baste recordar que nuestra Vía Láctea tiene un diámetro de unos 100.000 años luz. Es decir, estamos hablando de galaxias muchísimo más pequeñas que las actuales, e incluso unas 2,5 veces más pequeñas, densas y abigarradas que otras galaxias similares de aquella misma época remota. Cuesta imaginar toda la inmensidad, la furia y el material de millones de soles comprimidos en un espacio del tamaño de un ‘alfiler’ cósmico.El amanecer de una nueva astronomíaLos hallazgos, por tanto, confirman que los pequeños puntos rojos sin algo más de lo que se pensaba. Según escriben los autores del estudio, «los pequeños puntos rojos no son simplemente puntos de luz aislados, sino que probablemente existen dentro de galaxias compactas con formación estelar, lo que ayuda a explicar su origen».La pieza que faltaba, pues, ha encajado en su sitio. Lo que al principio parecía un error del telescopio, o quizá un dardo envenenado directo al corazón de nuestros modelos del Universo, ha resultado ser el descubrimiento de una fase fundamental en la evolución cósmica que desconocíamos por completo.Sin embargo, como saben muy bien los investigadores, en ciencia rara vez se pronuncia la última palabra. Y los propios Ding y Yang advierten que estos resultados sólo reflejan «las propiedades medias» de su inmensa muestra. Es decir, que aún será necesario un arduo trabajo espectroscópico futuro para analizar la luz individual de más objetos y certificar al 100% sus conclusiones.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Rafael Guzmán, responsable de la misión Arrakihs: «He dejado mi vida en EE.UU. para hacer realidad este sueño» noticia Si Venezuela, Colombia, Indonesia, Granada… ¿está temblando más la Tierra?Como le dijo el físico Niels Bohr a uno de sus estudiantes, «su teoría es loca, pero no lo suficientemente loca para ser verdad». Durante dos largos años, los pequeños puntos rojos parecieron demasiado locos. Ahora sabemos que simplemente estaban esperando a que tuviéramos los ‘ojos’ adecuados para comprenderlos. El James Webb nos ha regalado la visión de las oscuras y compactas semillas de las que nacieron las grandes galaxias del cosmos. Y la aventura, sin duda, no ha hecho más que comenzar.
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