Si se trata de imaginar al mayor depredador que existió en Sudamérica, lo que la mayoría piensa primero son grandes felinos o mamíferos carnívoros. Pero los cocodrilos, hace 10 millones de años, no eran como los que conocemos hoy, sino auténticos monstruos que dominaban por completo la cadena alimentaria.
Los paleontólogos ya lo han confirmado: el mayor depredador de Sudamérica durante el Mioceno era el Purussaurus neivensis, un colosal pariente de los caimanes modernos que alcanzaba los 7 metros de longitud y 1.800 kilos de peso.
El depredador que reinó en Sudamérica hace 10 millones de años
Un estudio liderado por la Universidad de Helsinki confirmó que estos reptiles dominaban las cadenas tróficas del continente, superando a los mamíferos carnívoros de la época al cazar presas de más de una tonelada. Su fuerza de mordida superaba a la del propio Tyrannosaurus rex, y como evidencia física se descubrieron perforaciones exactas de sus dientes en cráneos de grandes ungulados prehistóricos como el Pericotoxodon.
Mientras que el P. neivensis promediaba los 7 metros, su pariente cercano, el Purussaurus brasiliensis, llegó a registrar longitudes extremas de hasta 12 metros en la Amazonia.
Físicamente, no se parecía del todo a los cocodrilos alargados de los documentales actuales, sino que era una especie de caimán hipertrofiado, extremadamente robusto, con un hocico corto y un cráneo masivo. Su cabeza medía aproximadamente un metro de largo, era ancha y con forma de «U», con crestas óseas reforzadas sobre los ojos capaces de soportar la presión de sus propios mordiscos.
A diferencia del caimán moderno, el extremo de su hocico era muy grueso y poseía un labio superior prominente que le permitía sujetar presas que forcejeaban violentamente. Sus dientes, curvos y gruesos, alcanzaban hasta 5 centímetros de corona, y no estaban diseñados para cortar carne, sino para perforar y astillar huesos de un solo impacto.
Con 1.800 kilos de peso, su cuerpo era sumamente ancho y rechoncho, protegido por hileras de osteodermos (placas óseas bajo la piel) que actuaban como escudo. Al igual que los caimanes de hoy, poseía una cola musculosa y aplanada lateralmente, que usaba para dar impulsos explosivos desde el fondo turbio de los lagos y emboscar a los mamíferos que se acercaban a beber.
Cómo se compara su tamaño con el de un cocodrilo moderno
El Purussaurus neivensis duplicaba en tamaño y cuadruplicaba en peso a los cocodrilos promedio que existen hoy en día, situándose al límite de lo que la física permite para un reptil semiacuático. El cocodrilo del Nilo promedio mide entre 3,5 y 4,5 metros, mientras que este Purussaurus alcanzaba los 7 metros, casi el doble. En peso, un cocodrilo actual ronda los 400 o 500 kilos, frente a los 1.800 kilos del Purussaurus, casi 4 veces más pesado.
La comparación se mantiene incluso frente al actual rey del tamaño entre los reptiles vivos, el cocodrilo de agua salada. El espécimen moderno más grande medido con precisión fue Lolong, con 6,17 metros y 1.075 kilos. El Purussaurus neivensis seguía siendo un metro más largo que ese récord moderno y superaba su peso por más de 700 kilos.
La diferencia más intimidante estaba en el cráneo: el de un cocodrilo actual rara vez supera los 60 centímetros de largo, mientras que el del Purussaurus medía 1 metro y era extremadamente alto, ancho y pesado, lo que le otorgaba una potencia de mordida estimada en 7 toneladas, muy superior a las 1,6 toneladas del cocodrilo marino moderno.
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