La cita con Camilla Läckberg (Fjällbacka, 1974) es en el Hotel Wellington de Madrid: el lugar importa, como la escena del crimen. La escritora llega, posa para las fotos y empieza a reír. «Es tan divertido hablar de crímenes», dice. Y después: «Mi marido y yo nos turnamos con nuestras obsesiones: yo hago como que me interesan los coches y él como que le interesan los true crime», suelta, con otra carcajada. Gasta un inglés británico, aunque toma café y usa snus y en la literatura no le gusta salir de Suecia. Läckberg lleva un cuarto de siglo en la cima del noir y de las listas de ventas, que conquistó con su primera novela, ‘La princesa de hielo’. Ahora publica ‘El llanto de los muertos’ (Planeta), la duodécima entrega de la serie que inauguró entonces, y que está protagonizada por el policía Patrik Hedström y la escritora Erica Falck, con la que está casado. «Llevaba unos años lejos de aquí, pero ha sido como encontrarse con dos viejos amigos», explica. En todo este tiempo, continúa, no ha cambiado su proceso de escritura. «Debería decir que sí, pero no es así: no soy buena con los cambios. Escribo como escribí en su día ‘La princesa de hielo’. Diría que es un método de princesa del caos [y ríe]. No tengo notas ni esquemas, no uso pósits, empiezo a escribir desde el principio y no tengo ni idea de lo que va a pasar después. He escuchado que Stephen King hace lo mismo que yo, y eso me alivia. Por lo visto los escritores se dividen entre los que planifican y usan mapa y los que no. Nosotros somos de los segundos. Es un proceso incómodo, casi doloroso, porque hay un punto en el que te preguntas: ¿esto se va a convertir en un libro de verdad?, ¿voy a poder unir todo esto? Pero al mismo tiempo es una manera muy divertida de escribir». Y continúa: «Por ejemplo, yo nunca planeé escribir mi primera novela con dos líneas temporales, simplemente me encontré ese recurso y descubrí que disfruto mucho de esta técnica. Me resulta difícil explicar un asesinato mirando solo al presente, no creo que se pueda: hace falta ir atrás en el tiempo para entender un crimen. Y de alguna forma eso se ha convertido en mi sello personal. En ‘La bruja’ retrocedí hasta el siglo XVIII para explicar un asesinato en el presente: es lo más lejos que he llegado. En esta novela solo me fui hasta mi adolescencia, así que no tuve que documentarme tanto, simplemente pensaba: ¿qué demonios llevaba puesto entonces?, ¿cómo llevaba el pelo?, ¿qué música escuchaba? Ha sido muy divertido». «Creo que los true crime o las novelas negras son el equivalente moderno a las historias de fantasmas que se contaban hace siglos alrededor del fuego»La faja del libro nos dice dos cosas: que Läckberg tiene más de cuarenta millones de lectores en sesenta países y que nadie mata mejor que ella. De lo primero dice: «Como escritora soy egoísta, yo no escribo para el mercado ni para el público, escribo para una sola lectora, que soy yo. Por lo visto, tengo el mismo gusto que millones de personas, y eso es una suerte». ¿Y qué hay de lo segundo? «Es el mejor piropo que me pueden echar. Me encanta matar personajes, y matarlos bien». ¿Tiene asesores en la policía? «Al principio tenía un asesor en el cuerpo de policía. Luego me casé con un policía, así que pude prescindir de él. Y luego me divorcié, así que tuve que volver a recurrir al asesor. Pero al final, la verdad es que tengo mucho conocimiento sobre el trabajo policial, además de una obsesión con el análisis forense. Llevo obsesionada con los crímenes desde los cuatro años. De niña leía todo sobre crímenes reales, veía documentales de true crime en la televisión. Probablemente he visto todos los que se han hecho hasta ahora».—¿Por qué son tan entretenidos los crímenes?—Creo que tiene que ver con la condición humana: siempre hemos disfrutado de asustarnos en circunstancias seguras. Creo que los true crime o las novelas negras son el equivalente moderno a las historias de fantasmas que se contaban hace siglos alrededor del fuego. Hablamos de crímenes porque hablamos de lo que tenemos miedo: violadores, asesinos, criminales, terroristas. Ahora tenemos miedo a estas realidades. Pero a la vez nos gusta experimentar algo de ese miedo de forma segura, en casa. Eso es lo entretenido. —Por cierto, ¿se ha planteado escribir true crime?—Hice un podcast hace dos años sobre un caso muy conocido en Suecia de los años ochenta: la desaparición de Johan Asplund. Yo, por casualidad, conocía a sus padres. Aparentemente, el primer sospechoso del asesinato del niño era un exnovio de la madre, que la acosaba. Sin embargo, el único asesino en serie de Suecia dijo que había sido él quien había asesinado al niño. Los padres del niño decían que no era posible. Y después, haciendo investigaciones, pues se reveló que este asesino en serie se había autoasignado a una serie de asesinatos que en realidad no había perpetrado a cambio de pastillas… Fue un trabajo interesante. Me permitió como devolverle la vida y la dignidad a este niño, porque yo creo que uno de los problemas que tenemos con los true crime es que a menudo se centran mucho en la vida y en las experiencias de los asesinos, cuando en realidad el foco tendría que estar en las víctimas. Eso fue lo que intenté hacer yo.
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