Abel Viedma no es ganadero ni agricultor. Tampoco horticultor ni posee un rebaño que pastorear. No vive, por así decirlo, del campo. Es programador, de hecho. Pero volcó en el entorno rural una de sus grandes pasiones. Vivir en contacto con la naturaleza era, además, su manera de habitar el mundo: había hecho de unos cuantos metros cuadrados a las afueras de San Martín de Valdeiglesias su pequeño vergel. Lamentablemente, toca hablar de ello en pasado porque hoy, de las cien vides, los cincuenta almendros, los cuarenta olivos y las decenas de árboles frutales que poblaban su finca, no queda nada. Tampoco de la casa que se alzaba entre ellos. Las llamas lo arrasaron todo hasta convertir aquel paraje en un extenso manto de hollín. «Era mi paraíso, y ahora todo es un paisaje lunar».El día en que se declaró el incendio, Viedma se encontraba en Las Rozas, visitando a sus padres. A las 15.12 horas del jueves 23 de julio recibió por WhatsApp un vídeo que le alertaba de la cercanía de las llamas a su casa, a apenas 400 metros del foco. Titubeó durante unos segundos, pero finalmente se montó en su furgoneta para poner rumbo al municipio sanmartineño. «Varios controles policiales impedían el acceso a Pelayos de la Presa. Tuve que saltarme uno de ellos; tenía a mis cinco mascotas en casa y, si no lo hacía, sabía que los perdería», recuerda. Cuando consiguió llegar, el humo lo cubría todo: «Veía cómo las llamas avanzaban. Sólo tuve tiempo de reunir a mis tres perros», recuerda. A sus dos gatos no pudo rescatarlos. «Pensé que los había perdido, hasta que hace unos días aparecieron por allí, con quemaduras», expresa a ABC.Los siguientes días los pasó de un lado para otro, entre caminos y fincas, tratando de apagar pequeños focos, rescatar animales y documentar lo que estaba ocurriendo junto a otros voluntarios. Aunque los controles trataban de impedir el acceso a las zonas afectadas, ellos buscaban la manera de llegar hasta donde podían: «Rompíamos el cordón y hacíamos lo que estaba en nuestras manos». No fue hasta la noche del 25 de julio cuando pudo regresar a su finca. La vivienda, en la que llevaba casi cinco años, quedó devastada. Ni ropa, ni documentación, ni objetos personales, ni los portátiles del trabajo… No había nada que pudiera ser salvable. «Toda una vida perdida», resume el joven. Cuenta que entre los alrededor de 40 voluntarios que se han acercado a ayudarle a limpiar la finca se encuentra un arquitecto, que ha valorado los daños y estima que el coste de la reparación se situará entre los 40.000 y los 50.000 euros. Mientras intenta decidir cómo reconstruir lo que el fuego dejó en pie, Viedma también trata de recomponer su propia vida. Tras pasar varios días durmiendo en su furgoneta, ha ido encadenando casas de amigos y la de sus padres. No quiere «molestar demasiado» a nadie, por lo que ahora centra sus esfuerzos en reunir el dinero necesario para afrontar la reparación del inmueble cuanto antes: «Estoy muy asustado, no tengo más recursos».Las tres mascotas de Abel Viedma frente a su casa calcinada ABCTambién critica la falta de información que, a su juicio, existe para los afectados. Se ha apuntado a «todas las ayudas posibles» y ha acudido a algunos de los dispositivos de apoyo habilitados tras el incendio, pero asegura que se ha encontrado con «mucha descoordinación». El joven es consciente del plan urgente de vivienda anunciado el pasado 27 de julio por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y dotado con 30 millones de euros para atender a las familias damnificadas. Sin embargo, lamenta que, por ahora, «no se ha materializado nada». Al menos en su caso.Durante años, Viedma cuidó aquel pequeño ecosistema ubicado en San Martín y aprendió a convivir con él. Ahora, mientras intenta reunir el dinero necesario para levantar de nuevo su vivienda, mira hacia el terreno calcinado. Ya no están las vides, ni los almendros, ni los olivos. Tampoco los frutales. Ni aquel paisaje que durante años fue su manera de habitar el mundo. Sólo árboles plomizos, un ligero olor a humo impregnando el terreno, un velo de ceniza recubriendo el sotobosque y la imperiosa necesidad de empezar de nuevo.
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